El 22 de julio de 2011 será una fecha que jamás se olvidará en los anales del crimen. Ese día, Anders Breivik, un joven de 32 años de edad y natural de Noruega, asesinó a 77 personas en dos actos y dos escenarios bien diferenciados. Ocho murieron en el centro de Oslo, víctimas de una bomba, los 69 restantes a tiros en la isla de Utoya.

    Quién es realmente esta persona y por qué actuó a como lo hizo, se preguntan los miembros del juicio que se inició el pasado 16 de abril y que pretende esclarecer todas las circunstancias que rodean a la masacre. Hasta el momento la disquisición principal se ha centrado en intentar averiguar si el acusado está loco o no. El primer informe psiquiátrico aseguraba que Breivick no estaba en plena posesión de sus facultades mentales, mientras que el segundo informe afirmaba lo contrario.

Antes de que la policía noruega detuviera a Anders Bering Breivik –autor confeso de la masacre de más de 70 personas en Oslo y la isla de Utøya, el 22 de julio de 2011– mientras la información era todavía algo confusa, una noticia de alcance del diario The New York Times atribuyó la autoría del coche bomba que estalló en el centro administrativo de la capital noruega a la desconocida organización islamista Ansar al-Jihad al-Alami que, al parecer, lo habría reivindicado mediante un comunicado. Aquel titular, procedente de los Estados Unidos, corrió como la pólvora y se coló en todos los informativos.

En un artículo publicado en este diario el pasado 18 de junio, titulado “Mentiras y verdades sobre los menores delincuentes”, apuntaba la necesidad de reformar algunos aspectos de la ley reguladora de la responsabilidad penal del menor, la popularmente conocida como ley del menor.

Entre los contenidos a reformar citaba expresamente el artículo 11, que regula el tratamiento en los casos de pluralidad de infracciones.