Hace un año hablaba de los atentados de Boston y cómo enfocar el gran daño creado, desde un punto de vista restaurativo. Delitos como el terrorismo afectan seriamente no solo a las víctimas directas sino también a la sociedad. A nadie escapa que tras atentados tan impactantes, algo se resquebraja en cada uno de nosotros, primero perdemos la confianza en que vivimos en un buen lugar, en que el mundo es un lugar pacífico e idílico, pero además perdemos nuestra capacidad de empatizar con nuestros semejantes, de repente, cualquier persona que nos rodea puede ser un “potencial asesino o criminal”

Cuando hablo de Justicia Restaurativa, parto de dos ideas centrales y que tienen que  ver directamente con los afectados: la mayor y mejor atención a las víctimas, procurando su reparación y la responsabilización del infractor por su conducta

Estas dos premisas ponen en evidencia el lazo que une a víctima e infractor tras el delito. Aunque puede parecer que no es así, el hecho delictivo, une a los afectados pero en una situación de desequilibrio en favor del infractor. Por eso, en una espiral de beneficios, la responsabilización voluntaria del infractor favorecerá la reparación a la víctima, lo que repercutirá en la sociedad que se sentirá más segura y en el infractor que verá en la reparación una prestación socialmente constructiva, que facilitará su reinserción.

La tercera edición del Congreso Internacional sobre Justicia Restaurativa y mediación penal que celebramos cada dos años,  en mi ciudad ha cumplido con creces mis expectativas y me ha servido para sopesar en qué medida la Justicia Restaurativa es posible o solo un ideal . Me explico, cuando escucho a ciertos operadores jurídicos y algunos juristas, me entra el pánico porque tal parece que quieren hacer de la Justicia Restaurativa, una parte más de la justicia tradicional. Siempre hablan de protocolos, normas y de ser congruentes con los principios de derecho. Entiendo que el “ius puniendi”  es algo indisponible y que el deber del estado debe ser procurar cierta igualdad a la hora de su aplicación. Esto choca frecuentemente con una parte de la Justicia Restaurativa; la que se encarga de los delitos menores. En estos casos, la Justicia Restaurativa actuaría como una alternativa al sistema tradicional, lo cual choca con el principio de legalidad.

Con frecuencia oímos a las víctimas  decir que lo único que quieren es que se haga justicia. Pero lo más difícil es concretar y entender qué se quieren expresar con  querer justicia.

La justicia nació por la necesidad de mantener la armonía entre los miembros de la sociedad. Según Ulpiano es la “constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”

Esta definición de justicia está muy relacionada con la Justicia Restaurativa, por cuanto habla de cierta individualización y cercanía, parte de la premisa que la Justicia debe tener en cuenta al ser humano  y sus circunstancias. Por eso, más que Justicia igual para todos, la justicia debería comportarse de forma que pueda satisfacer las necesidades de cada víctima y tener en cuenta las circunstancias personales y sociales de cada infractor. Más que igual debe abordar cada delito como un caso único y tener en cuenta que afecta a seres humanos y no simples números de expedientes, y por eso mismo, cada persona es diferente de la otra y sus necesidades serán también distintas.

Muchos podrán pensar que esta idea de justicia puede resultar incompatible con la justicia en general pero más bien se trataría de coordinar las dos vertientes de justicia.

Uno de los grandes beneficios de la Justicia Restaurativa es su capacidad para abordar y gestionar el delito así como la sanación de todos los afectados de alguna manera por él.

En cambio, la Justicia tradicional se centra en la violación de la norma y en quién debe ser castigado, la víctima no es la protagonista, curiosamente cuando debiera serlo por cuanto es la que más tiene que decir sobre un hecho que la ha afectado tan directamente como es el delito. Y esta justicia tradicional contempla además, la reparación del daño de  una manera que genera dos inconvenientes:

Por un lado, se da generalmente en favor de las directamente afectadas por el delito o en ciertos casos de muerte, a sus familiares (no tiene en cuenta que junto con las víctimas pueden existir otras personas “tocadas” por el delito)

Por otro lado, la reparación para esta justicia se centra en un aspecto puramente mercantilista, solo tiene en cuenta la reparación material, busca armonizar el equilibrio entre las partes a través del pago. Sin embargo, para la mayoría de las víctimas es esencial la reparación emocional, moral y psicológica, ya que el mismo delito impacta de forma diferente en distintas víctimas.

