“En 2009 Segismundo Arribas, incapaz de controlar su drogodependencia sustrajo objetos de una obra por valor de 476 euros y fue acusado también de cometer un delito de resistencia a la autoridad y lesiones. Esto le puede llevar a la cárcel tres años”

Siempre se habla de la necesidad de que la Justicia sea ágil, para dar una mejor satisfacción al ciudadano que se ha visto afectado por el delito, sin embargo, creo que la Justicia, al menos la penal, lo que debería ser es más humana y adaptada a cada caso y sus circunstancias.

Se cumplió un año de la liberación de las tres secuestradas en EEUU por Ariel Castro, el cual fue encontrado muerto en su celda. Para algunos, el hecho de que no fuera juzgado puede haber creado en las víctimas y en la sociedad, sensación de que no se he hecho justicia porque no ha pagado sus crímenes. Mientras, una de sus víctimas afirmó que le perdonaba.

Ayer estuve escuchando en la televisión que un hombre, condenado varias veces por maltrato animal, podría entrar en la cárcel. Sería la primera vez que sucede en España.

Respecto a esto tengo sentimientos contradictorios, por un lado, creo que es importante que por fin, se tomen en serio que maltratar a un ser vivo es igual o más grave que a las personas. ¿Por qué? Porque si falta la empatía necesaria hacia los seres vivos, ¿cómo podemos exigirle que no dañe a otro ser humano?

Claramente, aquí radica la raíz de muchos futuros delincuentes y delitos graves, la falta de empatía, la falta de capacidad de ponerse en el lugar de otro ser vivo y ver que sufre y que no debe hacerlo sufrir. Sin embargo, ¿sólo con la pena de prisión es suficiente?

La Justicia Restaurativa puede y debe aplicarse a cualquier clase de delito con independencia de su gravedad, debe ser un derecho de todos los afectados para de esta forma,  poder tener la oportunidad de superar el delito y el impacto que éste ha causado de una forma más sanadora y humana, fomentando el fortalecimiento de los lazos sociales, desquebrajados precisamente por el hecho delictivo.

Por eso, la Justicia Restaurativa se revela como un baluarte importante en delitos como terrorismo porque estos pueden hacer y de hecho hacen tambalear la convivencia y la paz de todo un pueblo, y  a través de esta justicia se pueden lograr precisamente respuestas más justas y sanadoras para todos.

Sin embargo, lo que puede valer para reequilibrar y favorecer la cohesión social  como la Justicia Restaurativa,  pierde su eficacia y sus beneficios, si se hace sin tener en cuenta a todas las partes afectadas.

El otro día hablaba de uno de los valores que promueve la justicia restaurativa: el empoderamiento. Este empoderamiento se da en todos los afectados por el delito: víctima, infractor y comunidad pero es a la víctima, a quién más beneficios reporta. Como decía Rappaport, “el empoderamiento implica que no concebimos a las personas como niños con necesidades o simples ciudadanos con derechos que deben defenderse por un agente externo sino como seres humanos integrales que tienen derechos y necesidades y que son capaces de tomar el control de su vida”. Y  precisamente esto es una explicación clara de lo que ocurre en el proceso penal y cómo la Justicia Restaurativa trata de evitarlo. Para ilustrar esto, nada mejor que un ejemplo real: un hombre y una mujer pegan “salvajemente” a otro hombre, este muy malherido es llevado al hospital y muere, cuando le hacen la autopsia descubren que la muerte se debe a un virus hospitalario, claramente sino le hubieran pegado no hubiera estado en el hospital y no hubiera muerto. Los familiares del fallecido llegan a un acuerdo con los delincuentes y evitan el juicio.  Aceptan cuatro años de privación de libertad y la responsabilidad derivada del delito.

“Se trata de restaurar la situación anterior al hecho delictivo cometido tanto para el autor como sobre todo para la víctima” Esta es una de las muchas afirmaciones sobre la Justicia Restaurativa y sus herramientas como la mediación penal, que generan muchas dudas y sobre todo, crean objetivos erróneos de esta Justicia.

Para empezar quizá sea conveniente, retrotraernos al origen de la palabra restaurativa, esta es una traducción del inglés restorative. Pero como suele suceder no es muy correcta, lo más acertado hubiera sido justicia restauradora aunque para muchos sea más bien reparadora.

“El colectivo de presos de EPPK (de ETA) reconoce en un comunicado el sufrimiento y el daño multilateral generados como consecuencia del conflicto...”

