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Construcciones (falsas) en torno a la peligrosidad

Los medios lo anunciaban con bombo y platillo, uno de los mayores capos mexicanos caía.

Heriberto Lazcano, mejor conocido como El Lazca, habría sido abatido por Marinos, sí, militares que resguardan nuestra seguridad, como una buena cuasidictadura.

Este capo, jefe de un “grupo criminal” denominado los Zetas, “los de la última letra” (como también les dicen), porque después de la zeta no hay nada, cayó abatido por las balas de la “justicia”.

El gobierno, la Organización de Estados Americanos (OEA), la DEA, se congraciaban con la noticia: un capo más eliminado.

Mientras ese gerente regional del negocio de la droga era abatido, su reemplazo ya estaba listo. Alguien igual de sanguinario es cabeza de ese grupo ahora.

Los medios, artífices de la mentira, reproducían hasta el cansancio imágenes del asesinado, las pifias del gobierno hacían suponer que el cuerpo no era el del capo, que existió un pacto para simular su muerte y permitir su desaparición del negocio. En este país, el surrealismo de Dalí y Miró no alcanza.

La sociedad, como cliente cautivo del baño de sangre, sentía que fue justo su destino: “el que a hierro mata a hierro muere”. Justicia poética la de la muerte de un verdugo; de facto, la venganza privada.

Realidad que se reproduce de forma reiterada. Capos, jóvenes delincuentes asesinados, ladrones de poca monta linchados. Mientras la sociedad aplaude estos eventos.

¿Por qué lo hacen?

Creo de forma clara que las nociones que se tienen de peligrosidad impactan contundentemente.

El sujeto peligroso es la edificación ficticia del derecho y la normalización sanitaria generada por la biocracia.

Sujetos atrapados entre Lombroso y Jakobs, para dar origen al sándwich de la peligrosidad.

Narcos (narcotraficantes), terroristas, narcoterroristas, independentistas, disidentes, delincuentes, son el objeto de atención del biopoder.

Son las manzanas podridas que deben ser extirpadas de los sistemas funcionales

El asesino de fusil es más nocivo que el asesino de misil, como plantea Eduardo Galeano.

En las esferas del poder, donde se generan las concepciones sobre la peligrosidad, de un plumazo se eximen de esa etiqueta.

Sean delincuentes de cuello blanco, funcionarios corruptos, empresarios deshonestos, nunca se verán como sujetos peligrosos. Aunque en el fondo encarnen el verdadero peligro.

Capos caen, capos llegan, pero nunca caen sus socios en el poder.

Los sujetos peligrosos son aquellos que cualifican qué es el peligro, los que diferencian de forma política, los que edifican desde las trincheras del prejuicio la diferencia.

Construyen ficciones del otro, crean enemigos difusos, legitiman su actuar pulsional.

Se congratulan haciendo construcciones falsas en torno a la peligrosidad, la nocividad, lo dañino, saben de esa farsa y no les importa.

En esta lógica ¿Quién es el peligroso? ¿Qué es más peligroso, el producto o el productor?

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