Hace algunos meses, cierto político, imbuido por el espíritu de la (mala) conciencia o la necesidad de honestidad (o quizá ya en campaña electoral, aún no lo tengo del todo claro…), declaró su admiración, en forma de paga anual, por todas las mujeres de su comunidad, mujeres que lucharon por la democracia en nuestro país durante los terribles años de la dictadura y entregaron su silencio, sus lágrimas y su dolor para que la democracia llegara.

La masacre en el colegio de Newton, el pasado viernes ha reabierto el debate sobre la seguridad en las escuelas de EEUU, con opiniones encontradas que van desde quienes abogan por mayor atención psicológica en las aulas a quienes defienden que los profesores deberían ir armados. En algunos colegios de Texas, reivindican el derecho de los profesores a ir armados.Lejos de esta tesis la mayor parte de la comunidad educativa y de los expertos piden reforzar las barreras físicas como detectores de metales y armas, y más atención psicológica a los alumnos como medida para prevenir comportamientos criminales de los jóvenes”.

Lo cierto es que cuesta hablar de esta tragedia, sobre todo porque  tanta publicidad puede dar ideas a potenciales asesinos para cometer hechos similares, por tanto hay que evitar lo máximo posible la acción de los imitadores. Sin embargo, creo que es tiempo de hacer una reflexión acerca del por qué, cómo prevenir futuras acciones similares y cómo tratar a las víctimas y supervivientes.

¿LA JUSTICIA PENAL TRADICIONAL EN LA ACTUALIDAD?

 

Actualmente cada vez que un delito grave ocurre, se abre un nuevo debate en la sociedad acerca de la necesidad de endurecer las penas, como si esto fuera la “panacea” de todos los problemas.

El castigo al culpable se ha convertido en una autentica obsesión social, saciando la “sed de venganza” del estado y en menor medida la de la comunidad.

Sin embargo a pesar del rigorismo de las sanciones la realidad muestra alta tasa de reincidencia y escasa contención de los delincuentes ante las penas incluso más duras. Además las víctimas de los delitos experimentan una frecuente desilusión con el sistema de justicia penal. Esta justicia parte de la base de que el delito supone una violación de la norma, la justicia representa al gobierno y castiga al delincuente por el delito, y la víctima no es más que un mero testigo. Pocas personas se preocupan de si la víctima se siente amparada, por el sistema de justicia penal o de si el castigo es el único objetivo primordial.