Fabricando al enemigo

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Para justificar su intervención en la guerra de Cuba, el accidente sufrido por el acorazado Maine en el puerto de La Habana fue presentado por los norteamericanos como una acción terrorista española.

Es posible que el presidente Roosevelt conociera con antelación los planes japoneses de atacar Peral Harbour, consintiéndolo para tener un pretexto que le permitiera participar en la Segunda Guerra Mundial.

El incidente del golfo de Tonkin fue falsificado para explicar la intervención estadounidense en Vietnam.

La Junta de Jefes del Estado Mayor planeó en su día escenificar varias acciones terroristas en EE. UU. con el fin de instigar una guerra contra el régimen de Fidel Castro.

Sadam Hussein fue deliberadamente engañado por la diplomacia estadounidense para que invadiera Kuwait.

 

El Maine, Pearl Harbour, el incidente del golfo de Tonkin, el 11-S, las “desaparecidas” armas químicas de Sadam Hussein…Llama poderosamente la atención que sobre todos los incidentes que han justificado la entrada de EE. UU. en una guerra pese la sombra de la sospecha, en más de una ocasión justificada, de la manipulación, el engaño y el fraude.

Comienzo con una metáfora, Marco Licinio Graso (c. 115-53 a. C.) es uno de los personajes más interesantes de la historia de Roma. Graso acumuló una fortuna que aumentó mediante la especulación y la usura, hasta llegar a ser uno de los hombres más ricos de su imperio. Pero sus ambiciones de poder no se centraban sólo en lo económico, sino que también tenía grandes ambiciones políticas, así que usó su riqueza para obtener favores y convertirse en una de las figuras más destacadas de las intrigas políticas que caracterizaron los últimos años de la república romana. El golpe maestro lo dio al utilizar la sublevación de los esclavos dirigida por el gladiador Espartaco en su propio beneficio. El ejército de Espartaco no tenía la menor intención de atacar Roma, un verdadero suicidio desde el punto de vista estratégico, sino obtener en poco tiempo dinero suficiente para contratar una flota mercenaria que llevase a sus hombres hacia la libertad. Pero lo último que deseaba Graso era esto. Necesitaba el terror que despertaba en los romanos el ejército de Espartaco para utilizarlo a su favor, así que sobornó a la flota que esperaba al gladiador para que partiera sin los esclavos, propiciando de esta manera una sangrienta batalla. Graso sofocó la rebelión y se presentó ante el pueblo como el salvador de Roma, dando el primer paso de una brillante carrera política que culminaría con la formación junto con César y Pompeyo de la coalición conocida como el primer triunvirato.

Dos mil años después, Adolf Hitler se aplicó la lección de la historia de una forma magistral. El incendio del Reichstag, el edificio que albergaba la cámara baja del Parlamento alemán en Berlín, tuvo lugar el 27 de febrero de 1933, antes de que se cumpliera un mes desde que Hitler fuera nombrado canciller. Este incendio, un acto terrorista y el temor y la intranquilidad que despertó en los corazones de los alemanes, fueron utilizados como justificación para suprimir diversas garantías constitucionales, con el fin de que Hitler adquiriera poderes mucho más amplios que los que ya tenía como excusa para perseguir a los comunistas.

La escenificación de una amenaza real o imaginaria para atemorizar al pueblo y obtener algún beneficio de ello no es algo en absoluto ajeno a la historia política del mundo.

 

El caso Maine

El pueblo cubano luchaba por la independencia desde 1895. El conflicto de Cuba generó en EE. UU. una fuerte reacción, en especial por razones económicas. Los cuantiosos daños a la propiedad que estaba acarreando el conflicto afectaron a un gran número de inversiones estadounidenses y el comercio entre ambos países se vio interrumpido. La prensa agitaba los ánimos a favor de una intervención militar.

Joseph Pulitzer, propietario del New York World y William Radolph Hearst, del New York Journal, conscientes de que una guerra dispararía la venta de periódicos, iniciaron una campaña de artículos sensacionalistas en los que presentaba a los españoles como penetradores de un genocidio en la isla, diablos sedientos de sangre que a buen seguro habrían sido incluidos en el “eje del mal”.

Se cuenta que Hearst, seguro del éxito de su campaña, envió a uno de sus fotógrafos a Cuba para que tomase imágenes de la contienda entre EE. UU. y España. Cuando éste le recordó que todavía no había ninguna guerra, el magnate le replicó: “Tú toma las fotografías que yo pondré la guerra”.

El casus belli de esta contienda iba avenir de la mano del Maine, un acorazado estadounidense botado en 1890 en el arsenal de Nueva York, reclasificado como acorazado de segunda clase en 1985 llegó a La Habana el 25 de enero de 1898 oficialmente en visita de paz y amistad si bien su presencia en el puerto se debía a la petición del cónsul norteamericano que había solicitado el envío de un buque para garantizar la seguridad de los norteamericanos en la isla. La noche del 15 de febrero tuvo lugar una explosión que provocó el hundimiento del barco y acabó con la vida de la mayoría de la población (230 marineros, 28 marines y 2 oficiales).

