El homo criminis: La cúspide del Ser-Antisocial en la debacle del estado

Valora este artículo
(0 votos)

El hombre desde que nace esta sujeto a su entorno, inicialmente depende de sus progenitores para su supervivencia, a través de su desarrollo va siendo sujetado a las normas que le son impuestas por la cultura en la que se encuentra inmerso y de la cual va integrando su psique para consolidar su personalidad. Esta sujeción le convierte en un ser eminentemente social, fustigado a la subordinación de la fuerza normativa.

Cuando el sujeto busca la liberación de la sumisión normativa, provoca una rebelión intrínseca que se manifiesta al exterior, mediante una conducta que desafía la figura de autoridad que aplica las normas que le sujetan, este acto es legítimo –aunque en vano–, porque después de cierto tiempo sabe que al creerse libre de aquellas ataduras primarias, se da cuenta de que en realidad se encuentra sujeto por normas que ignoraba que existieran, bifurcándose el camino en el ejercicio de su libre albedrio entre: la búsqueda de la adaptación y congruencia con el imperio de la norma que rige su mundo cultural; y por otro lado el rompimiento de los esquemas que le sujetan para seguir paradigmas antisociales de repudio y resentimiento.

Estas posibilidades de elección que acepta abiertamente, ahora le sujetan a pesar de creerse libre. El hombre desde su génesis hasta que fenece, será sujeto de fuerzas que no podrá controlar, lo único que le queda es la sana adaptación que permita su integración productiva a su entorno social, con respeto y apego a la fuerza normativa que le rige, para desde allí proponer y pugnar por nuevos paradigmas nomotéticos en todos los ámbitos de la cultura. Dicha adaptación permitirá al hombre, la negación de trasformación hacia el ser-antisocial y como consecuencia, “apaga” el surgimiento del homo criminis, que inminentemente generaría una estructura orgánica, regida por su propia jerarquía y normas de conducción, al margen del imperio de la norma emanada del poder político.

El Estado ha muerto, por las actividades del homo criminis, sin embargo, siempre existirá la posibilidad de su resurrección, enfrentando los miedos colectivos, para lograr su regreso en un estado de derecho que le permita la tranquilidad y la paz gregaria. La muerte del Estado es provocada por la sofocación que le produce la delincuencia y la indiferencia corrupta del poder político. El hombre se debe ocupar nuevamente de sí mismo -aunque sea de manera temporal-. El poder político esta demostrando que no pueda ocuparse más de los asuntos de los hombres. El sujeto ya no deberá estar de acurdo en seguir siendo lo que están haciendo de él, ya no debe estar dispuesto a la sujeción del miedo y la pasividad indiferente ante el cáncer corruptivo y creciente de la delincuencia. El miedo se ha convertido en un aliado potencial de los actos del homo criminis, que mantiene al hombre sometido, mediante una seguridad aparente.

El homo criminis, se construye así mismo mediante la violencia y el miedo que ésta produce, subyugando al hombre a su voluntad en el rompimiento del imperio de la norma, el homo criminis -incongruente y egocéntrico- acude al fundamento del bienestar de la familia, quebrantando toda posibilidad de vida de las familias que corrompe fácilmente por la inestabilidad funcional en la que se encuentran, reclutando adeptos “cómodamente”; así también, mediante el aniquilamiento estrepitoso de su tranquilidad y seguridad, manteniendo a estas familias en estados de agonía constante.

Los actos lesivos del homo criminis provocan por su sofocamiento social, el surgimiento de un estado de violencia, que se ve “justificada” por la supervivencia y conservación social en el estado de derecho, la violencia se viene a convertir en una catarsis social que deviene en una renovación y resurgimiento del Estado, desde el caos de su destrucción. Llevándole inexorablemente hacia la búsqueda de la estabilidad social, la cual no se debió perder como consecuencia del letargo del poder político que se mostró cobardemente corruptible, por los miembros que le integran, ocupándose sólo de sí mismos, dejando de atender los asuntos de los demás –que es la esencia de la verdadera política–, y no sólo la lucha del poder, por encima de la voluntad de la sociedad.

La barbarie es campo fértil del homo criminis, que al no encontrar “adeptos voluntarios”, emplea la amenaza sobre el hombre para obligarle a realizar actos que de ninguna manera realizaría en circunstancias diferentes, es decir, la constitución psíquica axiológica del hombre le restringe hacia la realización de actos ilícitos. Sin embargo, la barbarie que muestra el homo criminis para obligarle mediante tortura física y psicológica, -incluyendo el aniquilamiento vital de los que se niegan rotundamente-, se ha vuelto cada vez más constante.

El caos del Estado resulta conveniente para el homo criminis, (al referir al Estado incluye la sociedad, el poder político, con todas sus instituciones: civiles, religiosas de gobierno y demás); en estas circunstancias podemos aseverar la trágica muerte en el sentido de que el centro de conocimiento, ya no es el hombre como se tenía anteriormente, (siendo el hombre el centro de todo dominando la realidad); lo cual ha traído como consecuencia que el hombre se convierta en un ser cosificado por el ser-antisocial, más que nunca en toda la historia de la humanidad.

De ahí que el hombre debe resucitar volviéndose nuevamente el centro, para lograr que su nacimiento y desarrollo psíquico, se encuentren en primer plano, para que de manera centrifuga, se atiendan todos los entes que se encuentran en la parte extrínseca del hombre, es decir, que el hombre primero se debe ocupar de su parte intangible, para estar en condiciones de atender y desarrollar el mundo cósico tangible que le rodea, y no a la inversa.

El homo criminis esta entregado al ejercicio de sus instintos, manteniendo al Estado en debacle, porque además la actividad del homo criminis, no se limita por litorales fronterizos, esto lo convierte en un ser-antisocial en su nivel más alto, desafiando la existencia del Estado de origen y los periféricos, existiendo mediante una compleja red con el elemento característico de organización jerárquica, traduciéndose esto en la subordinación del homo criminis  al homo criminis, al ser-antisocial y al hombre.

Modificado por última vez en Martes, 13 Noviembre 2012 11:45
Agustin Salgado

Licenciado en Derecho con Estudios en Psicología Educativa