El Cisne Negro Criminológico

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El Cisne Negro Criminológico Fotografía de Holgi [Pixabay.com]

"Primicia es el primero que lo cuenta bien"

Gabriel García Márquez

La Teoría del Cisne Negro o Teoría de los Eventos del Cisne Negro “es una metáfora que encierra el concepto de que cuando un evento es una sorpresa (para el observador) y tiene un gran impacto, después del hecho, este evento sorpresivo es racionalizado por retrospección” (Taleb, N. N. 2008).

Es nuestra formación criminológica la que hace que inevitablemente tratemos de relacionar esta teoría con nuestro ámbito, y dándole una humilde vuelta a las sabias palabras del libanés, considerando que “evento” puede ser sustituido por crimen, estaríamos hablando de “que cuando un crimen es una sorpresa para el observador y tiene un gran impacto, después del hecho, este crimen sorpresivo es racionalizado por retrospección”.

Esta racionalización nos conduce a establecer una serie de hipótesis que dan un significado a estos sucesos, de tal forma que creemos que podemos predecirlos. Sin embargo, no estamos elaborando sino una construcción ficticia que satisface el vacío que se ha producido en nuestra sensación de inseguridad. Y es que “La lógica del Cisne Negro hace que lo que no sabemos sea más importante que lo que sabemos” (Taleb, N. N. 2008), puesto que lo que conocemos podemos controlarlo, mientras que lo desconocido genera incertidumbre y escapa a nuestro control. Por ello nos preguntamos si es esta una de las razones por la que tantas y tantas veces se presupone la autoría o causalidad de uno de esos crímenes cuando no se tienen evidencias para formular tal afirmación. Otras razones son bien conocidas: intereses de diversa índole, populismo punitivo, presión social y exigencia de respuesta, etc. Recordemos que la inacción, aunque se presente por un periodo breve, suele tomarse por incompetencia. Sirva como ejemplo la inmediatez de la comparecencia del Presidente Hollande ante los medios de comunicación tras los atentados terroristas en Paris: “sabemos quiénes son y de dónde vienen estos terroristas”. ¿Lo sabíamos?

No obstante no hay que ser criminólogo (véase la sátira) para darse cuenta de que existe una relación inversa entre la probabilidad de ocurrencia de ciertos crímenes (asesinos en serie, violadores sádicos, terrorismo…) unida a su elevada peligrosidad, con el impacto tanto social como victimológico que producen. Es decir, a mayor impacto y alarma social, menos probabilidades de que el crimen suceda. O lo que es lo mismo; estos crímenes son una rareza improbable. Nos gustaría hacer entender este aspecto especialmente a los medios de comunicación, para que dando uso de esa diligencia profesional que les caracteriza (ups, ha vuelto a pasar), traten de minimizar algunos de los efectos que estos causan, como el pánico y el caos.

Asimismo, hacer una amable sugerencia a las instituciones de la Administración para que activen una serie de medidas en caso de que estos crímenes ocurran, tales como protocolos de actuación especiales que incluyan puntos de información, oficinas de asistencia a las víctimas, asesoramiento mediante un equipo de profesionales para responder con  políticas criminales adecuadas frente a estos Cisnes Negros, etc.

Cuenta la leyenda que existe un elenco de profesionales que está formado específicamente para manejar estas respuestas de alarma y la consiguiente sensación de pánico que se genera entre los ciudadanos. Se hacen llamar criminólogos. Pero da la sensación de que con tal de no incluir a estos pobres diablos en el desempeño de su propia labor, se cuenta con cualquier otro profesional para realizar sus funciones, de tal manera que el criminólogo no puede demostrar su competencia en la materia.

Esta labor que reivindicamos no está reñida con los intereses del Estado, que bien podría beneficiarse de esta aportación en base al tratamiento criminológico de la información.

Aunque requiera un esfuerzo harto complicado, imaginémonos por un instante una personalidad criminológica tratando estos temas, tales como  la anteriormente citada intervención del presidente francés o el manido caso de Marta del Castillo en los medios de comunicación. Estamos imaginando una respuesta mediática donde impera la razón y la calma que propone una respuesta adecuada al hecho delictivo y que no se deja llevar por intereses electorales o arrebatos pasionales. Esta respuesta sin duda generaría un alto grado de credibilidad. La misma que los políticos españoles pierden toda vez que se posicionan sobre temas de Política Criminal.

