In Albis

Gracias a las películas de romanos y a las series de televisión sobre gladiadores, parece que todos conocemos el significado de mostrar un pulgar hacia arriba o hacia abajo: perdonar la vida o condenar a muerte a quien haya perdido un combate en la arena del Circo, respectivamente. Lo curioso es que este símbolo, tan aceptado en nuestra cultura occidental, originalmente tenía justo el sentido contrario: si el dedo pulgar (pólice, del latín pollex) señalaba al cielo, lo que la multitud quería indicar es que se enviara allí el alma del que iba a morir; es decir, el pollice verso (pulgar hacia arriba) condenaba a muerte a la víctima, no la salvaba. En cambio, el gesto de que este dedo señalara al suelo o se metiera en el puño de la otra mano, significaba envainar la espada y perdonar. ¿Cuándo surgió este error? En 1872, un gran cuadro al óleo del pintor francésJean-Léon Gérôme (1824-1904), realizado con su habitual realismo, fue el causante de popularizar este equívoco hasta la actualidad. Hoy en día, este magnífico lienzo se conserva en el Art Museum de Fénix (Arizona, EE.UU.).

No deja de ser una broma del destino que, en los procesos por brujería que se celebraron en las Diecisiete Provincias (actual Holanda) a partir del siglo XVI, las obras que los tribunales solían citar eran los casos prácticos (civiles y procesales penales) escritos por un abogado flamenco, Joos de Damhouder, que había nacido, precisamente, en la ciudad de Brujas, en 1507. Tras estudiar Derecho en las universidades de Lovaina y Orleáns, Joos se convirtió en el asesor jurídico del ayuntamiento de su ciudad natal y, posteriormente, de la poderosa familia de los Austria (Habsburgo) que gobernaban por aquel entonces Holanda; cargo que desempeñó hasta su fallecimiento en Amberes en 1581.

Sus dos manuales más conocidos fueron la Praxis rerum criminalium (de 1554) y la Praxis rerum civilum (1567); sin embargo, hoy en día, se sabe que estas dos recopilaciones de casos prácticos fueron un plagio de las obras de otro jurista flamenco, Filips Wielant (1441-1520), un gran conocedor del derecho consuetudinario (basado en las costumbres locales) al que Damhouder copió, sin añadir ningún elemento original más allá de unas láminas con grabados; pero, por si esto no fuera suficiente, su práctica criminal también “cortó y pegó” gran parte del texto del Tractatus de hereticis et sortilegiis, un tratado publicado en 1536 por el jurista italiano Paolo Grillandi, que era el inquisidor de Roma en los procesos relacionados con la brujería.

Aun así, las obras de Damhouder se convirtieron en verdaderos libros de cabecera para los jueces holandeses cuando tenían que resolver un caso de brujería que, en sentido amplio, incluía cualquier práctica relacionada con la astrología, los hechizos o la lectura del tarot. Estos juicios –y los de herejía– alcanzaron su mayor apogeo en esta parte de Europa durante la Edad Moderna (siglos XVI y XVII) y aunque se era consciente de que un celo excesivo a la hora de torturar a la presunta bruja podía conllevar que se obtuviera una confesión falsa, los tormentos siguieron practicándose en los interrogatorios, donde podían sufrir desde el simple rasurado para buscar símbolos y marcas demoníacos hasta aplastarle los pulgares arrancándole las uñas o perecer descoyuntada en el potro o en cualquiera de las pruebas a las que se les podía someter: sumergirla bajo el agua, soportar un gran peso, caminar sobre hierros candentes, etc. Al final, si sobrevivían a las torturas porque confesaban, los magos y las brujas eran quemados vivos en una hoguera.

Un reglamento de 1635 –las Judges´ Rules elaboradas por los magistrados de Wéstminster– regulo la indumentaria judicial, por primera vez en Gran Bretaña, con el objetivo de que se transmitiera una imagen de dignidad e imparcialidad en los juicios; hasta ese momento, cada juez vestía según su propio criterio aunque solía respetarse una ley no escrita, de finales de la Edad Media, que fue imponiendo la costumbre de utilizar tonos morados y túnicas de pieles en invierno y ropa de color verde confeccionada en tafetán para el verano; reservando el rojo para las grandes ceremonias. De hecho, hoy en día, los jueces de la High Court, todavía utilizan el vestido ceremonial tal y como se estableció en aquel documento del siglo XVII.

