Después de que la delincuencia fuera explicada única y exclusivamente desde el punto de vista biológico, se dio una vuelta de tuerca al enfoque criminalístico añadiendo la perspectiva de la tradición liberal.

Este nuevo enfoque liberalista se caracteriza por la individualización de los conflictos sociales, lo que lleva a proponer como solución al problema del delito la existencia de un tratamiento, de esta manera se comienza a percibir al delincuente como un ser enfermo, centrando la esencia de las infracciones no en la sociedad sino en el propio individuo.

Dentro de las teorías biologicistas surgieron, como no, autores que intentaron explicar por qué la mujer delinque desde un punto de vista psicológico, es decir, buscaron la causa de la delincuencia femenina en los posibles y perentorios problemas mentales que aquejaban a las mujeres.

Tenemos así dos corrientes de pensamiento: las explicaciones psicoanalíticas y las explicaciones psiquiátricas.

Desde que se empezó a intentar dar una explicación científica (y no únicamente basada en conceptos morales y creencias religiosas) a la conducta delictiva de las mujeres el ciclo menstrual siempre ha sido un discurso recurrente entre los estudiosos, convirtiéndose en referente histórico de la literatura sobre este tema, tal es su influencia que se llega atribuir a la crisis catamenial el factor causativo de la delincuencia en la mujer.

Siguiendo la senda de Lombroso y Ferrero otros estudiosos intentaron explicar la delincuencia femenina amparándose en el método científico de la escuela positivista, continuaron fomentando ideas machistas y estereotipadas que falseaban la realidad hasta ajustarla a la visión predominante de la época a fin de recluir a la mujer que osaba a romper los cánones establecidos en cárceles u hospitales psiquiátricos, y siempre bajo la supervisión de los hombres que decidían cómo debía ser una buena mujer perfectamente integrada en “su” sociedad.

Dentro del pensamiento ilustrado surge el primer intento de explicación científica de la criminalidad femenina. Estos autores siguen la escuela positivista que concibe el delito como un hecho de la naturaleza y que como tal debe ser estudiado, niegan el “libre albedrío” al considerar que hay una serie de circunstancias físicas o sociales, intrínsecas y extrínsecas que encaminan al hombre a delinquir, lo que le hace responsable socialmente de sus actos por el simple hecho de vivir en sociedad.

Se caracterizan por utilizar el método científico inductivo-experimental a través del cual observan a las mujeres no delincuentes, a las prostitutas y a las delincuentes, conformando una tipología criminal basada en características orgánicas, psíquicas, hereditarias o adquiridas y estructuran una teoría que explica el porqué la mujer llega o no al delito.

Durante muchos siglos las mujeres que cometían delitos eran descritas como seres perversos, inmorales e incluso poseídos por fuerzas demoníacas,ante este perfil que se dibujaba la sociedad pedía una intervención para acabar con esta situación de inseguridad y más vigilancia sobre las actividades y actitudes de las mujeres, el estado reaccionó creando toda clase de cárceles, dependencias e instituciones donde recluir a todas las mujeres que se salían del rol establecido, pues en estos centros no sólo se recluía a aquellas mujeres que habían cometido un delito de acuerdo con la ley penal vigente sino también a aquellas que desafiaban el control moral y patriarcal impuesto en la sociedad.

Mujeres que inflingen las leyes imperantes en cada época histórica siempre ha habido pero nunca se intentaron entender y explicar las razones por las que estas mujeres llegaban a cometer delitos, se las catalogaba bien como débiles mentales bien como seres diabólicos sin moral, justificando así la tutela completa de la mujer por parte de los hombres de su familia (padres, hermanos, esposos...).

Algunos autores rechazan la validez y utilidad del concepto de ‘psicópata’. Gunn (1998) resume la postura más común entre aquéllos, y una que nos interesa especialmente, ya que pone de relieve las implicaciones que esta categoría tiene para el tratamiento.

La evidente exclusión de la mujer de la esfera pública y las funciones sociales que le son asignadas ha dejado su huella por omisión en una lamentable ausencia de estudios que sirvan como referencia a un análisis histórico de su comportamiento criminal, quedando éste condicionado por una doble posición social, como mujer y como delincuente, una marginación específica dentro de otra genérica.

Hay un precepto en el Código Penal de 1995 de una enorme importancia  que es desconocido por la mayoría de los ciudadanos y que no ha sido puesto en práctica hasta ahora sencillamente porque el legislador no ha querido, porque lleva dieciseis años ignorándolo a propósito. Es el artículo 69 que dice textualmente: "Al mayor de dieciocho años y menor de veintiuno que cometa un hecho delictivo podrán aplicársele las disposiciones que regule la responsabilidad penal del menor en los casos y con los requisitos que ésta disponga".