Hace algunos meses, cierto político, imbuido por el espíritu de la (mala) conciencia o la necesidad de honestidad (o quizá ya en campaña electoral, aún no lo tengo del todo claro…), declaró su admiración, en forma de paga anual, por todas las mujeres de su comunidad, mujeres que lucharon por la democracia en nuestro país durante los terribles años de la dictadura y entregaron su silencio, sus lágrimas y su dolor para que la democracia llegara.

Hay una juez en Argentina que dice que durante la dictadura franquista se cometieron en nuestro país delitos de lesa humanidad: tortura, detención ilegal, fusilamientos… y que por lo tanto se debe juzgar a los responsables denunciados.

Hoy a 40 años del inicio de las desapariciones, torturas y muertes de muchos chilenos a manos de los aparatos estatales con que el régimen autoritario comandado por Pinochet quiso aniquilar a toda persona que estuviera contra sus ideas dictatoriales, la televisión en un acto tardío, nos muestra las imágenes ayer vedadas. El horror y la indignación las une en un vínculo indeleble, con independencia de los programas en que se insertan y del énfasis temático que cada director ha intentado con ellas. Todas proyectan la barbarie desatada, como si obedecieran a un guión de fondo, de un historiador anónimo que desea describir de forma gráfica, los cruentos hechos provocados por el golpe de Estado, a través del cual se pisoteo la institucionalidad. Muchas son difusas, pero tienen la valía de rescatar partes de un mosaico terrible, en que sobrecoge el desprecio por lo humano.