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La aldea criminal

Lo más normal que te puedes encontrar viendo el documental vespertino de La 2 es, por ejemplo, la representación de una familia africana en sus quehaceres dentro de su choza.

La otra pecera

NOVELIZACIÓN DEL INFORME DE TRV

Debe hacer un frío terrible ahí fuera,  pero aquí, en la cabina de peaje se está bien. Yo diría que muy bien, el calefactor eléctrico encendido, mi cuaderno de canciones, está noche hice mi mejor letra, voy mejorando, la voz de la radio que me acompaña, la foto de mi madre en el cristal. Mi madre, siempre ella.

Esta autopista es una ruina, apenas han pasado en toda la noche 4 o 5 coches. Ahora mismo debo ser el único ser vivo en 15 Kilómetros a la redonda, la única bombilla encendida bajo esta noche invernal, a mí me da igual, pero a la compañía de peaje no creo que le estén saliendo muy bien los números desde que la inauguraron, hace ya 5 años, antes de la crisis.

Pero soy feliz, no he tenido fácil el llegar aquí y eso me enorgullece. Comencé mi vida con muchas piedras, demasiadas. La muerte de mi padre con 9 añitos, la enfermedad de mi sufrida madre, la vida de chico en Su Eminencia, las putas drogas. Y sí, he robado, he sido violento, he hecho cosas que ahora, desde mi pecera, las visiono como si fuera una película cuyo protagonista fuera otro, un chaval dando tumbos de una acera a otra, un animal desbocado cuyo único destino escrito fuera el dejarse arrastrar por el sumidero, hasta caer como un fardo en la prisión.

Aún recuerdo con dolor, porque sangra la herida, algunos episodios de esa película, empezando por aquella rueda de reconocimiento infame, la detención brutal, las amenazas hacia mi madre, el miedo, el pensar “ahora sí que la he cagado”. Sí, aún hay heridas, demasiados días de más en la prisión por todo aquello, mucho odio acumulado desde el catre de mi celda, y que ahora tengo que ir despresurizando poco a poco, como quien deja de mover los posos de café y se detiene a ver cómo van cayendo… muchas veces pienso en qué haré el día en que me encuentre con aquel agente, porque sé que ese día llegará, y no me conozco tanto como para saber cómo reaccionaré…

Y sin embargo, y a pesar de ello, soy feliz porque pude y supe escapar de todo aquello. Ahora puedo saborear cada momento de esta mierda de trabajo en el que estoy, porque soy yo el que ha decido estar aquí, en este páramo helado al que todos mis compañeros de trabajo objetan difusas excusas a la hora de venir, sobre todo en turnos de noche.

Ahora por ejemplo me voy a hacer un cafelito, porque sí, porque me lo merezco… bueno, precisamente ahora no, que viene un coche…

Abrí la ventanilla de mi pecera y noté cómo el frío la inundaba, el conductor bajó la ventanilla del coche y sin mirarme, me dio el ticket y unas monedas. Entonces le reconocí, iba sin el uniforme, pero no había duda: era él.

El día había llegado, mi cuerpo se tensó y mis manos al coger el ticket temblaron de los nervios como nunca antes lo habían hecho. Cerré la ventanilla no quería aquel frío en mi pecera. Mi mente comenzó a procesar demasiada información, demasiadas emociones demasiados odios.

Me volví a mirar desde el cristal empañado la cara anodina del conductor, busqué en él un gesto suyo que me motivara a saltar sobre él, cualquier mueca de desdén que me hiciera,  algo que me justificase para saltar a su yugular. Miré también la cara de la mujer que dormía en el asiento del copiloto, y los ojos de mi madre mirándome desde la foto del cristal parecían más reales, distintos, más abiertos… Al mismo tiempo mis manos buscaban en la caja unos céntimos con los que darle el cambio. Abrí de nuevo la ventanilla, ese frío, y alargué mis manos con la vuelta pero, con los nervios, las monedas cayeron al asfalto. Fue entonces cuando cruzamos miradas. La suya era una mirada de cansancio, de jornada larga y de ganas de llegar a casa. Con cierto desdén me dijo “Ale, bote” y con un breve movimiento de cabeza me hizo un gesto para que le abriera la barrera. No me reconoció –ese cabronazo se había olvidado de mí. Pensé en cuántas veces y durante cuántos años habría asustado a tantos chicos como yo. Habría perdido la cuenta de sus víctimas. El que no me reconociera me indignó aún más pero había de reconocer que no era ese un gesto precisamente provocador. Como un resorte volví a mirar la foto de mi madre, esta vez su mirada ya atravesaba el cristal del cuadro y sus pupilas se clavaron en las mías y, en ese preciso instante en  que ella me miraba, pude oírla no sé si en mi mente o en mi corazón, me dijo: no pasa nada déjale.

Pulsé el botón y la barrera se levantó. Me incorporé en mi silla y limpié rápidamente con mi puño el cristal empañado para ver cómo se alejaban en la oscuridad las luces rojas del coche hasta que desaparecieron.

Entonces me senté de nuevo, con todo el peso de mi cuerpo y de mi alma y sentí cómo ahora sí, por fin, me sentía completa y aliviadamente feliz.

INFORME CRIMINOLÓGICO DE TRV

Datos penales obrantes en su expediente penitenciario:

Cumple una condena total de 9 años, 9 meses y 15 días.