Aunque en Cuba nadie dudaba de que la explosión se debiera a un accidente fortuito, The New York Journal señaló al día siguiente que el barco había sido hundido deliberadamente por una mina submarina obra del enemigo.

 

Pearl Harbour

Pero si existe un caso que todavía continúa generando controversias, ése es el ataque de Pearl Harbour. En 1941 el llamado “código púrpura”, la clave de comunicación japonesa más secreta no suponía ninguna dificultad para los servicios de inteligencia estadounidenses, los mensajes que desde Tokio se enviaban a la embajada japonesa en Washington eran sistemáticamente descifrados y analizados por los expertos americanos, pero la tarde del 6 de diciembre se recibió un mensaje inusual, un mensaje que minutos después se encontraba en el despacho oval bajo la mirada del presidente Franklin Delano Roosevelt; “Esto significa la guerra”. ¿Por qué no se hizo nada? Básicamente porque Roosevelt necesitaba una guerra para enmascarar los síntomas de una economía herida de muerte que amenazaba con volver a los tiempos de la Gran Depresión y para participar del reparto que sabía resultaría de la contienda. El presidente necesitaba un rival, un enemigo al cual no podía atacar sino que debía ser presentado ante la opinión pública como un agresor externo y alevoso contra los Estados Unidos. El camino para la guerra quedó expedito en septiembre de 1940 con la firma entre Japón y Alemania del pacto de Berlín, un tratado de alianza y defensa mutua entre dos países, Japón sería la llave para entrar en la guerra europea. El primer paso fue decretar un embargo de acero y petróleo contra Japón poniendo como excusa su expansión colonial en Asia, esto provocó que Japón comenzase a considerar la idea de apoderarse de Indonesia y sus grandes recursos petrolíferos y minerales. Ante la aparente inminencia de la derrota soviética en el verano y otoño de 1941 y con el resto de las potencias  europeas demasiado ocupadas con lo que estaba sucediendo en su propio continente, el único obstáculo para las intenciones japonesas eran los estadounidenses. Sólo hacía falta un cebo, el traslado de la flota del Pacífico desde San Diego (California) hasta Peral Harbour (Hawai) hacía de un ataque preventivo contra esa flota la única opción estratégica válida que tenían los japoneses a la hora de hacerse con lo que denominaban el área de recursos del sur algo que Roosevelt sabía y que fomentó lo máximo posible.

El 2 de agosto de 1990 Sadam Hussein y sus tropas invadieron Kuwait y en abril de 2003 se produce la invasión de los estadounidenses con la posterior detención del dictador iraquí en diciembre de ese año.

 

11-S

Irak, Afganistán…Las últimas guerras de EE. UU. oficialmente han tenido su origen en los sucesos del 11-S. Aquellas imágenes que llenaron de pavor al mundo occidental terminaron convirtiéndose en la justificación de esta guerra perpetua contra el terrorismo en la que a modo de cruzada se han embarcado George Bush y sus adláteres. ¿Qué sería del fervor patriótico de los estadounidenses que apoyan la política de ataques preventivos de su país si se demostrase que los eventos de ese día fatal fueron muy diferentes de lo que nos cuenta la versión oficial? ¿La ejecución de los ataques del 11-S fue un mero dejar hacer por parte de la inteligencia estadounidense en la misma línea que respecto a Pearl Harbour?

Otro elemento de esta ecuación es la asombrosa suerte de un personaje casi anónimo llamado Larry Silverstein, es muy posible que le suene ese nombre, pero baste decir que en el momento del atentado él era el arrendatario de las Torres Gemelas, quien a su vez le subarrendaba las oficinas a las diversa empresas que allí tenían su sede. Pues bien, en un insólito alarde de olfato empresarial aumentó la cuantía de su póliza de seguro apenas unas semanas antes del ataque, lo que le valió que la caída de ambas torres le sirviera para embolsarse la nada despreciable cantidad de 7000 millones de dólares. Una afortunada casualidad que se une al hecho de que altos cargos de la administración y la seguridad estadounidense tuvieran una afortunada corazonada colectiva y vendieran rápidamente sus acciones de líneas aéreas en las fechas inmediatamente anteriores a la tragedia o al extraño incremento de transacciones que se produjeron desde el propio World Trade Center en la mañana de aquel 11 de septiembre. Sólo la percepción de una amenaza real o ficticia puede hacer que una sociedad tan diversa como la norteamericana alcance un mínimo grado de consenso a la hora de respaldar una intervención armada.

 

*Este trabajo fue presentado en el VII Curso de Gestión Internacional de Crisis del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado.

Last modified on Saturday, 15 September 2012 08:40
Margharita Rosa Robayna Perera

De fuertes convicciones y principios, tenaz y audaz, valiente,  licenciada en derecho, ciencias de la información, ciencias políticas, criminología, Master en Diplomacia y Relaciones Internacionales, preparo mi doctorado sobre la paz y la seguridad internacional; gestión de conflictos, trabajo aplicando leyes. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía. El destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y de la voluntad.