Llamar “zorra” a la esposa, no es un insulto según la Audiencia de Murcia, que ha revocado una condena por amenazas a un hombre que entre otros insultos, llamó “zorra” a su mujer y le aseguró al hijo de ambos que “la vería en una caja de pino”. Las razones del juez Juan del Olmo ponente de las sentencia son que la palabra “zorra” no siempre proyecta “desprecio o menosprecio a la dignidad de la mujer” porque tiene otras acepciones como por ejemplo la de persona astuta, y que dicha palabra no es expresiva de una posición de dominio o una exigencia de sumisión.

Hace unos días mientras se aprobaba la ley de reconocimiento y protección integral alas víctimas del terrorismo, los presos de la banda terrorista ETA escenificaron su adhesión al llamado acuerdo de Guernica, texto promovido hace un año por la izquierda abertzale para conseguir la paz en el País Vasco por medios exclusivamente políticos. El colectivo de reclusos quiso que dos de sus miembros históricos Jon Agirre Ageriano y Gloria Rekarte plasmasen su rúbrica en el documento y así reivindicase un papel activo en el proceso de paz.

Lo triste es que por ejemplo este Agiriano nunca ha mostrado arrepentimiento por los tres asesinatos que cometió entre ellos la de un niño de trece años en la localidad de Azpeitia.

Pero quizá lo más penoso o inquietante es que el gobierno valore como un paso importante e inédito  el anuncio del colectivo de presos, al sumarse al acuerdo de Guernica, aunque eso sí, matizan que no es el que esperaba la sociedad y por tanto no es el paso definitivo que anuncie el fin de la banda.

Menos mal, sólo faltaba, ¿acaso todo vale, todo olvidado con la actitud en teoría menos violenta de los presos de ETA? ¿Qué respeto se tiene a las víctimas, dando una “palmadita” en la espalda a los terroristas por anuncios tan ambiguos y engañosos?

Tras acabar mi anterior columna con la pregunta acerca de si era aconsejable o posible la reconciliación con el infractor, he estado buscando noticias que me pudieran responder a esta cuestión en sentido afirmativo y he encontrado una bastante interesante. De forma resumida, la noticia es la siguiente:

Mark Stroman, era como muchos tejanos, un firme defensor de la pena de muerte en EEUU pero no contento con la teoría, se tomó la justicia por su mano hace 10 años, para vengar de forma muy personal las muertes de 3000 compatriotas en el 11 S. Por eso no deja de ser irónico que fuera condenado a muerte dos meses antes del décimo aniversario de la matanza.

El 21 de septiembre cuando Stroman tenía 31 años disparó al empleado de una gasolinera en Dallas, Texas. Se llamaba Rais Bhuiyan, este hombre grabó la imagen del hombre armado, tatuado, ataviado con un pañuelo, gafas de sol y una gorra de béisbol. Bhuiyan fingió estar muerto para que no le volviera a disparar. No era el primero ni el segundo, en recibir los balazos de Stroman y es que el delincuente llevaba seis días aplicando una cruzada personal contra todos los musulmanes de EEUU, en venganza por el 11S. Mató a dos personas antes de que le detuviera la policía.

Bhuiyan el musulmán de Bangladesh, que sobrevivió a su ataque estuvo luchando por salvar su vida. Una semana antes de su ejecución, Bhuiyan habló con el Daily Telegraph “todavía tenía 35 perdigones en la sien pero quería perdonarle. Estoy convencido de que era ignorante e incapaz de distinguir el bien y el mal. Si se le da la oportunidad creo que podría convertirse en portavoz, podría contar su historia para evitar crímenes como los que cometió. Su ejecución erradicará una vida humana pero no parará los crímenes de este mundo. Si sale con vida y cambia, ya es un logro pero si muere estamos perdiéndolo todo. Me dicen que estoy loco por intentar salvar a alguien que merece morir. Hay quién ataca mi fe islámica porque dicen que predica violencia y odio pero ese no es el problema, el problema no es el cuchillo, sino la gente que lo esgrime. Lo mismo pasa con la religión”. Días antes de su muerte Stroman era otro hombre: “es difícil de explicar pero me siento en paz. Ya no tengo odio ni miedo”. El día clave, hora y media antes de la ejecución, Bhuiyan recibió una llamada de teléfono, era Stroman desde la cárcel “.

