La disponibilidad del agua potable: de la escasez al conflicto

March 31, 2015 5679
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Fotografía de Jason Epping https://www.flickr.com/photos/jasoneppink/5507591044 Fotografía de Jason Epping https://www.flickr.com/photos/jasoneppink/5507591044

La semana pasada exponíamos los cambios en el clima como agravante de conflictos y actitudes violentas. La alteración en el régimen de precipitaciones es uno de los indicadores del cambio climático y está íntimamente relacionado con la disponibilidad de agua potable. Las lluvias torrenciales dificultan la retención en depósitos que en situaciones normales hubiesen recogido estas aguas y puede tener consecuencias negativas en la agricultura; en contrapartida, períodos prolongados de sequía amenazan las reservas y pueden dar lugar a la sobreexplotación de acuíferos. La disponibilidad de agua potable se ve agravada también por cuestiones ajenas al clima, tales que: el tamaño de las ciudades o la titularidad de la gestión del agua.

Los movimientos de población ya no se basan en la cercanía a una fuente de agua. En su origen, los pobladores se asentaban en puntos estratégicos cercanos a ríos o fuentes dando lugar a ciudades. A día de hoy, las ciudades alcanzan tamaños descomunales que hacen insuficientes esas fuentes iniciales, obligando a buscar abastecimiento en puntos muy alejados a la urbe y condicionando el suministro de toda la región. En 2014, el porcentaje de población mundial que vive en ciudades sobrepasó el 50%, con tendencia a incrementarse, de manera que la gestión del agua en las ciudades es un reto en la planificación urbana.

La escasez de agua surge de la combinación de varios factores. Un ejemplo lo tenemos en Palma, capital de la isla de Mallorca. Palma aglutina aproximadamente a la mitad de la población de la isla, lo que la convierte en una de las 10 ciudades más grandes de España. Especializada en el sector turístico, Mallorca recibe una media de 2 millones de turistas por mes durante la temporada estival. En el clima mediterráneo, el verano coincide con la estación seca. Estos factores unidos alcanzaron su momento más crítico en 1995, cuando hubo que importar agua en barco desde la Península. En esta ocasión se logró una solución drástica que permitió que el conflicto afectase únicamente a la esfera política.

No es así en Karachi (Pakistán). El mal estado de la red de distribución, los cortes eléctricos y la sequía hacen que el agua disponible por habitante decaiga de una manera alarmante: un tercio per cápita en comparación al año 1950. Khawaja M. Asif, Ministro de Defensa, Energía y Agua (sí, todo eso en un Ministerio), ya ha advertido que la escasez podría pronto ser incontrolable. Las protestas y las manifestaciones en demanda de agua potable son habituales en las calles de la ciudad pakistaní.

En Perú encontramos un ejemplo en el que se añade otra de las variables que mencionábamos al inicio: la titularidad del agua. En 1999, la empresa Bechtel acordó la privatización del servicio de suministro de la ciudad de Cochabamba con el gobierno peruano. A raíz de este acuerdo, las tarifas se incrementaron en más de un 50%, lo que culminó en protestas y enfrentamientos entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad, en lo que se recuerda como la “Guerra del Agua”.

En Cataluña, tres de cada cuatro personas son abastecidas por una única compañía: Agbar, filial de la multinacional francesa Suez. ¿Puede un recurso fundamental como el agua estar en manos de una compañía privada? ¿Qué ocurre si los intereses económicos de una corporación se anteponen a las necesidades más elementales de la población?

En el tema del agua se entrelazan factores como el cambio climático, la gestión, el estado de la red de suministro, la contaminación, tamaño de la población, conflictos étnicos, intereses económicos… Una serie de variables que suponen la puesta en riesgo de un bien básico para el ser humano.

La palabra “rivales” proviene del vocablo latín rivalis, que a su vez proviene de rivus: “riachuelo”, “arroyo”. El resultado de la inacción en cuanto al consumo del agua puede conducirnos a la confrontación directa, a la rivalidad en su sentido más literal: la(s) guerra(s) del agua. Y es que, aunque podamos tener maneras de reemplazar el petróleo, el gas o el carbón, la alternativa sintética al agua queda aún lejos. Así como el cambio a energías alternativas no se realizará hasta que la situación económica lo demande, parece que permaneceremos inalterables hasta que tengamos demasiada sed.