Escuchar noticias sobre asesinatos siempre supone una gran tristeza y cierta indignación por no poder asumir el por qué de la maldad….sin embargo se me ponen los pelos de punta cuando el asesinato se ejecuta por el propio estado y en un supuesto acto de justicia. La triste historia que voy a compartir con vosotros, y que seguro, ya habéis oído, se resume así:

“Pese a las voces autorizadas, incluso la Unión Europea intentó evitar la ejecución, una inyección letal ha acabado con la vida de Troy Davis, acusado de matar a un policía de 1989. La ejecución programada se cumplió durante esta madrugada, después de que la Corte Suprema de EEUU, rechazase una apelación de los abogados de Troy Davis de 42 años y raza negra. “No fue mi culpa, no tenía pistola. Soy inocente”, aseguraba Davis antes de recibir la inyección según relataron testigos de la ejecución a la prensa. Siete de los nueves testigos que declararon en su contra en el juicio se habían retractado posteriormente según su defensa. 1269 ejecuciones en 34 estados ha habido en lo que esta vigente la pena de muerte desde 1976.”

Cuando leí esta noticia me acordé de mi época de estudiante y del derecho romano, más concretamente de la definición de derecho, que ya en su día hizo Celso y que aparece en el Digesto “el derecho es el arte de lo bueno y lo justo”. ¿Qué de bueno y justo tiene un asesinato del Estado amparado en que es de justicia cometerlo?

Tras acabar mi anterior columna con la pregunta acerca de si era aconsejable o posible la reconciliación con el infractor, he estado buscando noticias que me pudieran responder a esta cuestión en sentido afirmativo y he encontrado una bastante interesante. De forma resumida, la noticia es la siguiente:

Mark Stroman, era como muchos tejanos, un firme defensor de la pena de muerte en EEUU pero no contento con la teoría, se tomó la justicia por su mano hace 10 años, para vengar de forma muy personal las muertes de 3000 compatriotas en el 11 S. Por eso no deja de ser irónico que fuera condenado a muerte dos meses antes del décimo aniversario de la matanza.

El 21 de septiembre cuando Stroman tenía 31 años disparó al empleado de una gasolinera en Dallas, Texas. Se llamaba Rais Bhuiyan, este hombre grabó la imagen del hombre armado, tatuado, ataviado con un pañuelo, gafas de sol y una gorra de béisbol. Bhuiyan fingió estar muerto para que no le volviera a disparar. No era el primero ni el segundo, en recibir los balazos de Stroman y es que el delincuente llevaba seis días aplicando una cruzada personal contra todos los musulmanes de EEUU, en venganza por el 11S. Mató a dos personas antes de que le detuviera la policía.

Bhuiyan el musulmán de Bangladesh, que sobrevivió a su ataque estuvo luchando por salvar su vida. Una semana antes de su ejecución, Bhuiyan habló con el Daily Telegraph “todavía tenía 35 perdigones en la sien pero quería perdonarle. Estoy convencido de que era ignorante e incapaz de distinguir el bien y el mal. Si se le da la oportunidad creo que podría convertirse en portavoz, podría contar su historia para evitar crímenes como los que cometió. Su ejecución erradicará una vida humana pero no parará los crímenes de este mundo. Si sale con vida y cambia, ya es un logro pero si muere estamos perdiéndolo todo. Me dicen que estoy loco por intentar salvar a alguien que merece morir. Hay quién ataca mi fe islámica porque dicen que predica violencia y odio pero ese no es el problema, el problema no es el cuchillo, sino la gente que lo esgrime. Lo mismo pasa con la religión”. Días antes de su muerte Stroman era otro hombre: “es difícil de explicar pero me siento en paz. Ya no tengo odio ni miedo”. El día clave, hora y media antes de la ejecución, Bhuiyan recibió una llamada de teléfono, era Stroman desde la cárcel “.

Hace unos días, estando próximo el décimo aniversario del 11S, me estremecí al leer la historia de la amistad de dos madres, enfrentadas por lo que aconteció aquel fatídico día.”Una de ellas, Phyllis Rodríguez, 68 años, profesora a tiempo parcial de adultos analfabetos. El 11 de septiembre de 2001 cuando volvió a casa después de dar un paseo, su portero la avisó que las Torres Gemelas estaban ardiendo. Subió corriendo, encendió la televisión y vio que no era un incendio, era el mayor ataque terrorista perpetrado en EEUU y justo donde trabajaba su hijo, Greg. Intentó llamarle pero fue inútil. Con el paso de las horas, la verdad se hizo innegable, Greg había muerto.

