Supongamos el caso de un triple homicidio. Tres personas aparecen asesinadas en su domicilio, cada uno en una habitación diferente, cada uno con una cantidad y calidad de heridas diferentes. La investigación policial buscará en un primer momento averiguar la identidad de las víctimas e indagará en su entorno para inferir el posible móvil de la agresión, con el que elaborar hipótesis sobre los principales sospechosos. Al mismo tiempo, especialistas forenses tratarán de dar respuesta a las causas de la muerte de cada una de las víctimas, analizando sus heridas, datando en la medida de lo posible el momento en que se produjo, buscando indicios, vestigios o huellas que puedan haber sido dejados por el agresor o los agresores en la escena, etc., al objeto de proporcionar a los investigadores policiales datos concretos sobre lo que en el domicilio en cuestión sucedió y que serán utilizados para elaborar un teoría plausible y que, acompañada de indicios sólidos, podrá convertirse en una reconstrucción coherente del delito, identificando y deteniendo al presunto autor de los hechos y poniéndolo a disposición de la Autoridad Judicial.

¿Cuál es el grado de libre albedrío que el cerebro nos permite?, ¿estamos sometidos a un determinismo biológico que nos conduce a comportarnos de una manera predeterminada?

Desde una perspectiva de la psicología evolutiva y social, un organismo se hace a sí mismo desde el mismo momento en que empieza a interactuar con su ambiente. A medida que el individuo se desarrolla e interactúa con su contexto social, sus respuestas se tornan coherentes con un código ético que le permite responder a los estímulos con una intensidad y dirección determinada, con la que el individuo se siente identificado, lo que configura su personalidad y le hace diferente al resto.