Desde que se empezó a intentar dar una explicación científica (y no únicamente basada en conceptos morales y creencias religiosas) a la conducta delictiva de las mujeres el ciclo menstrual siempre ha sido un discurso recurrente entre los estudiosos, convirtiéndose en referente histórico de la literatura sobre este tema, tal es su influencia que se llega atribuir a la crisis catamenial el factor causativo de la delincuencia en la mujer.

Siguiendo la senda de Lombroso y Ferrero otros estudiosos intentaron explicar la delincuencia femenina amparándose en el método científico de la escuela positivista, continuaron fomentando ideas machistas y estereotipadas que falseaban la realidad hasta ajustarla a la visión predominante de la época a fin de recluir a la mujer que osaba a romper los cánones establecidos en cárceles u hospitales psiquiátricos, y siempre bajo la supervisión de los hombres que decidían cómo debía ser una buena mujer perfectamente integrada en “su” sociedad.

Dentro del pensamiento ilustrado surge el primer intento de explicación científica de la criminalidad femenina. Estos autores siguen la escuela positivista que concibe el delito como un hecho de la naturaleza y que como tal debe ser estudiado, niegan el “libre albedrío” al considerar que hay una serie de circunstancias físicas o sociales, intrínsecas y extrínsecas que encaminan al hombre a delinquir, lo que le hace responsable socialmente de sus actos por el simple hecho de vivir en sociedad.

Se caracterizan por utilizar el método científico inductivo-experimental a través del cual observan a las mujeres no delincuentes, a las prostitutas y a las delincuentes, conformando una tipología criminal basada en características orgánicas, psíquicas, hereditarias o adquiridas y estructuran una teoría que explica el porqué la mujer llega o no al delito.