El dolor que se adueño de ella en los días siguientes, fue dando paso a la ira.

La otra madre, Aicha El-Wafi, mulsumana de origen marroquí. El 13 de septiembre tuvo que aceptar que su hijo Zacarías Moussaoui, era el hombre más odiado, había sido identificado como uno de los autores intelectuales de los atentados. Ella sabia que no debía sentirse  responsable por las decisiones que había tomado su hijo, sin embargo, se sentía culpable porque le había dado a luz. Durante esos días Phyllis vio la foto de Aicha en el periódico. Se dijo que querría conocerla pero no dejaba de pensar que era la madre del posible asesino de su hijo, por eso no podía llamarla.

Sin embargo, un año después el presidente de una asociación en favor de la reconciliación de las víctimas, la propuso que se conocieran. Ambas aceptaron y lo que pasó allí cambió sus vidas. Aicha miró a Phyllis, y dijo “no sé si mi hijo es culpable o inocente pero quiero pedirte perdón por lo que te ha pasado a ti, y tu familia”. Phyllis la abrazó. El perdón que le otorgaba a Aicha, actuó como bálsamo instantáneo para el año de luto, dolor e ira.

Las mujeres se fueron conociendo, Aicha era valiente. Se había casado joven, fue víctima de violencia doméstica y crió a sus hijos sola. Al terminar la reunión Phyllis la dijo que quería darla todo el apoyo que necesitara durante el juicio de su hijo. Hoy en día la amistad de ambas mujeres sigue intacta.”

Esta semana, más allá de la crisis y las elecciones anticipadas me ha llamado la atención poderosamente una noticia un tanto sorprendente: Ameneh Bahrami, una mujer iraní que quedó ciega y desfigurada cuando un hombre la arrojó ácido a la cara hace siete años, perdonó al autor del ataque unos minutos antes de que se aplicara la sentencia por la que estaba condenado a quedar sin vista con acido. Esta sentencia conforme a la ley de las Ghesas (ley del talión) recogida en la legislación islámica se iba a administrar en el Hospital de Teherán cuando minutos antes Ameneh perdonó al hombre.

Cuando oigo que la gente se queja sobre qué mal funciona la justicia, suelo intentar defenderla, explicando mi visión de ella cuando fui juez. Obviamente cuando estas en esa posición, te das cuenta tarde o temprano que hagas lo que hagas nunca vas a dejar satisfechas a las dos partes al menos un 50% claramente va a estar descontenta con la resolución que has emitido, con razón mi abuela solía decir: “nunca llueve a gusto de todos”.

Mantenemos reservas sobre estos temas”, se ha limitado a decir a EFE fuentes de prisiones, que no han querido confirmar ni desmentir la existencia de este programa, en el que estarían participando presos etarras, que ya se habrían desvinculado de la banda terrorista…!- ABC

“Instituciones penitenciarias prefieren no comentar la puesta en marcha de un programa de mediación penal para presos de ETA que se estaría llevando en la cárcel de Nanclares de Oca, para conseguir que los etarras estén dispuestos a pedir perdón a las víctimas si éstas lo aceptan...”

Estos son dos extractos de las múltiples noticias que han surgido estos días acerca de la existencia de un programa de mediación penal con presos de ETA. Como persona que trabaja habitualmente con procesos restaurativos como la mediación en materia penal y como presidenta de la Sociedad Científica de Justicia Restaurativa, me veo en la obligación de valorar esta noticia y matizarla. Realmente llama la atención el secretismo absoluto en un tema tan especial y delicado, cuando debiera ser todo lo contrario. No niego que pueda ser posible procesos restaurativos en delitos serios como terrorismo, al contrario, en diversos lugares del mundo, ya se ponen en práctica procesos restaurativos con delitos muy graves, sin embargo para no frustrar los fines de estos procesos  y no dañar a las víctimas más de lo que se las puede ayudar, se hace necesario tener en cuenta una serie de recomendaciones porque no queremos que algo tan beneficioso para las víctimas y la comunidad fracase y con ello se ponga en peligro el trabajo de todos los que trabajamos habitualmente en la Justicia Restaurativa.

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