El homicidio es la segunda causa de muerte entre las personas que comprenden la franja de edad de los 15 a los 24 años en Estados Unidos. Un porcentaje importante de estas víctimas vienen directamente provocadas por la generación de bandas juveniles y pandillas existentes en dicho país, y por las cuales se requiere de un análisis muy completo del caso en aras a la prevención de esta lacra.

El Centers for Disease Control and Prevention de Estados Unidos publicó hace un par de semanas un interesante estudio comparativo entre los homicidios provocados por bandas o pandillas y el resto de homicidios. Dicho estudio ha recabado datos de victimización de hasta 17 ciudades norteamericanas, durante los períodos de 2003 a 2008. De estas 17, cinco han formado parte del estudio definitivo por la prevalencia de homicidos producidos por pandillas: Los Angeles, California; Oklahoma City, Oklahoma; Long Beach, California; Oakland, California; and Newark, New Jersey.

Durante la segunda mitad del siglo XVII –mientras la Europa continental aún temblaba por el avance de los turcos del Imperio Otómano– Inglaterra restauró la monarquía de Carlos II, poniendo fin al breve régimen republicano de Cromwell; pero no logró la plena estabilidad constitucional hasta que Jacobo II, su sucesor, huyó a Francia y su hija, María II, accedió al trono con su esposo, el príncipe holandés Guillermo III de Orange-Nassau. A partir de ese momento, se instauró una monarquía parlamentaria y el país alcanzó una gran prosperidad económica que le llevaría a convertirse en la primera potencia mundial de su tiempo.

En ese contexto histórico de la llamada Restauración, un grupo de jóvenes londinenses tomó como referencia a los fieros indios Mohawks que habitaban al Este de la región de los Grandes Lagos entre Canadá y Estados Unidos, para agredir sexualmente a mujeres y desfigurar la cara de los hombres (generalmente, cortándoles la nariz y haciéndoles rodar después por las aceras para que se desangraran); atacando en grupo, de noche y de manera indiscriminada, en aquel Londres de comienzos del XVIII. Fueron la banda de los Mohocks.

Hoy en día, se cree que esta violenta pandilla callejera fue, en un primer momento, una invención del poeta John Gay que, en 1712, publicó su primera obra (la breve, irónica, satírica y poco conocida The Mohocks; donde los delincuentes proclaman en la escena III: nuestra voluntad es la Ley) pero, lamentablemente, unos aristócratas ociosos parece que decidieron convertirla en realidad. Otros célebres escritores –como Jonathan Swift (autor de Los viajes de Gulliver) y Daniel Defoe (el novelista de Robinson Crusoe)– se hicieron eco de sus ataques en Diario para Stella y Moll Flanders, respectivamente.

Aunque se detuvo a algunos miembros de esta violenta banda, las crónicas de la época cuentan que ninguno llegó a ser juzgado gracias a la notable influencia y el poder de sus familias. Tampoco fueron los únicos; en aquel tiempo, diversas “gangs” aterrorizaron Londres, como los Muns, los Nickers o los Hawkubites. Para combatirlas, Scotland Yard no se llegó a crear hasta 1829. 

Este artículo surge catapultado por la lectura que mi amigo Carlos Pérez Vaquero publicara en este mismo Web el miércoles 16 de febrero de 2011 y que se titula “El lunfardo: dialecto de ladrones”. Además, tiene una base filológica porque, en efecto, cada círculo social tiene su propio argot. Los habitantes de cada nación tienen su propio lenguaje. Más aún, por regiones, la jerigonza no es igual incluso en un mismo país. México es un ejemplo de ello.