Bin Laden. Quien murió (o mataron mejor dicho) hace un año, fue ni más ni menos que Osama Bin Laden. Así fue como se estrenó Criminología y Justicia como publicación web.
Recuerdo con bastante nitidez tanto los días previos al arranque como los posteriores. Dada la importancia y la implicación manifiesta de muchos colaboradores a apoyar con firmeza el proyecto, la responsabilidad personal que tenía sobre el éxito de CyJ me tenía, para que negarlo, bastante inquieto. Al fin y al cabo, la dirección del proyecto se trataba de una aventura completamente nueva para mí, por lo que en muchas ocasiones mis decisiones se han debido más al ensayo-error que a la experiencia. Afortunadamente, la experiencia aportada por otros colaboradores ha ayudado a redirigir cuando era necesario el camino de CyJ.

Llevo varios días reflexionando acerca de la muerte-asesinato de Bin Laden y la verdad es que las conclusiones a las que llego me asustan tremendamente. En mi mente se agolpan imagenes de peliculas de romanos en las que el pueblo y gobernantes vociferan mientras los leones se comen algún "cristiano".

¿Qué nos está pasando?

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No me alegro de la muerte de Osama Bin Laden

Como ya sabéis algunos de los que nos seguis, este diario parte con un objetivo prioritario: intentar evitar a toda costa cualquier enfoque amarillista de la criminalidad, pero a la vez conseguir captar vuestra atención con unos contenidos interesantes y constantemente actualizados. Pero esta tarea, todo hay que reconocerlo, es harto difícil dentro de la enorme competencia que existe dentro del ámbito periodístico (ahora más que nunca). Lo ejemplifica claramente esa hambruna que habita en todos los medios de comunicación tras la muerte de Bin Laden: hay que encontrar información, de cualquier tipo, contrastada o no, y ser el primero. Y pedimos más, porque hay que saberlo todo. Y si circulan rumores, también se habla de ellos. Y si otro medio difunde una imágen, nosotros no debemos ser menos. Todas las suposiciones son susceptibles de ser noticia. Y al final son tantas las informaciones habidas y por haber que se hace casi imposible tener una versión nítida de los hechos. En medio de toda esta desinformación (que también es en gran parte inducida por la poca transparencia a la que nos debemos enfrentar en temáticas como esta)  el lector probablemente llegue a la conclusión de que no, esto no es periodismo, y que al fin y al cabo no difiere mucho de las tertulias del corazón.