Hace unos días, estando próximo el décimo aniversario del 11S, me estremecí al leer la historia de la amistad de dos madres, enfrentadas por lo que aconteció aquel fatídico día.”Una de ellas, Phyllis Rodríguez, 68 años, profesora a tiempo parcial de adultos analfabetos. El 11 de septiembre de 2001 cuando volvió a casa después de dar un paseo, su portero la avisó que las Torres Gemelas estaban ardiendo. Subió corriendo, encendió la televisión y vio que no era un incendio, era el mayor ataque terrorista perpetrado en EEUU y justo donde trabajaba su hijo, Greg. Intentó llamarle pero fue inútil. Con el paso de las horas, la verdad se hizo innegable, Greg había muerto.

El dolor que se adueño de ella en los días siguientes, fue dando paso a la ira.

La otra madre, Aicha El-Wafi, mulsumana de origen marroquí. El 13 de septiembre tuvo que aceptar que su hijo Zacarías Moussaoui, era el hombre más odiado, había sido identificado como uno de los autores intelectuales de los atentados. Ella sabia que no debía sentirse  responsable por las decisiones que había tomado su hijo, sin embargo, se sentía culpable porque le había dado a luz. Durante esos días Phyllis vio la foto de Aicha en el periódico. Se dijo que querría conocerla pero no dejaba de pensar que era la madre del posible asesino de su hijo, por eso no podía llamarla.

Sin embargo, un año después el presidente de una asociación en favor de la reconciliación de las víctimas, la propuso que se conocieran. Ambas aceptaron y lo que pasó allí cambió sus vidas. Aicha miró a Phyllis, y dijo “no sé si mi hijo es culpable o inocente pero quiero pedirte perdón por lo que te ha pasado a ti, y tu familia”. Phyllis la abrazó. El perdón que le otorgaba a Aicha, actuó como bálsamo instantáneo para el año de luto, dolor e ira.

Las mujeres se fueron conociendo, Aicha era valiente. Se había casado joven, fue víctima de violencia doméstica y crió a sus hijos sola. Al terminar la reunión Phyllis la dijo que quería darla todo el apoyo que necesitara durante el juicio de su hijo. Hoy en día la amistad de ambas mujeres sigue intacta.”

En apenas cuatro meses –de abril a julio de 2004– se calcula que entre 800.000 y 1.000.000 de personas pertenecientes en su mayoría a la etnia tutsi murieron asesinadas durante el atroz genocidio de Ruanda cometido por otros tantos miles de hutus. Cuando finalizó la masacre, el Gobierno de Kigali contaba con muy pocos medios para reconstruir la maltrecha situación del país y, sobre todo, para lograr que se impartiera justicia con las víctimas, sometiendo a un juicio justo a los culpables para evitar tanto la impunidad de sus crímenes como que la sociedad superviviente se tomara la justicia por su mano.

