Parece claro, a la luz del llamado “Informe PISA[1]” -enlace vía El País-, que el sistema educativo debe ser reformado.

También parece claro, a la luz de los datos argüidos, que invertir más en educación no trae consigo una mejora de los niveles educativos. O eso dice El Mundo que dicen desde Educación[2].

Conclusión: la educación no funciona.

Y les adelanto más conclusiones: la reeducación y rehabilitación de delincuentes (especialmente, los graves y violentos) no funciona. Y los programas preventivos no funcionan. Y las estrategias de seguridad ciudadana no funcionan. Y la prevención en materia de violencia de género no funciona. Y la intervención con menores infractores no funciona.

Con frecuencia se afirma que las cárceles son universidades del crimen, y en gran medida se han merecido ese calificativo por la forma en que “mal funcionan”, es indefendible este argumento; empero, para llegar a la universidad se debe pasar anticipadamente por otros niveles. 

El nivel primaria de la educación en delincuencia”, impartido en la escuela que tiene mayor penetración en la psique del individuo, es la familia. La desintegración familiar es un factor de ingente valor en la formación de personalidades antisociales, debido al cúmulo de contingencias que ocurren al seno familiar y que se magnifican con la desintegración de éste; originando un número considerable de individuos con predisposición importante hacia la delincuencia, tales fenómenos que se traducen en patrones conductuales, trasciende de padres (o de quien los supla) a hijos; sea por imitación o por la falta de preceptos conductuales de refreno.

Al margen de los tijeretazos que el Gobierno nos mete en la cartera, para matar nuestra calidad de vida familiar, a los policías (funcionarios) se nos trata de eliminar de múltiples formas durante nuestros quehaceres diarios. A veces a tijeretazos, como el Gobierno, y ahora no lo digo metafóricamente, pues muchos hemos tenido que desarmar a violentos armados con ese instrumento, ¿verdad, Fali Aradas?

El último eslabón en la cadena de teorías que tratan de explicar el comportamiento criminal femenino nos conduce hasta el supuesto evidente final de la conducta delictiva: el encarcelamiento de los delincuentes.

Todo encarcelamiento produce una serie de efectos en la persona que sufre este proceso y la mujer no va a librarse de ellos.

TEORÍA DEL CONTROL SOCIAL

Mientras que los enfoques hasta ahora vistos no se han cuestionado la participación política del Estado en la definición de la criminalidad, un actual y amplio sector de criminólogos han tratado de dar una nueva perspectiva centrando su interés en la problemática del control social ejercido por el Estado a través de sus distintas instancias formales.

Los enfoques funcionalistas se basan en la teoría del rol que defiende la importancia de la socialización diferencial entre hombres y mujeres a la hora de desempeñar sus roles respectivos y, por ende, de explicar su conducta, rechazando de esta manera el determinismo biológico-individual.

A mediados del siglo pasado las explicaciones sobre la delincuencia femenina dejaron atrás una resistente defensa de las teorías biológicas que se iba tiñendo tímidamente con pinceladas sociales para entrar de lleno en teorías marcadamente sociales; estas teorías aparecieron en los años setenta y fueron en parte el reflejo de la influencia de los presupuestos defendidos por el Movimiento de Liberación de la Mujer, así como de las organizaciones que se ocuparon de la defensa de los Derechos Humanos.

Henrik Tham, profesor emérito de Universidad de Estocolmo, ha analizado la relación que existe entre la reducción sistemática de los beneficios de la seguridad social y el crecimiento de la delincuencia.
Si Tham está en lo cierto, y el dúo reducción de beneficios de seguridad social-aumento de delincuencia están relacionados, España en los próximos años a partir del día 1 de septiembre de 2012, aumentará con sus nuevas políticas públicas, factores de riesgo para la comisión de conductas antisociales. 

TEORÍA DE OTTO POLLACK

Otto Pollack en su libro “The criminality of women” sentó las bases de la llamada teoría del tratamiento diferenciado que defiende que la mujer recibe un tratamiento mucho más benigno que el hombre tanto por la policía como por parte del poder judicial y las instituciones penitenciarias, haciendo que su delincuencia sea más oculta al tener un carácter enmascarado, su premisa parte de que la delincuencia que comete la mujer se relaciona con delitos que se suelen cometer muy raramente (por ello son cometidos por mujeres) con lo que estadísticamente se detienen a muchas menos mujeres que a hombres y cuando esto sucede se manifiesta una gran comprensión hacia sus delitos por parte de todos los estamentos del sistema legal.

La respuesta es NO. Por lo menos es lo que se desprende del reciente estudio Determinants of Police Strength in Large U.S. Cities During the 1990s: A Fixed-Effects Panel Analysis (McCarty, William; Ren, Ling; Zhao, Jihong, 2012).
En dicho estudio, se analizan los factores que determinan el aumento o reducción de los cuerpos policiales en ciudades de Estados Unidos con más de 150.000 habitantes durante la década de los 90.
Dicha década tiene un punto de excepcionalidad respecto a otras décadas en Estados Unidos: es la única en la que se observa un crecimiento de la delincuencia al inicio de la misma, seguida de un decrecimiento constante en la segunda parte de la década. 

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