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La demanda de más dureza y menos derechos en el seno del sistema penitenciario es una realidad social. El populismo punitivo tiene un poder de presencia enorme en la sociedad civil, aun cuando ésta desconoce la realidad carcelaria.

Desde hace tiempo se ha prestado una importante atención al delincuente: Sus motivaciones, su riesgo de reincidencia (anteriormente la mal llamada peligrosidad) y sus mayores o menores posibilidades de reinsertarse en la sociedad. Por lo general, los medios de comunicación y los intereses políticos aventan la manida frase “la reinserción social es un fracaso”, en un asombroso ejercicio de ignorancia (por desconocer), gandulería (por no esforzarse en contrastar datos) y cinismo (por no querer contrastar datos), cuyo resultado es, por una parte, el minado de la confianza en todos aquellos trabajadores del sistema penitenciario y, por otra, la expansión y alteración del Código Penal. Un Código Penal (el español) que, de poder hablar, pediría que dejaran de reformarlo cada dos por tres.

    El 22 de julio de 2011 será una fecha que jamás se olvidará en los anales del crimen. Ese día, Anders Breivik, un joven de 32 años de edad y natural de Noruega, asesinó a 77 personas en dos actos y dos escenarios bien diferenciados. Ocho murieron en el centro de Oslo, víctimas de una bomba, los 69 restantes a tiros en la isla de Utoya.

    Quién es realmente esta persona y por qué actuó a como lo hizo, se preguntan los miembros del juicio que se inició el pasado 16 de abril y que pretende esclarecer todas las circunstancias que rodean a la masacre. Hasta el momento la disquisición principal se ha centrado en intentar averiguar si el acusado está loco o no. El primer informe psiquiátrico aseguraba que Breivick no estaba en plena posesión de sus facultades mentales, mientras que el segundo informe afirmaba lo contrario.

Antes de que la policía noruega detuviera a Anders Bering Breivik –autor confeso de la masacre de más de 70 personas en Oslo y la isla de Utøya, el 22 de julio de 2011– mientras la información era todavía algo confusa, una noticia de alcance del diario The New York Times atribuyó la autoría del coche bomba que estalló en el centro administrativo de la capital noruega a la desconocida organización islamista Ansar al-Jihad al-Alami que, al parecer, lo habría reivindicado mediante un comunicado. Aquel titular, procedente de los Estados Unidos, corrió como la pólvora y se coló en todos los informativos.

En un artículo publicado en este diario el pasado 18 de junio, titulado “Mentiras y verdades sobre los menores delincuentes”, apuntaba la necesidad de reformar algunos aspectos de la ley reguladora de la responsabilidad penal del menor, la popularmente conocida como ley del menor.

Entre los contenidos a reformar citaba expresamente el artículo 11, que regula el tratamiento en los casos de pluralidad de infracciones.