Como la mediación está de moda, es frecuente sino habitual confundir conceptos y llamarlo a todo, mediación. Claramente no todo es mediación y ni mucho menos  mediación y justicia restaurativa son conceptos equivalentes.

Para ilustrar las diferencias, nada mejor que poner un ejemplo real: “existen unos mediadores de conflictos internacionales, algunos los llaman facilitadores y están “verificando”, palabras textuales de ellos mismos, el proceso de desarme de la banda terrorista ETA en España”.

“La familia del hombre fallecido en el accidente provocado por el torero Ortega Cano, se ha opuesto a su petición de indulto porque entre otras cosas no ha mostrado su arrepentimiento”

Estoy convencida de que el indulto solo debería concederse bajo un enfoque restaurativo y por tanto, solo debería autorizarse para los que se responsabilicen y asuman lo que hicieron y reparen el daño o quieran mitigarlo.Más que arrepentimiento, de cuya sinceridad siempre se puede tener reticencias, sin duda, la reponsabilización por el delito cometido es más auténtica a los ojos de las víctimas (que ven como alguien aparece como responsable) y de la sociedad.

La Justicia Restaurativa puede y debe aplicarse a cualquier clase de delito con independencia de su gravedad, debe ser un derecho de todos los afectados para de esta forma,  poder tener la oportunidad de superar el delito y el impacto que éste ha causado de una forma más sanadora y humana, fomentando el fortalecimiento de los lazos sociales, desquebrajados precisamente por el hecho delictivo.

Por eso, la Justicia Restaurativa se revela como un baluarte importante en delitos como terrorismo porque estos pueden hacer y de hecho hacen tambalear la convivencia y la paz de todo un pueblo, y  a través de esta justicia se pueden lograr precisamente respuestas más justas y sanadoras para todos.

Sin embargo, lo que puede valer para reequilibrar y favorecer la cohesión social  como la Justicia Restaurativa,  pierde su eficacia y sus beneficios, si se hace sin tener en cuenta a todas las partes afectadas.

El otro día hablaba de uno de los valores que promueve la justicia restaurativa: el empoderamiento. Este empoderamiento se da en todos los afectados por el delito: víctima, infractor y comunidad pero es a la víctima, a quién más beneficios reporta. Como decía Rappaport, “el empoderamiento implica que no concebimos a las personas como niños con necesidades o simples ciudadanos con derechos que deben defenderse por un agente externo sino como seres humanos integrales que tienen derechos y necesidades y que son capaces de tomar el control de su vida”. Y  precisamente esto es una explicación clara de lo que ocurre en el proceso penal y cómo la Justicia Restaurativa trata de evitarlo. Para ilustrar esto, nada mejor que un ejemplo real: un hombre y una mujer pegan “salvajemente” a otro hombre, este muy malherido es llevado al hospital y muere, cuando le hacen la autopsia descubren que la muerte se debe a un virus hospitalario, claramente sino le hubieran pegado no hubiera estado en el hospital y no hubiera muerto. Los familiares del fallecido llegan a un acuerdo con los delincuentes y evitan el juicio.  Aceptan cuatro años de privación de libertad y la responsabilidad derivada del delito.

La Justicia Restaurativa es una filosofía que ve y entiende el delito como un daño, este daño es una herida para la víctima y para la comunidad en general. Esta Justicia utiliza la responsabilización y la curación para con los afectados por el delito como medio para hacer las cosas bien y reparar el daño. Las víctimas son el centro de atención y la llave de la justicia restaurativa.