La muerte de Lincoln: el crimen sin sentido

January 24, 2013 9323
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A tenor de la última película referente al legendario presidente de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln, resulta interesante desde el punto de vista criminológico revisar aquellos aspectos más relacionados con la muerte del presidente. Especialmente, aquellos aspectos que ponen en evidencia la suerte que tuvieron los conspiradores a la hora de perpetrar el crimen.

En un principio, la trama tenía por objetivo secuestrar al presidente de la Unión para intercambiarlo por prisioneros de guerra secesionistas. Sin embargo, la puesta en escena del secuestro fracasó debido a cambios en la agenda de Lincoln, que lo alejaron del escenario en el que los conspiradores habían planeado abordarle. Ello precipitó un alocado intento de asesinato que se saldaría con la muerte de la mayoría de los conspiradores y la del mismo presidente, muerto éste a manos del ahora infame John Wilkes Booth.

 

Los conspiradores

Cuatro fueron los conspiradores que debían llevar a cabo una serie de crímenes con el objetivo de desestabilizar la Unión en una guerra que prácticamente había ganado.

John Wilkes Booth, afamado actor y simpatizante de la causa confederada, especialmente furioso por las recientes políticas instigadas por el Partido Republicano en relación a la abolición de la esclavitud y a la emancipación de los negros, fue el más importante – pero no por ello menos zoquete – de los conspiradores. Debido a su predominante papel en la preparación de los crímenes, fue él mismo el que se encargaría de acabar con la vida del presidente.

Lewis Powell, soldado confederado capturado en la infame batalla de Gettysburg tras ser herido, y fugado del hospital en el que se recuperaba. Tras conocer la trama para asesinar a Lincoln, Booth le asignó el rol de asesino del por entonces Secretario de Estado William H. Seward, mano derecha del presidente.

George Atzerodt, comerciante y de raíces alemanas, simpatizante de la causa sudista, era conocido por su afinidad política y su notoria cobardía a partes iguales. Su misión sería la de matar al vicepresidente de la Unión, Andrew Johnson.

 

Los hechos

De los tres asesinatos planeados (el del presidente, el vicepresidente y el Secretario de Estado), tan solo uno se llevó a cabo con éxito. Powell debía entrar en casa del secretario William H. Seward y acabar con él en su propia cama, convaleciente de un accidente en carromato.

Una vez dentro de la casa, Powell logró acceder a la habitación del secretario tras deshacerse del hijo de éste y de su guardaespaldas. A pesar de las puñaladas que logró infligir al secretario de Estado, éste sobrevivió, e incluso ofreció cierta resistencia, obligando a Powell a escapar, perseguido por otros tres hombres que se encontraban en la casa. El asesino logró mantenerse escondido en la pensión de Mary Surratt, otra conspiradora. Incluso teniendo tres días de tiempo desde su intento de asesinato hasta su arresto, Powell no tuvo la inteligencia suficiente como para eliminar las manchas de sangre que habían en su camisa y chaqueta, unas manchas que supusieron la irrefutable prueba de su culpabilidad, además de la declaración de un testigo.

El segundo de los conspiradores, George Atzerodt, fue invitado a participar en la conspiración por uno de los autores intelectuales de la misma. John Surratt le ofreció la oportunidad de formar parte de la historia de los Estados Unidos en agradecimiento a su inestimable ayuda durante los primeros años de la guerra de Secesión. Pero Atzerodt no estaba hecho para grandes conspiraciones, y muchos menos para matar a alguien.

Cuando Atzerodt supo que el plan inicial de secuestrar a Lincoln se había transformado en un plan de triple asesinato, sus nervios y temores le arrojaron a la bebida de manera incontrolada. Booth, el tercero y más efectivo de los tres asesinos, le encomendó la tarea de matar al Vicepresidente de los Estados Unidos Andrew Johnson. La noche de autos, Atzerodt no llevó a cabo su cometido, y pasó la noche bebiendo. La policía le detuvo unos días después en la ciudad de Germantown, habiendo dejado en la habitación del hotel en el que se hospedó la noche clave varios objetos que le vincularían irremediablemente con John Wilkes Booth.

El asesino de Lincoln, John Wilkes Booth, sería el único en lograr su cometido, aunque su torpeza sería igualmente recordada.

El crimen fue deprisa. Gracias a su fama como actor, Booth no encontró resistencia alguna por el camino, y su presencia en el teatro Ford no fue cuestionaba. Su acceso y la poca seguridad permitió que el asesino accediera al palco donde Lincoln y sus invitados observaban Nuestro primo americano, la obra que los actores representaban, y descerrajó un certero disparo sobre el presidente, provocándole una herida mortal.

