"El pasado domingo catorce de abril cuando un gran elevado número de corredores participaban en el célebre maratón de Boston explotaron dos bombas que causaron la muerte de tres personas e hirieron a 170, muchas de gravedad con amputaciones de miembros. Los autores fueron identificados y uno falleció y otro tras una larga búsqueda fue finalmente arrestado y se encuentra en el hospital".

Un atentado de estas características genera tras de sí, un gran número de víctimas y grandes secuelas físicas y psicológicas, que serán difíciles de abordar para su tratamiento eficaz. Además de las víctimas directas, las que sufrieron el efecto de las bombas, la sociedad en general cada vez que hay un hecho de estas características sufre y con ello también se convierte en víctima. A nadie escapa que estos sucesos provocan en todos nosotros, incluso los que vivimos a gran distancia del lugar de los hechos, un sentimiento de desconfianza (de que si les ha pasado a gente normal, en cualquier momento nos puede pasar a nosotros) ¿Acaso no nos volvemos un poco “paranoicos”?. Imagino a los ciudadanos que más cerca sufrieron el ataque y a los vecinos de los supuestos autores ¿Cómo van a recuperar la confianza en los otros miembros de la comunidad?. Será muy difícil y es lógico que ahora se muestren recelosos de cualquier vecino o persona que aparentemente sea “extravagante” o tenga comportamientos no usuales. Lo normal es que esto, les lleve a ver “fantasmas” donde no los hay.

Lograr una sanción individualizada para los jóvenes que han cometido su primer delito, conseguir que participen activamente en la resolución del caso y prestar un servicio en favor de la comunidad en la que viven son los tres grandes objetivos que persiguen los Tribunales de Adolescentes, o Teen Courts, de los Estados Unidos. A ciencia cierta no se sabe cuál fue el primer programa que sirvió de base a los demás, pero la National Association of Youth Courts (NAYC) –una federación que reúne a las ONG que gestionan estos planes en 18 Estados de la Unión– considera que pudieron ser el Youth court que comenzó a trabajar en Horseheads (Nueva York) en 1968, o el Youth jury, de Naperville (Íllinois), de 1972.

 Tras hablar de las prisiones como parte del sistema punitivo actual y de su posible y deseable adaptación a los valores de la Justicia Restaurativa, surgió la pregunta ¿qué pasa con la pena de muerte? La pena de muerte como castigo que el Estado impone al criminal que ha cometido algún delito, de los llamados “capitales”, fue muy común en épocas pasadas, donde su habitualidad no dejaba muchas dudas. El movimiento abolicionista, sobre todo a partir del SXVIII y tras la publicación del libro de Beccaria, “de los delitos y las penas”, supuso un gran paso para la erradicación de muchos sistemas penales, pues como bien decía Beccaria, no es “sano”, esta libre disposición de la vida humana: “ si la sociedad política tiene sus orígenes en un acuerdo entre los individuos, que dejan de vivir en la condición natural y se dan leyes para protegerse uno con el otro, es inconcebible que estos individuos hayan metido a disposición de sus símiles, también el derecho a la vida”.

La semana pasada presentaba un modelo de cárcel un poco utópica a los ojos de muchos de nosotros, no tanto por las instalaciones  o por el lugar en sí, (porque muchas de otras prisiones tienen las mismas comodidades) sino por el espíritu que guía la convivencia y las normas en su interior. La cárcel de Bastoy en Noruega, es claramente una prisión cuyos presos viven de acuerdo a los principios y valores de la justicia restaurativa.

Cuando pensamos que un delincuente merece ir a prisión, en nuestra mente muchos concebimos este lugar como un sitio “terrible” donde el hecho de vivir allí , es en sí mismo un castigo (un castigo que nunca nos resulta suficiente para alguien que ha causado un daño  a otro ser humano). Incluso por nuestra mente pasan imágenes, como “mazmorras” para los delincuentes que más reproche y alarma social causan, en un intento, por otro lado lógico y humano, de apaciguar o mitigar el dolor y la indignación que la delincuencia crea no sólo en las víctimas, sino también en la sociedad.

“El hombre que arrolló a una joven y huyó no irá a prisión al pactar con la fiscalía. El acuerdo al que llegó el pasado viernes su abogado con la fiscalía para eludir la vista oral, ha servido para reducir a menos de la mitad la pena que en principio había solicitado el Fiscal. Silvia, la víctima dijo estar muy decepcionada. En su opinión se hubiera hecho justicia con la celebración del juicio y con el culpable respondiendo a las preguntas del fiscal”.

“Las denuncias por agresiones de padres a hijos se duplican en cinco años. La jueza de menores subraya que la violencia intrafamiliar obedece a que los progenitores y la sociedad han relajado el proceso educativo de los niños”

Esto es un resumen de una noticia de mi ciudad, en teoría una población pequeña y tranquila y me va a permitir enlazar con el final de mi artículo de la semana pasada, en él ya decía que donde tiene gran eficacia y será de gran ayuda la justicia restaurativa es en jóvenes infractores ¿Por qué?

Cuando echamos un vistazo a la programación de una cadena de televisión cualquiera, un día cualquiera, lo que vemos básicamente son dos clases de programas: los dedicados a contarnos con lujo de detalles los delitos que más alarma han creado y los destinados a desvelarnos las intimidades de los famosos, es más la mayoría de estos, tienen un formato doble. Pero es que va más allá de una forma u otra, estos programas viven del delito y del dolor que muchas personas arrastran, tras sufrir las terribles consecuencias de un crimen. Veo con tristeza víctimas continuamente hablando y reviviendo el daño que sufrieron, sin haber podido superar este rol de víctima, sin poder atravesar las distintas etapas del duelo, y para mí, el hecho de estar en televisión un día sí y otro también recordando, no las ayuda en nada.

“El gobierno ha indultado finalmente a la joven madre de Requena, que compró comida y pañales por valor de 193 euros. Se ha valorado que no tenía antecedentes penales, que los hechos son de escasa entidad y que la condenada es madre de tres hijos y está en una comprometida situación económica”

 La concesión de este indulto es ciertamente algo humano, aunque los que nos dedicamos a la Justicia Restaurativa, echamos en falta dos cosas realmente importantes:

“La religiosa María Gómez Valbuena, conocida por Sor María tras salir del anonimato a raíz de la investigación sobre los niños robados, ha fallecido sin aclarar ante el juez su presunta participación en esta trama, ya que la única vez que compareció ante el juez se negó a declarar”

Efectivamente no se puede negar que los códigos penales actuales, como el español en su artículo 130 contempla como primera causa de extinción de la responsabilidad criminal: la muerte del reo. La justicia penal que representa al Estado (como víctima) recae sobre el infractor o presunto culpable, faltando éste, al que debe aplicársele la posible pena, entonces se extingue la acción penal y así se deja de perseguir el delito.