“Tras reconocer su responsabilidad sobre las consecuencias de su actividad política dicen que podrían aceptar que su excarcelación fuera utilizando cauces legales”

La Justicia Restaurativa puede aplicarse a delitos graves, y es un hecho corroborado por otros países como EEUU e Inglaterra. Además, hay estudios que determinan  el gran efecto sanador de la Justicia Restaurativa en las víctimas de delitos más serios. Esto es fácilmente comprensible puesto que  son las víctimas de estos delitos graves, las que más pueden necesitar la ayuda, atención y comprensión para poder “recuperarse” del trauma del delito, y es que es muy importante la labor que los procesos restaurativos hacen en favor de la reinserción de la víctima y del infractor ( generando la responsabilización del delincuente por su conducta y la posibilidad de que la víctima pueda despojarse del rol perpetuo de víctima, para pasar a ser superviviente) Todo esto, como no podía ser de otra manera, repercute en la sociedad que como víctima indirecta, ve como vuelven a integrarse de nuevo en ella, las víctimas y también muchos infractores, disminuyendo el riesgo de que reincidan y de que haya nuevas potenciales víctimas.

“He matado a un hombre”,  es la confesión de un joven de 22 años. Es Mathew Cordle. La semana pasada grababa un video con su confesión. Tuvo un accidente mientras conducía borracho y mató a un hombre. Finalmente ha optado por asumir su responsabilidad, en el video muestra su arrepentimiento y pide disculpas a la familia de la víctima. Además ruega que nadie conduzca bebido.

A priori, podemos pensar; “pero esperó tres meses para confesar”, “quizá lo ha hecho porque se sentía acorralado”. Es lógico, en principio, no confiar en alguien que ha cometido un delito, máxime si es con un resultado tan terrible como la muerte de una persona. Es algo tan grave que no nos planteamos el hecho de que nos pueda pasar a nosotros. Sin embargo, el infractor ha asumido su responsabilidad, la gente en general y los familiares de la víctima en particular, han podido ver que no es un monstruo, que es un chico normal que un día cometió un error de consecuencias trágicas. En definitiva, los familiares han podido poner “rostro” e “historia” a la persona que ha desequilibrado su vida y esto es importante para las víctimas. En un principio, “demonizar” al delincuente, especialmente si no está identificado, ayuda tanto a las víctimas como a la sociedad. El pensar que “debe ser un demonio”, “un ser humano no haría esa crueldad”,  nos ayuda a entender el delito y no volvernos paranoicos, con respecto a la gente que nos rodea, porque si pensamos que solo los monstruos harían esto, podemos seguir confiando en nuestro entorno, y en que ellos no cometerían delitos, ni dañarían a otras personas.

El ser humano, igual que la mayoría de los seres vivos, vive en comunidad. Por eso, todos estamos interconectados y lo que hacemos afecta a los demás, igual que lo que los demás hacen, nos “toca” de forma directa o indirecta en nuestra vida. Las relaciones entre los miembros es un elemento fundamental ya que todos nosotros estamos condicionados por estas relaciones, incluso antes de nuestro nacimiento. En la medida en que nuestros padres se han mantenido juntos o se han distanciado, han estado en contacto con otros miembros de la familia  y otras variables, todo esto influye en lo que somos o podemos llegar a ser. La relación con los que nos quieren y /o deberían preocuparse por nosotros, también determina nuestro carácter. Las personas nos basamos en las relaciones y en ocasiones éstas nos pueden afectar también negativamente por el simple hecho de querer ser aceptados o queridos en el grupo. Estas relaciones que podríamos calificar como “dañinas” pueden repercutir en las relaciones con otras personas ajenas a ese grupo, un ejemplo claro de esto podría ser el joven que para ser admitido en el círculo de amigos, comete un delito, dañando así su relación con la víctima, por adquirir una relación con ese grupo concreto. ¿Y qué tiene que ver todo esto con el delito?

El otro día a raíz de leer un artículo, escribía en mi blog sobre lo mucho que ha cambiado mi concepto de Justicia Restaurativa o más bien mi forma de entender esta Justicia. Esto no ha sido cosa de un día, sino que el ver cómo el delito impacta en las personas, cómo daña las relaciones entre los miembros de la comunidad y cómo la justicia penal no ayuda a las personas, de la forma que más necesitan, me ha hecho  apostar con más determinación por la Justicia Restaurativa. Esta apuesta, lógicamente ha sido posible gracias a la oportunidad que he tenido de profundizar, desde un punto de vista tanto teórico como práctico en esta justicia.

Muchos estaréis pensando ¿en qué sentido ha cambiado mi forma de ver esta justicia?

Page 1 of 5