Las guerras y los conflictos armados dejan una huella indeleble que persigue a las personas que los viven: hambre, miedo, miseria, dolor… las mujeres además añaden a todo ello convertirse en objeto de cambio y en víctimas mudas de los hombres de poder (de cualquier hombre que cree estar legitimado por un derecho divino a poseer todo aquello que le rodea, sobre todo de una mujer).

El cuerpo de la mujer ha sido usado, abusado, ultrajado, vejado y manipulado en todos los conflictos y revueltas acaecidas en cualquier época histórica de cualquier lugar del mundo.

Hace unos días, en una página de entretenimiento leí una publicación en la cual un chico se quejaba de los malos tratos que recibía por parte de su novia, de los cuales decía acabar con sangre y moretones. En la publicación añadía que no se atrevía a defenderse por miedo a que ésta le denunciase. Seguí leyendo y mi sorpresa fue ver que, de los 20 comentarios que leí, tan solo uno o dos le aconsejaban denunciar mientras que el resto proponían cortar la relación, alegando que si estaba con ella es porque quería, e, incluso, acusaban al sujeto de ser “poco hombre”.

Se dice que cuando una mujer llega a ser criminal, es peor que ningún hombre. No es cierto, lo que ocurre es que influye la impresión que nos dan, y como es peor la que produce una mujer que un hombre delincuente-criminal, apreciamos el grado de maldad por el horror que inspira.

Por lo general, la mujer infringe menos las leyes, no tan gravemente como el hombre, y reincide con menos frecuencia una vez que recupera la libertad.