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Dédalo e Hijo: Etiología del maltrato en los deportes de élite
Fotografía de Pixabay.com

Dédalo e Hijo: Etiología del maltrato en los deportes de élite

RESUMEN

Los grandes protagonistas de los eventos deportivos de más alto nivel fueron una vez pequeños. Su génesis es una infancia y adolescencia de esfuerzo y sacrificio, a menudo especiada con secundarios de lujo en la forma de padres y madres entregadas y entrenadores que jamás tiran la toalla. Pero, a veces, el camino hacia la excelencia deportiva se traza con presión, abusos y maltrato, convirtiendo al niño atleta en un mero instrumento para el éxito. El presente artículo raspará la superficie del lado oscuro de la formación deportiva infantojuvenil, repasando sus efectos perniciosos a nivel psicológico y de desarrollo, y denunciando aquellos escenarios en los que, rehenes de una cultura de la competición y faltos de formación específica, progenitores y entrenadores convierten el mayor placer de sus hijos y alumnos en un infierno.

PALABRAS CLAVE

abuso, atleta, deporte, maltrato, niño, progenitor

INTRODUCCIÓN

Dédalo, arquitecto del laberinto del Minotauro, estaba preso en la ciudad de Creta por orden del rey Minos. En su ambición por escapar, el artesano diseñó unas alas gigantes hechas con plumas de ave y cera para él y su hijo Ícaro. Una vez creadas, advirtió a Ícaro que debía volar a media altura, ni muy cerca del mar, ni muy cerca del cielo. Padre e hijo alzaron el vuelo y escaparon de su cautiverio. Ícaro, embelesado por la experiencia de volar como hacen las aves y los dioses, desoyó los consejos de su padre y agitó las alas con ahínco en dirección al cielo azul. El calor del Sol derritió la cera que sujetaba las plumas del invento, e Ícaro se precipitó al mar.

En el mito griego, el joven Ícaro paga con creces su ambición e irresponsabilidad al forzar los límites señalados por su padre. La comparación con el tema de este artículo no debe hacerse literal. Los menores atletas, Ícaros que alcanzan el cielo, suelen conformarse con la práctica de su deporte preferido; los progenitores y entrenadores, ven el potencial en los niños, y se afanan en fabricar las alas que les permitan llegar a lo más alto. Alas que, con un poco de suerte, serán lo suficientemente grandes como para llevarles también a ellos a la gloria.

La percepción del deporte como un noble arte viene de lejos. Platón sentó las bases de una sociedad ideal en el que la educación física es un pilar educativo (García, 2015), indisoluble de la formación intelectual. Esa concepción positiva del deporte y del ejercicio físico en la juventud sigue vigente; en los Estados Unidos hay más de sesenta millones de ciudadanos de entre seis y dieciocho años practicando algún tipo de deporte (Yesu & Harwood, 2015). En España, hay más de tres mil quinientas licencias federativas, más de sesentaicinco mil clubes deportivos (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2016).

Además, España es un país fetén en términos de competición deportiva. En la península hay 3893 Deportistas de Alto Nivel y 639 medallas cosechadas a lo largo de dos mil quince.

En España existe la cultura de enrolar a los más jóvenes a deportes por múltiples razones. Similarmente a su vinculación a otras actividades extraescolares como aprender un idioma o tocar un instrumento musical, los padres y madres pretenden que sus hijos adquieran habilidades psicomotrices y sociales a través de estas actividades que influyan positivamente en el desarrollo físico y mental de sus hijos (Kanters, Casper & Bocarro, 2008). Los deportes en grupo son el mejor de los caminos a trazar en un niño para que su abanico de habilidades sociales se abra con facilidad y sea capaz de aventar cualquier reto o problema social que surja en su futuro como adolescente y como adulto.

ENTRENAMIENTO Y DESARROLLO

Genéticamente, los niños están programados para ser socialmente inmaduros y dependientes de sus padres durante la primera etapa de su infancia. Los principios del condicionamiento clásico describen a los padres y madres como maestros y a los hijos como alumnos.

Cabe suponer, y así lo confirman varios estudios en psicología deportiva, que los padres y madres juegan un rol vital en la experiencia deportiva de sus hijos, específicamente por dos aspectos:

  • El apoyo emocional y la aprobación de los parientes más directos.
  • El conocimiento humano se entiende como un proceso de construcción. A este respecto, el niño primerizo en las actividades deportivas se hallará desconcertado ante un nuevo aspecto de la vida –una práctica física, posiblemente grupal o por equipos, sujeta a reglas–. Para saber cómo actuar, buscará una figura de referencia a la que imitará según su actitud y comportamiento. Esta figura será, en la mayoría de los casos, sus padres.

La percepción de la práctica deportiva como una actividad placentera estará condicionada, entonces, a la actitud de aquellos a quienes el hijo tiene como ejemplos a seguir. Los niños buscan la aprobación vicaria –el apoyo, la confirmación de que practicando deporte están haciendo lo correcto–, y la supervivencia física y social adquiriendo una identidad que tomarán prestada de sus propios progenitores a través de la imitación de su comportamiento (Maccoby, 1992).