La primera se debe a una falta de hurto, en la que se le condena a un mes de multa, que equivale a 15 días de responsabilidad personal subsidiaria en el caso de no pagarla.

Los hechos probados refieren que el interno le pide un teléfono a un chico de 16 años para hacer una llamada, y cuando éste se despista el interno se va corriendo.

En la segunda se le condena a 5 años y 15 meses por delitos de resistencia a la autoridad,  robo con violencia y robo con intimidación y uso de armas, que son juzgados conjuntamente. El día 17 de Julio de 2010 da un tirón de una cadena que la víctima llevaba en el cuello valorada en 650 Euros. El día 5 de Mayo de 2010, otro tirón, intimidando a la víctima con una navaja de oro de 300 euros. En día 11 de Agosto 2010 es finalmente detenido por la policía resistiéndose.

En la tercera causa le condenan a 3 años y 6 meses por un delito de robo con intimidación y uso de armas. El interno se acercó a 2 personas con un objeto punzante y les dijo que le entregasen todo lo que llevaban de valor. Se hizo con 5 euros y un móvil valorado en 179 Euros.

En todas las causas se le aplica la atenuante de drogadicción del art. 21.2 del Código Penal.

No es posible aplicar una acumulación de condenas.

Datos de la entrevista con el interno:

TRV cumple una condena de 10 años aproximadamente y lleva cumplida la mitad de ésta. Los delitos por los que cumple son dos faltas de hurto, un delito de robo con violencia e intimidación y un delito de atentado contra la autoridad. En el robo con violencia, la sentencia recoje en los hechos probados que fueron cometidos con una navaja, cosa que el interno niega.

El interno vivía en el barrio de Su Eminencia, en Sevilla, conocido por ser un barrio conflictivo, donde el consumo de droga es algo normal. A los 9 años de edad muere su padre, que lo considera como un posible gran apoyo, y poco después comienza a enfermar la madre.

El interno reconoce los delitos, excepto lo dicho anteriormente, y reconoce  que se resistió a los agentes peleando con ellos, y comenta que volvería a resistirse porque considera que los agentes  se excedieron  y también le golpearon y lesionaron, tanto en el momento de la detención como posteriormente en la comisaria. Además, recoge que en la rueda de reconocimiento, los agentes indujeron la duda en las víctimas a la hora de reconocerlo. Esto, según el interno, no lo denuncia a la hora de ser juzgado por las amenazas que los agentes le hicieron sobre su madre enferma.

Comenta el interno que anteriormente estuvo en un Centro de Menores durante un año, por delitos cometidos por un familiar lejano que daba su nombre al ser detenido. Él  solo reconoce que lo ayudaba a veces a huir en moto. Durante el tiempo ingresado en el Centro de Menores consiguió obtener el graduado escolar.

Cuando sale del Centro es cuando comienza a probar la droga, comenzando con el consumo de cocaína a la edad de 19 años. El interno comenta que los delitos los comete en 2 meses, y la motivación que lo llevaba a cometer el delito era poder recuperar el dinero que le daba  su madre, que lo gastaba en la droga que consumía, para que esta no sospechara que consumía.

El interno está arrepentido de los delitos cometidos y se disculparía con las víctimas, por cualquier medio, aunque no se disculparía con los agentes a los que lesionó y que le causaron el daño. Además, está realizando los trámites pertinentes para ir abonando la responsabilidad civil que consta en las sentencias.

Durante su paso en prisión, el interno lo ha aprovechado para sacarse varios cursos que le pueden ayudar a su futura vida. En estos momentos está trabajando, y espera que pronto pueda cambiar de módulo, para poder estar más tranquilo. Considera la condena injusta y excesiva.

Cuando salga en libertad, le gustaría pasar mucho tiempo con su madre, que es la más fuerte motivación que tiene y encontrar un trabajo cosa que ve difícil. En prisión  se dedica a escribir letras de canciones y le gustaría en un futuro vivir de eso. También  quiere, al salir de permisos, solicitar protección judicial contra los policías que lo detuvieron, porque piensa que estos pueden volver a buscarlo.

Espiral

Conocí a Carlo en el bar en el que trabajaba su novia. Bajo el manto de murmullos que conformaban las conversaciones del resto de parroquianos (el bar estaba a rebosar, pero todo el mundo charlaba en voz baja, como si estuvieran en un museo), le conté a Carlo algo de mí. Él, a cambio, me contó algo de sí. Nacido en Florencia, pasó una infancia algo delicada debido a su situación familiar. No hablamos de una familia desestructurada al uso, sino de un historial de maltrato que aun hoy, a sus veintitantos años, le pesa. Previsor y prudente, Carlo se pasó toda su adolescencia ahorrando cuanto se le diera, y en cuando llegó el momento, preparó su estancia en Milán, al lado de la universidad a la que deseaba acceder.   Actualmente vive en una pequeña ciudad cerca de Milán, trabajando a media jornada en un restaurante cuya especialidad aborrezco (los percebes), pero en breve presentará la carta de dimisión para empezar a trabajar en otra parte.

El chino

Dos jóvenes policías prestaban servicio ese mes en turno de noche. Era el sueño de cualquier defensor de la ley, hacer realidad sus imaginaciones, detener ladrones, conductores borrachos, atender homicidios, agresiones... un largo etcétera de intervenciones que ellos sabían que se iban a producir por la noche. Y es que cuando el sol descansa hay un sexto sentido que comienza a trabajar, por la noche se ven cosas que por el día sería muy difícil apreciar.

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