El viernes, 22 de julio, a los noruegos se les desplomó de repente su acomodada seguridad. Una bomba estalló en pleno centro de Oslo y dos horas después un individuo acribilló a balazos a cuanta persona veía en un islote minúsculo situado en las inmediaciones de la capital. Setenta y seis personas muertas y la cifra todavía no es definitiva. Los noruegos dormían la siesta en su tumbona y alguien les despertó con una avalancha de fuego, muerte y destrucción.

Antes de que la policía noruega detuviera a Anders Bering Breivik –autor confeso de la masacre de más de 70 personas en Oslo y la isla de Utøya, el 22 de julio de 2011– mientras la información era todavía algo confusa, una noticia de alcance del diario The New York Times atribuyó la autoría del coche bomba que estalló en el centro administrativo de la capital noruega a la desconocida organización islamista Ansar al-Jihad al-Alami que, al parecer, lo habría reivindicado mediante un comunicado. Aquel titular, procedente de los Estados Unidos, corrió como la pólvora y se coló en todos los informativos.