El filósofo alejandrino Hermes Trismegisto escribió en su libro Kybalión que la suerte o el azar no son más que el nombre que se le da a la ley no reconocida. Desde que empecé a escribir estos in albis, tenía pendiente dedicarle uno al concepto legal de cadáver pero –por más que busqué– no fui capaz de dar con esa regulación hasta que ayer, por puro azar, mientras localizaba en Google algún dato sobre los almacabras (arabismo con el que se conoce a los cementerios musulmanes) apareció un concepto que me llamó la atención: la policía sanitaria mortuoria, que se ocupa de todas las prácticas sanitarias sobre cadáveres, restos cadavéricos y restos humanos; las condiciones técnico-sanitarias de la prestación de servicios funerarios, así como de crematorios, cementerios y otros lugares de enterramiento debidamente autorizados; la función inspectora y la potestad sancionadora en el supuesto de incumplimiento de la normativa aplicable.Un enlace me llevó a otro y, al final, di con ella: la definición de cadáver para nuestro legislador.

A punto de terminar el siglo I a.C, la ciudad celtíbera de Contrebia Belaisca –a las afueras de la localidad zaragozana de Botorrita– comenzó un lento pero inexorable declive por culpa de las continuas guerras contra las tropas romanas, la destrucción que ocasionaron varios incendios y la influencia que ejercía la cercana –y más importante– Caesaraugusta (actual Zaragoza), eclipsando su antigua prosperidad basada en las tenerías, una industria que le había proporcionado su máximo esplendor en el siglo II a.C, cuando la capital de la tribu de los belos incluso llegó a acuñar sus propias monedas de bronce.

En realidad, esta pregunta se resuelve por sí sola, acertando antes esta otra: ¿qué diferencia hay estas dos normas? Por un lado tenemos la Ley de 26 de diciembre de 1958 por la que se concede un crédito extraordinario de 900.000 pesetas a la Presidencia del Gobierno, con destino a sufragar los gastos que durante el presente ejercicio se deriven del funcionamiento de la Comisión Asesora de Investigación Cientifica y Técnica; y, por otro, la Ley 1/1959, de 11 de mayo, por la que se concede una asignación de residencia a los marineros y soldados de Infantería de Marina que prestan servicio en los Territorios Españoles del Golfo de Guinea. La diferencia entre ambas normas es bien sencilla y espero que sea evidente: el texto legal de 1958 fue la última ley que se publicó en España sin numerar, mientras que la de mayo del año siguiente, fue la primera que apareció numerada.

Paulo (Iulius Paulus) fue uno de los juristas romanos más importantes de su época, el siglo III d.C.; uno de los más prolíficos escribiendo, con más de 300 obras que, desafortunadamente, se han conservado sólo en fragmentos; y, junto a Ulpiano, el autor que más influyó en el contenido del Digesto del emperador Justiniano, en el siglo VI. En una de sus Sententiae –la 5, 17, 2– Paulo menciona cuáles son los tres mayores suplicios de su tiempo: Summa supplicia sunt: crux, crematio, decollatio; es decir, la crucifixión, la hoguera y la decapitación. Para otros delitos existían penas inferiores como el exilio (exilium) o lo que ahora llamaríamos servicios sociales (opus publicum).

Según la lacónica definición del diccionario de la RAE, un cadáver es –simplemente– un cuerpo muerto. Sobre el origen etimológico de esta palabra corren verdaderas leyendas urbanas que lo relacionan con un acrónimo creado por las primeras sílabas de una frase en latín que los romanos –presuntamente– utilizaban en las sepulturas: caro data vermibus; es decir, carne entregada a los gusanos. Esta anécdota es falsa: el término procede del verbo cadere (caer) y debemos entenderlo en el sentido de “caído”, en contraposición con los que están vivos (firme: de pie) o a medio camino entre ambos estados (in-firme: enfermo). Además, los romanos preferían incinerar los cuerpos que inhumarlos.