En 2006, el artista canadiense Jeffrey Swartz organizó una exposición en Vic (Barcelona) sobre uno de los fraudes más habituales que se cometen por internet –el timo 419– calculando que, por este medio, se estafan al año unos 3.000.000.000 de dólares a personas que, sencillamente, han sido engatusadas por medio de un correo electrónico, enviado desde Lagos (Nigeria), en el que alguien que se presenta como delegado de una entidad bancaria local le comunica que ha sido autorizado a repartir una gran cantidad de dinero –suele hablarse de millones de dólares americanos que proceden de las cuentas corrientes de contratistas extranjeros– entre los que se pongan en contacto con él, rápidamente, indicando sus datos personales, dirección, teléfono, estado civil y profesión, junto con una copia escaneada de algún documento oficial que lo identifique. De esta manera, la víctima accede a facilitar sus datos a cambio de la promesa de recibir una parte de aquella ingente cantidad de dinero. 

Muchas son las personas que no dándole importancia, por desconocimiento algunas, por picaresca otras y con intención claramente delictiva y fraudulenta algunas más, entienden el engaño a la compañía aseguradora donde tienen contratados algunos seguros como una forma de sacar “algún dinero de más”, muchas veces sin comprender que esa mala jugada puede salirles muy caro, muchas veces, casi, parece interpretándolo como un juego, un supuesto “juego” de muy malas consecuencias como veremos.

Primero de todo se debe destacar un concepto que mucha gente no tiene muy claro: un seguro que nos asegure un bien, sea este el que sea, está para protegernos de posibles daños o pérdidas que podamos sufrir, para resarcirnos e indemnizarnos por ellas, pero no para aportarnos beneficio, rentabilidad, ni ganancias económicas.