"Un representante de la asociación de nigerianos y otro del colectivo de gitanos de San Gotleu, Joaquín Fernández se han comprometido a apaciguar los ánimos, para evitar que se repitan los incidentes que han acaecido en el mencionado barrio palmesano, que se han saldado con cinco detenidos, después de que un joven nigeriano haya fallecido, tras precipitarse desde un quinto piso en la calle Tomas Rullan”

Este es un resumen de una noticia más amplia, acerca de lo que ha sucedido tras la muerte en teoría accidental de un joven nigeriano en la ciudad de Palma de Mallorca. Esto que puede parecer tan grave y causar alarma social a quién lo lea o incluso lo viva en primera persona, por ser vecino de ese barrio o sus cercanías, no es ni más ni menos, dejando al margen otras consideraciones, un problema de convivencia. Entiendo que los problemas de integración, como en este caso ya que una de las partes en conflicto son extranjeros, no son más que problemas de convivencia, de que las personas que vienen de fuera se acostumbren a vivir en el lugar elegido y de acuerdo con las normas de convivencia que sean costumbre en este sitio concreto.Cuando leo este tipo de noticias, me doy cuenta que nos estamos volviendo niños pequeños, por eso veo con razón que es muy difícil educar a nuestros jóvenes en la cultura del dialogo y la comunicación, cuando nosotros los adultos, solemos actuar alejados de estos valores ¿En qué momento hemos perdido nuestra capacidad de asumir el conflicto y enfrentarlo de una forma directa, humana y pacifica? Realmente últimamente ¿en qué nos distinguimos de los animales?

Pensé que ya no quedaban políticos responsables y comprometidos con la sociedad, al menos la imagen de ellos que tengo últimamente es la de más preocupados por el poder, por criticar al partido contrario y que además cuando algo grave ocurre automáticamente se apuntan a la opinión que creen más votos les hará ganar. Sin embargo, parece que sí, ¡hay esperanza!, existen políticos que asumen su responsabilidad y lejos de actuar guiados por propaganda populista actúan en aras al bien común y para la mejor atención de los ciudadanos.

Me estoy refiriendo a Nick Clegg, viceprimer ministro de Inglaterra, en una noticia de hace unos días en el periódico  “the Guardian” se podía leer lo que opinaba acerca de los disturbios en su país y cómo van a enfrentar el conflicto.

“Las personas condenadas por los delitos de disturbios deberían mirar a sus víctimas en los ojos, y debemos hacer un ejercicio de compromiso publico para establecer cuales son las causas de estos disturbios”

“Afirma que la gente culpable de saqueo o violencia harán servicios a la comunidad o participaran en programas de justicia restaurativa”

“Deberán ver ellos mismos las consecuencias de sus acciones y trabajar reparando el daño y la destrucción causada para no hacerlo de nuevo”

“las victimas solo son realmente protegidas si el castigo conduce a los infractores a no volver a cometer delitos”.

Según la ONU, en el mundo viven unos 5.000 grupos indígenas repartidos en 70 países, lo que representa unos 370.000.000 de personas a las que se puede calificar como población indígena, primeros pueblos, pueblos tribales, aborígenes o autóctonos; actualmente, son uno de los grupos más desfavorecidos porquetodavía padecen las consecuencias de una injusticia histórica: la colonización, la desposesión de sus tierras y recursos, la opresión y la discriminación; así como la falta de control de sus propios modos de vida.

Esta semana, más allá de la crisis y las elecciones anticipadas me ha llamado la atención poderosamente una noticia un tanto sorprendente: Ameneh Bahrami, una mujer iraní que quedó ciega y desfigurada cuando un hombre la arrojó ácido a la cara hace siete años, perdonó al autor del ataque unos minutos antes de que se aplicara la sentencia por la que estaba condenado a quedar sin vista con acido. Esta sentencia conforme a la ley de las Ghesas (ley del talión) recogida en la legislación islámica se iba a administrar en el Hospital de Teherán cuando minutos antes Ameneh perdonó al hombre.

Cuando oigo que la gente se queja sobre qué mal funciona la justicia, suelo intentar defenderla, explicando mi visión de ella cuando fui juez. Obviamente cuando estas en esa posición, te das cuenta tarde o temprano que hagas lo que hagas nunca vas a dejar satisfechas a las dos partes al menos un 50% claramente va a estar descontenta con la resolución que has emitido, con razón mi abuela solía decir: “nunca llueve a gusto de todos”.