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Las cárceles que no existen

Un banquero desfonda un banco, mientras los clientes sufren la perdida, aquél es recompensado con un bono. Celebra tomando margaritas en las costas de la Riviera Maya.  

Un empresario trafica con armas ilegalmente ¿qué es legal en ese negocio? Su hijo se pasea en autos de lujo con su esposa súper modelo, en el asiento de atrás su nieto viaja feliz, es un abuelo consentidor.

Ese mismo día “ejecutan” a un montón de jóvenes, con armas, muy similares a las que aquél comercia, todo por dinero, como el que lava su mejor amigo, un banquero que es accionista de una empresa televisiva, la cual critica la violencia día a día, a la vez que la reproduce sin empacho en sus programas, la difumina con comedias ligeras, mismas en las que actúa el hijo del traficante de armas.

El ex-gobernador guarda silencio ante la fiesta suntuosa de su hijo, el muchacho, júnior, ni estudia ni trabaja (nini), es un parado, un desempleado, por voluntad propia, vive de lo que su padre robó. Festeja su cumpleaños imitando a la película Proyecto X; champagne, mujeres esculturales, millones en una fantasía.

El ex-presidente se siente preocupado, sus hijos perdieron el negocio de la basura. Los servicios públicos un día pasaron a ser privados, entonces lo que todos desechaban, aquellos lo administraban, pasaron de la basura política a la basura real. Los contratos fueron cuestión de amigos.

El Rey, “ejemplo” para el pueblo, mataba elefantes gustosamente. Se fotografiaba con sus presas. Animales a la carta, gustos perversos, que se financiaban con dinero del erario. Copia muy similar a la de un salvaje dictador africano incrustado en la realeza europea.

Durante años el sujeto vivió inmerso en la mafia, su labor, aunque menor, le sirvió para develar las conexiones legales e ilegales de la camorra napolitana.

Dio nombres, señaló personas, sin embargo, no pasó nada. Vive amenazado, huye para no ser asesinado, la diáspora fue su sino, y a quienes denunció siguen libres, actúan como si nada hubiera sucedido. Viven parsimoniosamente.

Por su lado, ella, develó la protección política a las grandes mafias que explotan niñas y mujeres. Nombró a los políticos encubridores, se indignó con su moralina. Su castigo por denunciar: ser detenida y amenazada de muerte. El castigo para ellos: ser funcionarios con fuero.

Cuando uno entra en una prisión y ve el mundo del encierro, nunca encuentra a gente con poder, sea económico o político, porque las cárceles no fueron hechas para ellos.

Los sistemas de impartición y administración de justicia se avocan a simular el combate a la delincuencia. Llenan cárceles de delincuentes de poca monta, de peces pequeños. Combaten los efectos, no las causas.

El poder que señala y castiga, se exime de su lógica, ya que para ellos impera el mundo de la impunidad.

Condenan abajo lo que aplauden arriba, como dice Eduardo Galeano.

Se abrazan a una falsa causa, aquella a la que llaman justicia.

Las prisiones hacinadas, esas que son un mismo infierno, guardan en su interior sujetos que por mucho menos deben pasar la vida entera en el encierro, porque el poder así lo decidió.

Ellos, los que crearon las reglas, son los que siempre las rompen. Juegan un juego en el que acomodan las cosas a modo. Legislan sus intereses, castigan lo que causaron.

Viven una penosa tautología, esa de la serpiente que se muerde la cola.

Inmersos en el castigo ficticio, penalizan hechos menores, para el control social, mientras los hechos mayores los inscriben en el código civil; cuestión de particulares.

Para esos hombres no existen prisiones, no existe ni la más mínima posibilidad de castigo. De vez en cuando cae uno que otro, pero el resto se ufana afuera.

Desprotegidos del manto protector del poder y sus testaferros. Como en el ajedrez, se deben sacrificar piezas para ganar posiciones.

Se sienten prohombres, empresarios, sujetos astutos que mostraron empeño para alcanzar lo que tienen. Nada más falso.

Son criminales que escudados en la falsa moral negocian, a la vez que controlan, con los más deleznables estamentos.

Las cárceles, las prisiones, no son hechas para el poder. Esas “instituciones” son tumbas de cemento que guardan en su interior a los desclasados, pulsionales, canallas, de siempre.

Sin embargo, son sombras tenues de lo que implica el verdadero “mal”, ese que anda de traje, cena en restaurantes de lujo y vive en casas hipervigiladas.

Pero no importará, porque hagan lo que hagan andarán libres.

Para esos hombres la cárcel es una broma, no hay tal, ese lugar no existe para ellos…

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