 

La huida de John Wilkes Booth

Inmediatamente después del disparo, el actor fue avasallado por Henry Rathbone, militar que ocupaba el palco junto a su prometida y la esposa del presidente. Booth logró deshacerse del arma (un Derringer, pistola de un solo disparo y poco útil una vez usada si no se disponía de tiempo para recargarla) y hacer uso de un cuchillo para herir gravemente al militar. En la pelea, el asesino de Lincoln cayó del palco en medio del público, rompiéndose una pierna en la caída y levantándose con tal torpeza que la gente, atónita, confundió el trastabilleo del actor con una cómica reverencia. Booth gritó “sic temper tyrannis” (así siempre a los tiranos), y huyó del teatro, en medio de la confusión y la duda, pues el público no sabía si todo aquello formaba parte, de algún modo, de la obra.

A pesar del magnicidio, de la gravedad del asunto y de la alarma dada por Rathbone y los que ocupaban el palco del presidente Lincoln, Booth logró escapar no sólo del teatro, sino que tuvo a la policía y al ejército en jaque durante 12 días.

Junto a otros conspiradores, el asesino de Lincoln llegó hasta el río Potomac, donde esperaban seguir el curso del éste, pero, desorientados, remontaron el afluente en dirección hacia el lugar del que escapaban. La fortuna sonrió a los conspiradores al llegar a las tierras del Coronel Hughes, un simpatizante de los sudistas que les alimentó y cobijó una noche, pero el tiempo perdido fue decisivo para su captura, y de nada les sirvió seguir viajando hacia el sur.

Doce días después del crimen, Booth y sus cómplices (excepto Powell y Atzerodt) fueron rodeados en una casa del Estado de Virginia. Allí, el asesino de Lincoln sería abatido a tiros tras su negativa a rendirse ante las fuerzas Federales.

 

El despropósito

Varias son las razones para evaluar esta conspiración como un desastre que acarreó la ejecución de sus actores y la inutilidad de ella:

  • La precipitación del plan: el primer objetivo de Booth era secuestrar al presidente Lincoln para librarlo a los sudistas en el sur. El fracaso de ese primer objetivo se unió a dos factores más, que alimentaron el odio y el resentimiento de Booth hasta el punto de preparar el asesinato: la rendición de prácticamente todos los puntos sudistas (el presidente Jefferson Davis, de los Estados Confederados de América, se batía en retirada), y la inminente rendición del general Robert E. Lee a los unionistas; por otro lado, las ambiciones antiesclavistas que el presidente Lincoln hizo públicas en varios de sus discursos.

  • No se contemplaba el triunfo: de todos los conspiradores, aquellos que debían matar a Lincoln, al Vicepresidente y al Secretario de Estado eran conscientes de las escasas probabilidades de sobrevivir tras cometer semejantes crímenes. La protección de las personalidades, unido a la guerra que agitaba el país, hacía de aquellas pretensiones magnicidas un objetivo muy poco realista.

  • Pruebas: Tanto Powell como Atzerodt pasaron por alto el recelo que debería guardarse en caso de un crimen premeditado. Powell no lavó los restos de sangre del Secretario de Estado William H. Seward de su ropa en los días que pasó oculto a las autoridades; Atzerodt, por su parte, dejó olvidados en la habitación del mismo hotel en el que se alejaba su potencial víctima, el Vicepresidente Andrew Johnson, un cuchillo, una pistola y un libro relacionado con Booth, lo cual, indefectiblemente, vinculaba a Atzerodt con la trama.

El crimen pasaría a la historia por ser uno de los complots más ridículos y mal planeados, pero que, por avatares del destino, tendría éxito. Quizás dicho éxito (matar a Lincoln en primer lugar), sumado a la futilidad del crimen (virtualmente, nada cambió) y a la paradójica relación que el hermano del asesino tuvo con el hijo de la víctima (el hermano de Booth salvó la vida del hijo de Lincoln unos meses antes en un accidente) fue lo que lo hizo verdaderamente infame.

Last modified on Sunday, 03 February 2013 20:57
Guillermo González

Nacido en 1986, apasionado de la historia y la arqueología además de la criminología. La historia humana y más adelante sus conflictos fueron los que me acercaron al deseo de conocer y entender los problemas de esta índole. Por ello, me interesé por los títulos que actualmente poseo: Graduado en criminología y Política Criminal y Licenciado en Criminología, así como algunos cursos desde las platformas Online Coursera y Udacity. Soy miembro de la Associació Interuniversitaria de Criminologia, Co-fundador de Criminólogos.eu  y subdirector de CyJ España, parte de Grupo CyJ. Siempre he tenido en alta estima la figura del emprendedor y del creador de proyectos; es por ello que me entusiasma asociarme con aquellas personas que, en vez de buscar un futuro, se lo fabrican; este es el caso del Grupo Criminología y Justicia. Combino mi labor en CyJ y Criminólogos.eu con una serie de investigaciones relcionadas con el ámbito de la seguridad y, en el terreno personal, con la escritura. Y encima, me gusta mucho el hip hop.

Correo: guillermogonzalez@criminologos.eu