I. Planteamiento

El Diario “EL PAIS”, recogía el pasado día 27 de Marzo de 2013, con el título “Cerebro de delincuente” una noticia sobre el hallazgo de un método científico para predecir si un criminal podría reincidir, realizando únicamente un escáner a su cerebro. Las pruebas de “neuroimagen”, que se han usado para medir qué pasa en el cerebro en todo tipo de situaciones, han creado expectativas muy esperanzadoras y optimistas para la predicción y tratamiento de conductas y enfermedades mentales, por lo que se configuran, hoy día, como una herramienta cargada de posibilidades entre los investigadores y, en el caso de la conducta delictiva, para medir la probabilidad de reincidir de los condenados.

Cuando se regula la comprobación del delito y la averiguación del delincuente en la Ley de Enjuiciamiento Criminal (enunciado que no puede ocultar su origen decimonónico, porque en la LECr española aún conviven normas de tres siglos distintos) se dedican cinco artículos al careo de los testigos y los procesados (Arts. 451 a 455 LECr). El primero de ellos establece que cuando los testigos o los procesados entre sí o aquéllos con éstos discordaren acerca de algún hecho o de alguna circunstancia que interese en el sumario, podrá el Juez celebrar careo entre los que estuvieren discordes, sin que esta diligencia deba tener lugar, por regla general, más que entre dos personas a la vez.

Los “ninis” están de moda. Algunos estudios que en las últimas fechas se han publicado alertan y alarman de esta realidad social que pone, injustamente todo hay que decirlo, en tela de juicio a nuestra juventud.

Pero este artículo no pretende llevar a cabo ningún análisis, ni ninguna valoración de este fenómeno, y si apuntar algunos efectos negativos derivados de medidas legislativas con pretensiones resocializadoras, que se están convirtiendo en un problema personal para quienes son beneficiarios de las mismas y, en ocasiones, además en un problema familiar.

Su posible traslado a la sociedad actual

 

altDon Quijote concibe la justicia penal partiendo de la bondad, la caridad, la misericordia y la compasión, lo que le lleva a percibir al delincuente más como una víctima que como un transgresor, de ahí su consideración del castigo de la conducta delictiva como algo inmerecido. Partiendo de esta premisa, el autor de este artículo analiza los posibles paralelismos que tiene en la sociedad actual esta percepción de Don Quijote.

¿Cuál es el grado de libre albedrío que el cerebro nos permite?, ¿estamos sometidos a un determinismo biológico que nos conduce a comportarnos de una manera predeterminada?

Desde una perspectiva de la psicología evolutiva y social, un organismo se hace a sí mismo desde el mismo momento en que empieza a interactuar con su ambiente. A medida que el individuo se desarrolla e interactúa con su contexto social, sus respuestas se tornan coherentes con un código ético que le permite responder a los estímulos con una intensidad y dirección determinada, con la que el individuo se siente identificado, lo que configura su personalidad y le hace diferente al resto.