Sin embargo, entendemos que dejar hablar a un profesional sobre la materia a la que ha dedicado su formación resulte chocante e incluso arrogante para algunos, pero seríamos capaces de renunciar a este privilegio por el mero hecho de que se nos escuche como asesores. Y que sea el personaje público de turno quien se lleve las medallas.

Algunos dirán que nos encontramos, en este punto, en una suerte de círculo vicioso entre las demandas de la sociedad  y la razón de quien sabe que no es conveniente una inversión de gran magnitud en este campo. ¿No es conveniente pues que alguien nos explique qué es lo que ha ocurrido en realidad? ¿Que alguien desentrañe la génesis del suceso de tal forma que podamos entender dónde y cómo podemos actuar? Ciertamente carece de importancia. Es mucho más importante desencadenar la respuesta retributiva, claro.

Veamos esta referencia al respecto: “… a tenor de los resultados de los numerosos estudios, se muestra que quienes más temen al delito no son generalmente las personas más victimizadas, ni los individuos a los que la sociedad más teme son los que más delinquen, ni tampoco estadísticamente más previsibles los delitos que suscitan más alarma.” (Laguna Hermida, S. 2012)

Estos estudios  lo que nos están diciendo es que aparentemente, el debatido, es un problema sin solución, pues entre la población reina la desinformación (tema en el cual acabamos de incidir) y la irracionalidad al respecto. Pero ¿hasta qué punto es irracional la irracionalidad que nos sugiere que tengamos miedo ante un suceso improbable?

Existe una explicación psicológica para ello, tiene mucho que ver con el conocido como sesgo de saliencia. Echando mano del libro Fundamentos de la Psicología Jurídica, encontramos esta definición sobre el mencionado sesgo: “es el sesgo por el cual se tiende a exagerar la probabilidad de acontecimientos improbables si los recuerdos asociados con ellos son particularmente intensos y por tanto más fáciles de evocar. Por ejemplo, si vemos una casa incendiándose, ello intensifica la creencia de que tales siniestros se reiteran, mucho más que si sólo leyéramos la noticia sobre el incendio en un periódico.” (Ovejero Bernal, A. 2009)

Tiene, este miedo, mucho que ver con la prensa. Las noticias sobre individuos enajenados que cometen actos de violencia tan espectaculares como incomprensibles, aunque poco frecuentes, son muy populares entre los medios de comunicación. Y es esta popularidad muchas veces el origen del mal que causan. No profundizaremos aquí en los fenómenos de Agenda Setting y Framing puesto que otras publicaciones en esta misma revista reflejan mejor la manipulación a la que los medios de comunicación nos tienen sometidos.

La forma en la que se narran estos hechos y la morbosidad en torno a los mismos, así como las diversas especulaciones unidas a la carencia de formación criminológica, hacen que estos periodistas generen estados de alarma y caos. El deseo de mejorar su audiencia y ganar protagonismo les conduce a exagerar los detalles más jugosos de las hipótesis más alocadas. Y es que la información sin contrastar es la principal fuente de desinformación.

Se echa de menos muchas veces la intervención temprana de una autoridad competente, mostrándoles unas pautas de comportamiento que deban seguir a la hora de transmitir la noticia, de tal forma que sólo informen de la verdad y de hechos contrastados, porque muchas veces el código deontológico no parece ser suficiente.

Un pueblo informado es un pueblo con menos miedo, menos paranoia y mejor capacidad de reacción ante la adversidad. Y la llave para informar de forma adecuada es la transmisión del conocimiento, que en ocasiones, unos pocos parecen guardar con celo, temiendo quizá que al compartirlo puedan perderlo.

BIBLIOGRAFÍA

  • Laguna Hermida, Susana (2012). Manual de Victimología. Soluciones.
  • Ovejero, Anastasio (2009). Fundamentos de Psicología Jurídica e Investigación Criminal. Universidad de Salamanca.
  • Taleb, Nassim N. (2008). El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable. Ediciones Paidós Ibérica.
Modificado por última vez en Domingo, 22 Noviembre 2015 11:03