Para el niño menor de siete años, el concepto de competición le es relativamente extraño, y vincula la capacidad de ganar al esfuerzo personal; de igual modo, la percepción de la práctica deportiva en los menores en edades preadolescentes –hasta los doce años de edad– tiene más que ver con el placer, la diversión informal y la interacción y participación personal que la competición (Save the Children, 2008).

Es en este ejercicio de supervivencia del niño donde los progenitores tienen el poder de mejorar o arruinar la vida de sus hijos. ¿Cuántas veces habremos presenciado los ejemplos más bochornosos de relación paterno-filial en los campos de fútbol, donde algunos padres riegan un cóctel de saliva e improperios al árbitro de un partido, y a los niños observando atentamente la actitud de sus progenitores? ¿Existe un patrón de violencia, unhooliganismo entre padres que se involucran de manera tóxica en las actividades deportivas de sus hijos?

¡CORRE MÁS, COÑO!: EL MALTRATO AL MENOR ATLETA

Fotografía de Tamara Bauer | Dreamstime.com

Es común que, a falta de una definición clara del maltrato infantil, se cometa el error de hablar del mismo en términos absolutos y en escalas de blanco y negro. Por lo general, el maltrato infantil se asocia al abuso físico y, casi siempre, en el entorno familiar y doméstico. La Organización Mundial de la Salud (2016) define el maltrato infantil como:

… los abusos y la desatención de que son objeto los menores de 18 años, e incluye todos los tipos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder.

Crooks y Wolfe (2007) reconocen cuatro formas claras de maltrato infantil: abuso físico, sexual y/o emocional, y abandono o desatención. Una rápida definición según las propuestas puede ayudar a identificar, más adelante, aquellas prácticas dañinas en los niños que practican deporte:

  • El abuso sexual es cualquier interacción sexual con otra persona que no ha prestado su consentimiento bajo el uso de cualquier tipo de violencia (fuerza, amenazas), o aprovechando la incapacidad de la víctima de dar su consentimiento (personas menores de edad o personas física y psíquicamente impedidas).
  • El matrato físico infantil es cualquier daño físico provocado por un familiar o alguien que esté a cargo de la víctima.
  • Según Glaser (2002), el maltrato psicológico o emocional infantil es cualquier comportamiento violento físicamente no dañino hacia la víctima por parte de un familiar o de la persona al cargo (citado por Sterling en 2011).
  • De igual forma, Glaser define el maltrato por desatención o abandono como la desatención de la persona de la que se está a cargo, y la falta de los cuidados mínimos que requiera la víctima (citado por Sterling en 2011) cuando se posean los medios necesarios para cuidarla.

La violencia física y psicológica en la formación de atletas de élite contemporáneos es una realidad de la que, últimamente, se han hecho eco los medios de comunicación (Torres, 2012; Mackay, 2004). Asimismo, el entrenamiento físico a los niños espartanos (García, 2015) poseía un más que evidente componente marcial, y la presión parental obedecía a una terrible pero pragmática justificación; fabricar máquinas de guerra de carne, sangre y hueso.

En este contexto de entrenamiento en deportes de élite se reconoce una relación de poder desigual y opresiva ejercida tanto por parte de los progenitores como de los entrenadores. La cultura de la obediencia absoluta en las relaciones niño/joven – entrenador es tan intensa que puede incrementar el riesgo de situaciones de vulnerabilidad física y emocional (Gervis & Godfrey, 2013); el niño atleta es un diamante en bruto que hay que pulir con una buena broca bajo altas presiones, y el entrenador ejercerá toda esa presión y más en aras de unos buenos resultados. Al fin y al cabo, el joven atleta es su posesión (Burke, 2001, citado por Gervis & Godfrey, 2013), un activo físico que debe optimizar a toda costa. Pero la denuncia de medios y métodos abusivos en el entrenamiento de pequeños atletas se estrella contra la negativa de los entrenadores abusivos a reconocer su papel en los problemas emocionales de sus atletas, y atribuyendo su comportamiento a una cultura del entrenamiento que considera el sacrificio extremo la llave a los niveles más altos de rendimiento (Gervis & Godfrey, 2013).

Según informes contemporáneos, un atleta necesitará, para llegar a ser deportista de élite, diez años de entrenamiento y/o, al menos, diez mil horas de práctica en el deporte escogido (National Society for the Prevention of Cruelty to Children, s.f., citado por UNICEF, 2010). Este impresionante lapso de tiempo –a todas luces variable– es toda una vida para el menor atleta, vida que pasará aprendiendo a volar con las alas que Dédalo, una mezcla entre progenitores y entrenadores, tejen con el propósito de que su pupilo huya del suelo y alcance los cielos de los grandes atletas.

EL ROL DE LOS PROGENITORES

Los niños acceden a la práctica del deporte a muy temprana edad .Es en los estadios finales de la infancia en los que los niños escogen uno o dos deportes a los que dedicarán más tiempo y esfuerzo, deportes en los que destaquen y disfruten. Con el paso de los años, tres cosas pueden suceder: Que el menor se convierta en un atleta de élite, que siga practicando su deporte favorito como mero pasatiempo, o que deje de practicarlo (Keegan, Spray, Harwood & Lavallee, 2010). Sin embargo, la decisión a tomar no será única y exclusiva del menor, sino que será el destilado de una plétora de factores dinámicos y estáticos: factores socioeconómicos, valores familiares, decisión de los progenitores, edad, entorno social y escolar, experiencias positivas o negativas anteriores respecto al deporte, etc.

