Virginia Domingo

Virginia Domingo

(Burgos, 17 de mayo 1975)

Soy periodista frustrada, estudié derecho, por defecto  y a pesar de todo,  me gustó. Fui durante más de ocho años  Juez Sustituta, lo que me hizo ver la realidad de la justicia y  su falta de humanidad, así llegué en el 2004 a la Justicia Restaurativa. Actualmente soy la coordinadora del Servicio de Mediación Penal de Castilla y León (Burgos) y presidenta del Instituto de Justicia Restaurativa-Amepax ( la entidad que proporciona este servicio). Soy experta y consultora internacional en Justicia Restaurativa. Mediadora Penal y Presidenta de la Sociedad Cientifica de Justicia Restaurativa. Miembro del Comité de investigación del Foro Europeo de Justicia Restaurativa, participo regularmente en las reuniones de este Foro y he ofrecido varias charlas a nivel internacional, asimismo he realizado diversos trabajos de investigación sobre Justicia Restaurativa y mediación en materia penal. Y sigo luchando porque se regule la Justicia Restaurativa como un derecho más para las victimas de cualquier delito con independencia del lugar donde lo sufran.

 

Con mucha frecuencia los que nos movemos en el “mundo” de los juzgados, nos olvidamos de la realidad y es que los Tribunales son utilizados por el ciudadano, son las personas “normales” las que acuden a los juzgados pensando en que se va a solucionar su problema.

Sin embargo, una vez que entran en la “maquinaria” judicial, los que menos van a saber sobre  la evolución de su caso son ellos, los más interesados.

Pensar en un infractor cómo alguien malo, es fácil y casi supone un alivio porque sólo así llegamos a asimilar internamente cómo y por qué una persona puede dañar a otra. Sin embargo, lo más complicado es hacernos a la idea de que el teórico infractor es una persona como nosotros, con sus defectos y sus virtudes pero que un día tuvo un teórico “mal momento” y sin querer, por imprudencia ha causado un daño muy grave y castigado por la ley como delito.

Un ejemplo de esto que estoy diciendo es el maquinista del tren que descarriló en Santiago de Compostela, sin querer entrar en el morbo, me planteo muchas preguntas en torno a un caso como este. La verdad es que no me gustaría estar en el lugar del juez, que tiene que investigar , ya que debe ser muy complicado calificar a una persona como delincuente o imputado cuyo error fue no tener la diligencia debida ( si se llega a demostrar) pero que al mismo tiempo ha causado tanto dolor, sufrimiento y pérdidas irreparables.

Cada cierto tiempo sufro un deja vu porque cuando un crimen que ha creado alarma social, se juzga y sentencia, muchos no se cansan de proclamar infundadamente que en España, “sale barato delinquir”

Si anteriormente fue el juicio, ahora es la condena,  la que está acaparando todos los programas de televisión y es que parece que con el Caso Bretón nos estamos alejando de la realidad de que un padre mató a sus hijos, los quemó y fingió su secuestro. Digo esto, porque si uno ve la televisión,  el debate se centra en si cumplirá los cuarenta años a los que ha sido condenado, si a los veinte podrá salir en libertad, si con doce gozará de beneficios penitenciarios o si podría estar rehabilitado. Es un debate centrado en el delincuente de forma exclusiva, una vez más, parece que las víctimas y el daño sufrido han pasado a un segundo plano. Suele decirse que el Estado roba el conflicto y el delito a la víctima, sin embargo, frecuentemente veo como algunos medios, amparados en la libertad de información, se apropian del hecho delictivo y del dolor de las víctimas. El duelo por la pérdida terrible de los dos niños, no queda en la esfera privada de la madre y los familiares, sino que “deben” compartirlo con todo el mundo.

“Holanda cierra cárceles por falta de presos. Dejarán de funcionar ocho centro penitenciarios por falta de detenidos pese a las protestas de los sindicatos. En este país, uno de cada tres condenados realiza trabajos comunitarios por lo que el número de detenidos bajó en un 20%”

Mientras que en países como España, la población penitenciaria crece de manera desmesurada y las cárceles están superpobladas, en Holanda las cierran y esto da que pensar ¿será que son más buenos los holandeses? O más bien ¿somos demasiado punitivos los demás?. Cierto es que el cierre de centros penitenciarios, supone la pérdida no solo de “clientes”, sino también de puestos de trabajo y en España, ya de por sí, trabajar empieza a ser un lujo en extinción, sin embargo, también conlleva una ahorro económico importante que merece ser tenido en cuenta.

