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Son las drogas, son las armas, es la muerte…

Un niño en Chihuahua inhala solventes, la droga de los pobres. Mientras en los picaderos de Tijuana algunos cuantos se clavan agujas para inyectarse la vida.

En las calles de New York un joven fuma crack, vive entre el humo de la irrealidad. No muy lejos de ahí un universitario consume psicotrópicos (cristal, drogas sintéticas, aleaciones farmacéuticas de un mercado de primer mundo) en un rave; hay que sentirse vivo.  

Jóvenes afganos, invadidos, subsisten con la heroína, ya sea como negocio, ya sea como fuga de la realidad. De Afganistán a Sinaloa, la adormidera es negocio rentable.

Cocaína colombiana y marihuana mexicana son embarcadas en aviones comerciales: Colombia-México-Ámsterdam, Perú-México-España, rutas benditas para los yonkis.

Impaciencia ante la espera de una línea de coca, dar “el golpe” al porro, fumarse el basuco, hacerse un primo (cigarro de cocaína y marihuana), flipar.

En la frontera norteamericana se venden armas como dulces o Ipods, extensiones ficticias de manos asesinas, la hipermodernidad y sus falsas edificaciones de la seguridad.

En Sudán niños disparan contra grupos rebeldes, bang, bang, de metralla, contra el enemigo racial. Acortar la vida, ser cadáver andante, morir de bala antes que morir de hambre.

Un adolescente sudaca se encomienda a la “Virgen de los sicarios”, sicario, ese es el término usado, a la par que su compañero de profesión mexicano, sí, ambos maquiladores de la muerte, le reza a su Santa Muerte.

En Cisjordania un niño Palestino lanza piedras contra un soldado-niño Israelita, ambos se odian, pero no saben porqué.

En esa globalidad de drogas, armas, muerte, quedan cruzados unos cuantos, los niños-adolescentes.

Amarrados a lógicas incomprensibles, divagan en el sinsentido de la vida, de la muerte. Alimentando a las grandes industrias capitalistas: las armas, la droga, la seguridad-inseguridad, la muerte…

Son los vejados entre los vejados, no los únicos, pero si los más nítidos.

Cuando escribo esto estadísticas informan que América Latina es la parte del mundo donde la mayor cantidad de homicidios son cometidos por adolescentes (edades de entre 15 a los 25 años), a la par que son quienes en mayor proporción son asesinados.

Camino por la calle y veo a niños corriendo, enciendo el televisor y observo los parámetros extraviados en torno a la identidad de los jóvenes.

No se equivoca Eduardo Galeano cuando dice que: “a los niños ricos se les trata como dinero, a los pobres como basura y a los de en medio los tienen agarrados a la pata del televisor”.

Jóvenes protestando en la puerta del Sol, mientras en Chile reprimen a los estudiantes, acá en México, un niño, como de ocho años, limpia parabrisas de autos, no tiene para comer, no puede jugar, tiene que trabajar para subsistir.

“La crisis mundial”. “Victimas inobjetables de la fractura de la modernidad y su castillo de ilusiones”. “El naufragio del porvenir”. “Vidas líquidas”. “Los estragos del capitalismo”. “Parias sociales”.

Como sea.

Son las armas, es la droga, es la muerte: Destino nítido de una juventud naufragante y un poder aberrante.

No queda más que citar a Eduardo Galeano: “De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro”.

Modificado por última vez en Domingo, 16 Septiembre 2012 08:19
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