Parece imperativo establecer la importancia de la relación de los niños con sus progenitores para entender el impacto que tendrán sobre él en la práctica de deportes de élite. Mientras los niños crecen en un mundo con sus leyes y características propias, ajenas a ellos, los progenitores se encargan de ofrecen un marco en el que encuadran sus percepciones (Kaye, 1982).

La participación paternal y/o maternal en el entrenamiento es importante. El apoyo de ambos progenitores en caso de haberlos provoca respuestas positivas en los menores atletas, tales como el aumento de la confianza en sí mismos, el aumento de su bienestar personal y la mejora de su rendimiento académico (Yesu & Harwood, 2015). La presión entendida como depositar grandes dosis de confianza en el hijo o hija es también positiva, pero una presión desmedida puede provocar niveles elevados de ansiedad y estrés; hablamos de una presión que, a veces, Los progenitores tienden a subestimar (Yesu & Harwood, 2015), especialmente cuando esa presión ejercida no ha sido física, sino psicológica.

La presión parental sobre los menores atletas o deportistas se traduce en exigencias, amenazas, chantajes y demás actitudes estresantes que se traducen en una clara actitud de maltrato emocional. Esta clase de maltrato correlaciona con mayores niveles de estrés y de trastornos del estado de ánimo en igual o mayor medida que otra clase de maltratos, como el físico o el sexual (Stirling, 2011). El maltrato físico o emocional continuado por parte de los progenitores puede erosionar de manera profunda la autoestima del menor y la confianza en sí mismo, generando temor al fracaso o sentimientos de inutilidad.

Tabla 1. Impacto de la práctica de deportes de élite (elaboración propia a partir de Merkel, 2013; Yesu & Harwood, 2015).

Generales

Económicos

Parentales

Criminógenos

Lesiones

Costes

Estrés derivado de la presión por alcanzar objetivos

Maltrato emocional

Falta de experiencia de los entrenadores

Desequilibrio socioeconómico (por edad, raza o género)

Incremento de la carga familiar (económica y funcional)

Violencia física y sexual (abuso por parte de entrenadores, progenitores o compañeros)

Riesgos derivados del incumpliiento de normas básicas de seguridad

Falta de equipamiento (tratamiento de lesiones, infraestructuras deportivas de calidad, etc)

Desgaste de la relación familair

Explotación infantil y tráfico humano

CONCLUSIONES

Los efectos negativos detectados en menores atletas -síntomas como el abandono de la actividad deportiva, desgaste o burnout, o sobreentrenamiento- han provocado la apertura de un debate entre académicos, padres, madres y entrenadores respecto al equilibrio entre responsabilidad y respeto a los derechos individuales en el ámbito del deporte, y, más concretamente, en el entrenamiento (UNICEF, 2010). La existencia de casos de abuso y maltrato se ha documentado en diversos países y diversas fechas, pero su detección es muy difícil (UNICEF, 2010). Solo hace falta echar un vistazo a la hemeroteca para hacernos eco de que existe el maltrato infanto-juvenil en el deporte (García, 2015; Hills, 2013).

De igual modo se extrae la conclusión de que, cuando el núcleo familiar de los hijos deportistas sea de dos progenitores, ambos deben prestar su apoyo, pues la privación de los lazos afectivos de uno de los dos miembros tiene efectos psicológicos negativos en el hijo (Spitz, 1965). Más allá de ello, la presencia paterna en los deportes practicados por los hijos sigue siendo dominante (Kanters, Bocarro & Casper, 2008), dato que puede ser significativo a la hora de hallar el origen de algunos valores patriarcales presentes en nuestro día a día deportivo, como la competición agresiva o la idea del no pain, no gain, cuyo mensaje puede ser tanto positivo –esfuerzo y constancia– como negativo –dotar a la violencia de un carácter inherente a la práctica deportiva–.

Finalmente, la presión de quienes deben suponer un apoyo a los menores atletas puede alentar la rivalidad entre compañeros y el abuso entre iguales. Dichos comportamientos pueden provocar la erupción de trastornos depresivos y de permanente ansiedad que, en el mejor de los casos, minará el rendimiento académico del menor y su desarrollo social y, en el peor de los casos, lo arrojarán al suicidio (Ortega, 1994).

Los entrenadores no tienen en sus manos un lienzo en blanco, sino una persona sujeta a derechos inalienables especialmente importantes al tratarse de menores. La infancia no es un privilegio, sino un derecho universal, y ello obliga a quienes se hagan cargo de un menor a adquirir unas habilidades especiales para garantizar su buen desarrollo y, sobre todo, su felicidad.

Queda claro que Dédalo puede hacer volar a Ícaro, pero el joven que sueña con volar se estrellará si le son grapadas las alas.

BIBLIOGRAFÍA

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