Hace unos días me preguntó un conocido que si los controles de tráfico que hacían los agentes de la Policía Local (PL) de su ciudad eran legales. Dijo que eran una molestia para los ciudadanos de orden. Al parecer lo entretuvieron unos treinta segundos en las inmediaciones del Corte Inglés, cuando él circulaba en dirección a su domicilio. Dice que solamente le pidieron el permiso de conducir (mal llamado carné de conducir) y que tras mostrarlo le dijeron que podía continuar. Lo normal: el ciudadano respondió bien al legítimo requerimiento de un agente de la autoridad, no presentaba caracteres sospechosos en su persona o vehículo y por eso se pasó al “gracias, señor, puede usted continuar”. Al parecer ni en la zona de registro lo llegaron a meter. Intuyo que habría poco tráfico y que el policía que hacía funciones de selección hizo la somera comprobación de indicios.

A partir del texto de la Declaración sobre la Policía (Resolución 690) que la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó el 8 de mayo de 1979, el Consejo de Ministros español acordó publicar la Orden de 30 de septiembre de 1981 con los veintiocho principios básicos de actuación de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado [Guardia Civil y Policía Nacional] que, como nos recuerda el Art. 104 de la Constitución de 1978, tienen encomendada la misión de proteger el libre ejercicio de los derechos y libertades y garantizar la seguridad ciudadana; por ese motivo, los tres primeros principios redundan en esa idea al afirmar que: 

 

En este artículo me gustaría destacar la figura de una chica mexicana llamada Marisol Valles García, contaba con apenas veinte años de edad, era madre, esposa, estudiante de criminología en la Facultad de Derecho de la UNAM y directora de Seguridad Pública del municipio de Práxedis Guerrero durante dos meses.

Dos jóvenes policías prestaban servicio ese mes en turno de noche. Era el sueño de cualquier defensor de la ley, hacer realidad sus imaginaciones, detener ladrones, conductores borrachos, atender homicidios, agresiones... un largo etcétera de intervenciones que ellos sabían que se iban a producir por la noche. Y es que cuando el sol descansa hay un sexto sentido que comienza a trabajar, por la noche se ven cosas que por el día sería muy difícil apreciar.

                Si el primer cuerpo moderno de policía fue el de Londres, el segundo fue el de Gibraltar. El 21 de junio de 1830 se dio a conocer que la ciudad dejaría de depender, a efectos de “seguridad pública urbana”, de las autoridades militares (the War Office, la Oficina de Guerra); 4 días después, el 25 de junio, se funda la Gibraltar Police. Sólo había trascurrido unos meses desde que sir Robert Peel constituyera en Londres, aquel primer cuerpo profesional de seguridad. Esto vino a coincidir con la nueva denominación y estatus que recibía el Peñón: Colonia de Gibraltar.

Entre los profesionales del tiro policial se escribe y se debate mucho sobre las heridas provocadas por las armas de fuego. El fin de los disparos policiales es, casi siempre, provocar la incapacitación de una persona de la forma más inmediata posible. No es fácil. Existen muchas teorías al respecto. Algunos consideran que el calibre del arma es lo más importante. Otros creen que el tipo de proyectil, su peso y velocidad son los únicos factores que se deben tener presentes a la hora de provocar, con uno o pocos impactos, heridas que lleven a un adversario al “fuera de combate rápido”. Por cierto, desde el punto de vista policial lo que siempre se pretende es parar o detener una agresión hostil grave. Nunca se pretende acabar con una vida, si bien esto último nunca será controlado por el sujeto activo del disparo.

Primera hora de la mañana en San Juan de Aznalfarache, Sevilla, el 25 de mayo de 2011. Una mujer de 54 años de edad perdió la vida como consecuencia de un disparo de pistola, efectuado por un policía local de la ciudad. Lamentable incidente. El policía en cuestión, en unión de otro compañero, se estaba enfrentado a tiros con dos atracadores de bancos —legítima acción de defensa propia—, cuando uno de los proyectiles policiales no llegó a los criminales y rebotó hasta detenerse en la ciudadana. El impacto alcanzó la cabeza (nuca) y produjo la muerte en el acto. Concepción, que así se llamaba la interfecta, se encontraba junto a una hija suya en una parada de autobús, cuando se produjo le funestos suceso. Ambas mujeres, al oír las detonaciones (alrededor de seis), intentaron llegar a lugar más seguro para evitar ser alcanzadas…

Al margen de los tijeretazos que el Gobierno nos mete en la cartera, para matar nuestra calidad de vida familiar, a los policías (funcionarios) se nos trata de eliminar de múltiples formas durante nuestros quehaceres diarios. A veces a tijeretazos, como el Gobierno, y ahora no lo digo metafóricamente, pues muchos hemos tenido que desarmar a violentos armados con ese instrumento, ¿verdad, Fali Aradas?

En los últimos años, las redes sociales se han convertido en un magnífico escaparate para todo aquel que quiere vender su producto. Es innegable que el uso de estas plataformas ha crecido considerablemente. Facebook y Twiter están muy presentes en la nueva era, la era digital.

No se necesita de la opinión de los mal llamados expertos, para intuir que las drogas incautadas en las operaciones antidroga y almacenadas a la espera de su destrucción, son botines más golosos que toneladas de dulces a la puerta de un colegio.

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