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A estas alturas del partido, es poco probable encontrarse con algún miembro “despistado” en la comunidad criminológica – al menos en la catalana – que desconozca la controversia desatada a raíz del acuerdo de colaboración suscrito entre la Universidad de Barcelona (UB) y el Institut de Seguretat Pública de Catalunya (ISPC), cuya última institución pública nombrada, dependiente del Departament de Interior de la Generalitat de Catalunya, quedaría adscrita a la Facultad de Derecho para la promulgación de un inédito Grado de Seguridad que hipotéticamente arrancaría su andadura en un plazo de tiempo quizás no superior a los dos años.
En breve este espacio cumplirá dos años de vida. Dos años en los que todos los que formamos parte de CyJ hemos dedicado un sinfin de horas a generar un debate criminológico que abarcara tanto a especialistas como a público que pudiera desconocer la materia. Y creo que en ese tiempo lo hemos conseguido. Se nos reconoce como ese lugar que un día, en una noche de desvelo, se vislumbró como una buena idea.
Antecedentes
Criminología y Justicia surge como proyecto desde las bases de la Sociedad Criminológica Balear (SCB). Ésta plantea como uno de los grandes objetivos hacer llegar la disciplina criminológica a todo tipo de público, tanto el académico como el no académico. Así, en una apuesta clara por la divulgación, se planteó en un primer término un modelo de revista que se publicaría periódicamente para ser distribuida entre los afiliados a la SCB.
I. Planteamiento
El Diario “EL PAIS”, recogía el pasado día 27 de Marzo de 2013, con el título “Cerebro de delincuente” una noticia sobre el hallazgo de un método científico para predecir si un criminal podría reincidir, realizando únicamente un escáner a su cerebro. Las pruebas de “neuroimagen”, que se han usado para medir qué pasa en el cerebro en todo tipo de situaciones, han creado expectativas muy esperanzadoras y optimistas para la predicción y tratamiento de conductas y enfermedades mentales, por lo que se configuran, hoy día, como una herramienta cargada de posibilidades entre los investigadores y, en el caso de la conducta delictiva, para medir la probabilidad de reincidir de los condenados.
Hay cosas que, se miren como se miren, no tienen razón alguna de ser. Todo viene a cuento de una noticia que ya me habían adelantado hace unas semanas, pero de la cual no se hizo eco hasta el pasado martes, a través de un comunicado emitido por la Asociación Catalana de Criminólogos en el que hacía pública la intención de la UB de crear una titulación de grado en seguridad que contaría con la colaboración del Instituto de Seguridad Pública de Cataluña.
La demanda de más dureza y menos derechos en el seno del sistema penitenciario es una realidad social. El populismo punitivo tiene un poder de presencia enorme en la sociedad civil, aun cuando ésta desconoce la realidad carcelaria.
Desde hace tiempo se ha prestado una importante atención al delincuente: Sus motivaciones, su riesgo de reincidencia (anteriormente la mal llamada peligrosidad) y sus mayores o menores posibilidades de reinsertarse en la sociedad. Por lo general, los medios de comunicación y los intereses políticos aventan la manida frase “la reinserción social es un fracaso”, en un asombroso ejercicio de ignorancia (por desconocer), gandulería (por no esforzarse en contrastar datos) y cinismo (por no querer contrastar datos), cuyo resultado es, por una parte, el minado de la confianza en todos aquellos trabajadores del sistema penitenciario y, por otra, la expansión y alteración del Código Penal. Un Código Penal (el español) que, de poder hablar, pediría que dejaran de reformarlo cada dos por tres.
Hace una semana publicaba aquí mismo un artículo en el que invitaba a todos los criminólogos a llenar la red de contenido relevante, a mostrar nuestra presencia y nuestra voz. La viralización del mismo fue más allá de lo esperado, y han sido muchos los comentarios que he podido leer al respecto, muchos de los cuales me han animado a seguir reflexionando sobre esa necesidad. A la vez, me veo en la necesidad de aclarar algunos puntos que quizá no quedaron del todo claros.
A raíz de un encuentro que tuve ayer con uno de los colaboradores en esta publicación, Guillermo González, he venido reflexionando sobre lo oportuno de escribir algo relacionado con las oportunidades que estamos desaprovechando los criminólogos para tener la voz cantante en lo que a temas de criminalidad se refiere. Y es que a pesar de todos los recursos de los que disponemos, no hemos sido capaces todavía de tener un peso fuerte en la red como generadores de opinión criminológica. Somos muy pocos los que nos dedicamos a generar contenidos de criminología en la red (La página de Facebook Criminología y Criminalística,que cuenta ya con casi 10.000 seguidores gracias al gran trabajo de dinamización de contenidos, Crimen y Criminólogo o Hablando de Criminología son algunas de las excepciones), y son muchos los que abandonan blogs o webs a las primeras de cambio ante la escasez de visitas que se produce en los momentos iniciales (un grave error, pues hasta que consigues hacerte con un público fiel suelen pasar un mínimo de 6 meses).
A tenor de la última película referente al legendario presidente de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln, resulta interesante desde el punto de vista criminológico revisar aquellos aspectos más relacionados con la muerte del presidente. Especialmente, aquellos aspectos que ponen en evidencia la suerte que tuvieron los conspiradores a la hora de perpetrar el crimen.
En un principio, la trama tenía por objetivo secuestrar al presidente de la Unión para intercambiarlo por prisioneros de guerra secesionistas. Sin embargo, la puesta en escena del secuestro fracasó debido a cambios en la agenda de Lincoln, que lo alejaron del escenario en el que los conspiradores habían planeado abordarle. Ello precipitó un alocado intento de asesinato que se saldaría con la muerte de la mayoría de los conspiradores y la del mismo presidente, muerto éste a manos del ahora infame John Wilkes Booth.
I.- Planteamiento
El pasado día 11 de enero de 2013, se inauguró en la sede de la policía europea (EUROPOL) en La Haya, el Centro Europeo del Cibercrimen (EC3), por sus siglas en inglés, como reacción contra los actos de grupos del crimen organizado que gozan de una "Era de Oro" en la “Red”. El Centro Europeo del Cibercrimen buscará proteger a empresas, administraciones públicas y usurarios frente a los peligros del mundo virtual de internet, que si bien ofrece conocimientos educativos y recursos de todo tipo, también permite que se cometan a través de él actuaciones ilícitas como el fishing -adquirir información confidencial-, el grooming -conocer a menores con fines sexuales-, o el cyber-bullying -acosar a alguien-, etc.




