I.- Introducción

No cabe duda de que nuestra cultura occidental tiene profundas raíces en la judeocristiana que se enmarca en la historia del pueblo de Israel -pueblo de Dios-. Esta historia aparece relatada en la Biblia, dividida en dos partes: el Antiguo  y el Nuevo Testamento. Dentro del Antiguo testamento, que comprende los Libros Sagrados escritos antes de la venida de Jesucristo, los más importantes, por lo que hace referencia al objeto de estudio de este trabajo, lo constituyen los cinco libros que engloban el denominado Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio), donde se encuentran, prácticamente, todas las leyes penales bíblicas, que recogen las obligaciones de los hombres para con Dios y para con sus semejantes y que aparecen codificadas en el denominado Código Mosaico, compuesto por diez leyes fundamentales (decálogo).

En el acto tercero de Julio César, William Shakespeare pone en boca del senador Casca la frase “¡Hablen mis manos por mi!” con la que un grupo de conspiradores atacaron al dictador romano, hiriéndole con 23 puñaladas –incluyendo la que le asestó Bruto– aquel idus [15] de marzo del año 44 a.C., junto al Teatro de Pompeyo, en el Foro de Roma.