Agustin Salgado

Agustin Salgado

Licenciado en Derecho con Estudios en Psicología Educativa

Es evidente que la pena de muerte es la sanción más enérgica y longeva de la historia humana. Lo que sigue produciendo sendos debates y foros de discusión. Lo que representa diversos aspectos de análisis, como la personalidad del sujeto activo, las víctimas de delitos considerados graves, la sociedad y las instituciones oficiales del Estado. Por lo tanto las opiniones también son vertidas desde diversas disciplinas y ciencias desde la sociología a la criminología, pasando por la política, la filosofía y el derecho entre muchas otras.

Hay en el mundo muchos países que aun aplican la pena de muerte, empleando diversas formas para hacerlo desde la lapidación, el ahorcamiento, la cámara de gases y la inyección letal principalmente.

La filosofía penitenciaria trata de explicar lo penitenciario como política del Estado, busca comprender porque existe respecto de toda la vida, no sólo como parte integradora de la actividad del Estado, es decir, tiene especial interés en descubrir que sentido tiene lo penitenciario en la totalidad de lo existente, lo estudia desde  fuera estudiando sus relaciones y diferencias con otros campos de estudio: Derecho, Penología, Criminología y Psicología por mencionar algunas.

En cambio la filosofía del derecho se refiere a la comprensión de la existencia del derecho en la totalidad de la vida, entre sus grandes temas se encuentran: la definición del derecho, el estudio de los conceptos jurídicos y los valores que debe tener el derecho (axiología jurídica).

Todas las cultura sin excepción, están construidas sobre bases sociales nomotéticas, que rigen la convivencia gregaria, estas bases comprenden el sistema de creencias cimentadas en la axiología de su microcosmos, que delimita su comprensión del mundo con relación a la interacción de los miembros de la cultura de que se trate.

Dicha nomotética social, se encuentra en diversas formas, algunas veces son meras costumbres y tradiciones, normas orales de trascendencia intergeneracional; así las culturas que muestran mayor entramado en su composición, cuentan con un sistema de normas emanado del poder político, sin que esto implique la inexistencia de normas positivas que no tienen ese origen, y que forman parte del imperio nomotético que delimita la actuación de cada uno de sus miembros.

 

La situación desbordada de la violencia originada por diversos factores, que “justifican” homicidios, secuestros, extorsiones, asaltos y demás como habitualidad esencial del homo criminis, hace cada vez más difícil que los ciudadanos ejerzan su derechos elementales, ya no es posible transitar libremente por los senderos asfalticos, ni tampoco se puede introducir en determinadas regiones sin ser abordado inmediatamente por quienes, se han apropiado de tales tópicos, generando vacios en el Estado de Derecho.

El hombre desde que nace esta sujeto a su entorno, inicialmente depende de sus progenitores para su supervivencia, a través de su desarrollo va siendo sujetado a las normas que le son impuestas por la cultura en la que se encuentra inmerso y de la cual va integrando su psique para consolidar su personalidad. Esta sujeción le convierte en un ser eminentemente social, fustigado a la subordinación de la fuerza normativa.

El Estado como asociación de estructura jurídica de los individuos, es creado mediante el pacto social, a efecto de procurar y mantener el orden mediante diversas instituciones del poder político, con las facultades coercitivas que el Derecho le enviste, pero que además debe apoyarse en la sociedad civil. El Estado a través del poder político, está obligado a garantizar la seguridad en todos sus ámbitos: jurídica, pública, nacional, etcétera.

El “ser-antisocial”, en su quididad, es libre en el mundo de las normas, considera que no requiere corrección en ningún sentido, la conducta la realiza en ejercicio de su libertad, para la cual no admite restricciones, pues actúa de manera egoísta, sin importar su impacto en la vida gregaria de su entorno, sobreponiendo su libertad, a los derechos y libertad de los demás. La libertad es el ámbito de acción de la norma jurídica, conduce al ejercicio de ésta, con las modalidades que se producen en función de los resultados de los deberes que el Derecho impone al sujeto, por lo que la métrica de las obligaciones implica el grado de libertad del “ser”.

El ser humano en su naturaleza primaria es impulsivo y agresivo, requiere de la gratificación inmediata ante cualquier deseo, mostrando indiferencia ante el grado de exigencia ejercida, carece del sentido de identidad, sin desarrollar cabalmente la habilidad reflexiva, pues actúa mediante esa primera programación natural e intrínsecamente celular transmitida de manera inexorable mediante los genes. Empero, dicha programación indica que existen aspectos que se desarrollan de manera complementaria con el paso evolutivo de la constitución psíquica de cada individuo.

La libertad inherente al ser humano como ente complejo, le concede capacidad de tomar decisiones por sí mismo; aunque también en variadas circunstancias es motivado por el engranaje inexplicable e inflexible de la causalidad, suscitándose una dicotomía de amplio espectro entre los factores externos, que inciden en sus decisiones y su propia interioridad que lo presentan como dueño de su propia conducta.

El término quididad fue utilizado en la filosofía escolástica medieval por Tomas de Aquino, asignándole la significación de esencia, de naturaleza. En esta misma tónica nos referiremos a quididad en la filosofía criminológica, como la esencia que constituye de manera integradora lo corpóreo y la psique del “ser-antisocial”, la cual puede ser mutable como efecto de acción directa de los accidentes.

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