No obstante, más allá de aspectos materiales y/o económicos, me interesa el por qué en este país la tendencia es contraria a la mayoría, y cómo lo han logrado.

"El violador del Eixample queda libre tras realizarse la castración química. La policía le prestará vigilancia discreta tras haber cumplido su condena y prisiones asegura que aún no está rehabilitado por completo”

No creo que haya algo más terrible que convertirse en víctima, máxime si se trata de un delito tan grave como una violación,  pero no puedo imaginar lo que tiene que suponer saber que la persona que tanto daño te ha hecho, sale de prisión y sin estar rehabilitado, según los expertos.

Desde marzo de 2013 en Dakota del Sur, en el norte de Estados Unidos se permite que los profesores de centros públicos lleven armas para proteger a sus alumnos.

Esta es una medida que a los ojos de al menos las personas que vivimos al otro lado del charco, nos resulta extravagante, ya que en nuestra sociedad el uso habitual de armas de fuego, no es que esté mal visto, es que más bien no existe. En cambio, para muchos de los que viven en Estados Unidos portar armas, es un derecho. No obstante, todo derecho debe tener unos límites de ahí la frase: “los derechos terminan cuando comienzan los de los demás”. Esta es una frase que puede parecer tonta, pero que muy a menudo olvidamos ¿qué pasa si en el ejercicio de tu derecho, dañas o pones en peligro a otra persona?

Decía ayer en mi blog personal, que me estaba haciendo mayor y lo cierto es que sin lugar a dudas, así es. Hasta donde llego a recordar, antes los juicios penales eran eso; juicios, la prensa si acaso, grababa unos minutos e informaba de su evolución. Pero ahora, esto parece que ha cambiado y son casi como “reality shows” y a tiempo  real se sabe todo lo que sucede.

Con el juicio en España por el padre acusado de matar a sus hijos, se están traspasando todos los límites de la realidad. Comprendo, como ya he dicho en varias ocasiones, el derecho de información de los medios de comunicación pero lo que no entenderé jamás es que los juicios se sigan casi en directo y se analice de forma sistemática cada palabra, gesto y actitud de acusado, víctimas y testigos.

Es cierto que hablar de Justicia Restaurativa en un mundo en el que todos y cada uno de los días, se clama por penas más duras, como si esto fuera la panacea a los problemas y la solución a la delincuencia es un poco complicado o al menos puede serlo en un principio,  porque la realidad nos demuestra que somos más punitivos los que nunca hemos sido víctimas, mientras que muchas que sí lo son, lo único que desean de la justicia es ser escuchadas, respetadas y obtener una reparación o mitigación del daño que el delito las ha causado. Sin embargo, esto es más complicado de lo que pueda parecer, ya que aunque no seamos muy punitivos por naturaleza, tal parece que nos vemos influenciados para serlo, y para ilustrar esto nada mejor que un ejemplo. 

Últimamente se oye con frecuencia: “la mediación es un instrumento eficaz y la mejor forma de resolver conflictos de cualquier índole”. Y es aquí cuando me surgen las dudas, ¿están considerando que el delito es un simple conflicto? Si es así,  ahora entiendo por qué muchos “meten en el mismo saco” toda clase de mediaciones y confunden Justicia Restaurativa y mediación.

Quizá entonces la cuestión es si el delito es un conflicto y si es así, si no se diferencia de otro tipo de conflictos.

Siempre ha existido un sentimiento en la sociedad, de que no hay justicia o al menos  que esta justicia, no es igual para todos y cada uno de nosotros. Sin embargo, este sentimiento últimamente se ha reforzado. A esto ha ayudado los últimos casos de corrupción y otros similares, en los que hemos visto que “robar” mucho y siendo famoso, importante y/o de alta alcurnia es menos delito que aquel que lo hace por mucho menos y quizá guiado por la desesperanza o por circunstancias personales. Sin ánimo de justificar los delitos  en general, esta desigualdad a la hora de tratar a los delincuentes, dependiendo de si son o no de los llamados “guante blanco”,es más que suficiente para “sonrojar” a aquellos que hablan de que la justicia, sí es igual para todos.