Es evidente que todos los países del mundo encierran en su interior corrupción y delincuencia. Los estados totalitarios no lo reconocen, mientras que los democráticos lo asumen e intentan reducirlo hasta niveles razonables; sin embargo las cotas en México han dejado de ser tolerables.

Hay una percepción extendida entre la población en general, en parte también entre profesionales y estudiantes del campo de la criminología, de que las estadísticas mienten.

A veces, esta percepción se dirige hacia la estadística como tal, como en el ejemplo de los pollos (“si yo tengo dos pollos y tú ninguno, la estadística miente al decir que tenemos un pollo cada uno”). Pero la estadística permite identificar no solo los valores intermedios (saldría a pollo por cabeza, lo que no quiere decir que sea así), sino también cómo se reparten (si todos tienen el mismo número de pollos o son unos pocos los que los tienen todos), su relación con otros factores (si los que acaparan pollos son, por ejemplo, los mismos que acaparan otras cosas) y su evolución a lo largo del tiempo (qué pasa con los pollitos que van naciendo). La estadística no miente: es un instrumento sistemático para fundamentar afirmaciones basándose en la medición de la realidad.

La tecnología se define como el conjunto de habilidades, saberes, o destrezas utilizadas por medio de objetos artificiales para llegar a un fin determinado; Pero en el campo de la seguridad, ¿Cuál es ese fin? Parece obvio que reducir la delincuencia, sin embargo su invención no siempre ha estado ligada a este fin.


Desde los comienzos de la historia el ser humano ha buscado atravesar los impedimentos del desconocimiento y esto ha dado lugar a hitos tecnológicos básicos, pero imprescindibles para el posterior progreso, como la rueda, la metalurgia, etc.

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