Tucson, Arizona – Un joven desconocido irrumpe entre la multitud un sábado 8 de enero de 2010 a golpe de pistola disparando aleatoriamente a la muchedumbre en un centro comercial de la ciudad. En esos momentos la congresista demócrata Gabrielle Giffords se disponía a dar un mitin. Los proyectiles acabaron con la vida de 6 personas e hirieron a otras 13, de las cuales una era una niña de 9 años y otra la congresista, abatida por un tiro en la cabeza. Tres espontáneos que estaban presentes se abalanzaron sobre el autor y le desarmaron, apresándolo hasta que llego la policía. Mientras un ayudante de la congresista de origen hispano la asistió en los primeros auxilios gracias a unas clases de cinco días que había dado pocas semanas antes, esto supuso salvarle la vida. El joven de la matanza era Jared Loughner, de 22 años de edad. El país se paralizó y rindió homenaje a los fallecidos y ánimos a los heridos, entre otros el Presidente Obama que da un discurso a la nación lamentando lo ocurrido.

Hay una percepción extendida entre la población en general, en parte también entre profesionales y estudiantes del campo de la criminología, de que las estadísticas mienten.

A veces, esta percepción se dirige hacia la estadística como tal, como en el ejemplo de los pollos (“si yo tengo dos pollos y tú ninguno, la estadística miente al decir que tenemos un pollo cada uno”). Pero la estadística permite identificar no solo los valores intermedios (saldría a pollo por cabeza, lo que no quiere decir que sea así), sino también cómo se reparten (si todos tienen el mismo número de pollos o son unos pocos los que los tienen todos), su relación con otros factores (si los que acaparan pollos son, por ejemplo, los mismos que acaparan otras cosas) y su evolución a lo largo del tiempo (qué pasa con los pollitos que van naciendo). La estadística no miente: es un instrumento sistemático para fundamentar afirmaciones basándose en la medición de la realidad.