¿Se libra una guerra contra el terrorismo?

Mayo 10, 2011 5664
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¿Se libra una guerra contra el terrorismo? En mi opinión, no. No es una guerra contra el terrorismo sino contra un modo de civilización, el fundamentalismo islámico,  incompatible con el modo de vida occidental tal y como está conceptuado. En efecto, se trata de una guerra, pero no en el sentido convencional del término, en el que dos ejércitos se enfrentan uno a otro y en el que, teóricamente, debería salir vencedor el que tomara mejores decisiones en función de sus medios humanos y materiales y los del oponente. En esta guerra, el terrorismo es el tipo de combate elegido por uno de los bandos, un modo de combatir en el que no luchan soldados contra soldados a una mayor o menor distancia entre ellos en función de la tecnología aplicada, sino terroristas, que no emplean uniformes que les identifiquen como tales, contra población en general (en la que se incluyen soldados del bando contrario, claro está, pero también civiles), con la finalidad de generar tal estado de terror en la población del bando objetivo que sus dirigentes evalúen como inaceptables las pérdidas producidas y se dobleguen frente al bando contrario. El terrorismo ha cambiado de modo drástico el modo de guerrear del ser humano, modo en el que la incertidumbre y el terror se han convertido en armas mucho más poderosas que el más sofisticado armamento tecnológico. 

Es por ello que la expresión guerra contra el terrorismo es inexacta y puede llevar a confusión.

Sin duda, el resumen anterior es demasiado simple para tratar de explicar la situación mundial en relación a los conflictos planteados y que han resurgido de una manera muy importante tras la muerte de Bin Laden, uno de los más destacados líderes del bando fundamentalista.

No es intención de este artículo buscar explicaciones sociológicas ni psicológicas al fenómeno violento que conmueve nuestro planeta desde hace años, pero cuyo hito está claramente situado en el atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York en el año 2001.

Admitiendo la hipótesis inicial de que no es una guerra convencional, las victorias para uno u otro bando ya no se miden en función de ganar o perder batallas entre soldados, sino de ejecutar actos concretos que afectan de modo inmediato y potente al oponente y no necesariamente contra sus ejércitos, sino contra elementos sensibles, es decir, que logran un efecto psicológico grave y contundente en cada bando, y que pueden ir desde la muerte de centenares de civiles que se desplazan en el transporte público hacia sus tareas cotidianas, como la muerte de un sólo hombre cuyo papel en la contienda es destacado, léase los atentados de Madrid y Londres o la propia muerte de Bin Laden, respectivamente. Así, mientras el bando occidental se preocupa de situar de manera estratégica a sus ejércitos para combatir el otro, lo que supone considerables problemas de tipo diplomático y económico, a la vez que trata de impedir las acciones terroristas del otro bando, que además se pueden producir en cualquier lugar de un bastísimo territorio, el bando fundamentalista se esfuerza por diseñar ataques que logren cada vez un mayor impacto terrorífico, lo que supone unas infraestructuras más sofisticadas cuanto mayor efecto persiguen, a la vez que tratan de eludir la acción represiva del otro bando.

En cualquier caso, sea cuál sea el tipo de combate planteado, bien diferente uno de otro, ambos tienen un elemento común, el empleo de la inteligencia como método para generar buenas decisiones tanto en sentido positivo (ganar la guerra) como en negativo (evitar la derrota).

Efectivamente, ambos bandos tienen sus estructuras de inteligencia y han sido diseñadas en función de sus medios y de sus objetivos. Ambas estructuras están compuestas por hombres y mujeres que analizan los datos que obtienen de la contienda y que les permiten elaborar hipótesis con las que los líderes de cada bando toman las decisiones que estiman convenientes.

Y si me permiten, les diré que así consideradas las estructuras de inteligencia se convierten en el valor más importante con el que cuentan los rivales.

Mucho se ha debatido y se debatirá sobre Guantánamo, cuyo objetivo último es obtener información, la materia prima de la inteligencia. Al mismo tiempo, redes sutiles pero de gran complejidad, de agentes secretos, agentes encubiertos, dobles agentes, infiltrados, células durmientes y demás figuras del mismo tipo, tanto de un lado como de otro, tratan de posicionarse en lugares estratégicos al único objeto de obtener información.

Desde la tecnología más sofisticada, sólo al alcance de los presupuestos inconfesables, hasta los medios más rudimentarios como el mensaje boca a oreja son dispuestos para transmitir información.

Sea cual sea la procedencia de la información y el medio para transmitirla, toda ella llegará hasta las estructuras de inteligencia para desechar lo inservible y utilizar lo valioso, de tal modo que cada bando sepa lo más posible sobre dos cuestiones esenciales: a) conocer el estado del contrario y b) conocer cuáles van a ser sus decisiones.

Dentro del empeño por saber cuál es el estado del contrario, encontramos la reciente acción del ejército de Estados Unidos (una unidad de élite, pero ejército al fin y al cabo) en Pakistán para capturar o eliminar a un líder destacado del otro bando, Bin Laden. Años de trabajo dedicados exclusivamente a conocer el lugar exacto donde se encontraba un individuo concreto, que gastaba gran parte de sus recursos precisamente en evitar se encontrado y, al mismo tiempo, tener la suficiente capacidad para seguir tomando decisiones de combate. La acción militar emprendida suponía el penúltimo paso a realizar una vez los servicios de inteligencia proporcionaron a los líderes ejecutivos la información debidamente trabajada, es decir, el producto de inteligencia.

El último paso a ejecutar es el referido al hecho de querer saber cuáles serán las decisiones del contrario. Una vez eliminado Bin Laden, surgen inevitablemente las preguntas: ¿qué va a suceder ahora? ¿Cuál será el siguiente paso? ¿De qué modo afectará a la contienda la muerte de Bin Laden? ¿Dónde y cuándo se producirán las represalias (se da por hecho que las habrá?, etc. Todas estas preguntas están referidas al futuro y, por supuesto, nadie tiene todas las respuestas. Gaston Berger definió el concepto prospectiva como la ciencia basada en el método científico que estudia el futuro para comprenderlo y poder influir en él, lo que coloquialmente llamaríamos pronóstico o predicción. Y nuevamente, como hemos ido realizando durante todo el texto anterior, el mejor modo de hacer prospectiva es mediante el empleo de estructuras de inteligencia, que a partir de la información existente, debidamente tratada y analizada, tratarán de aventurar hipótesis para que los líderes tomen buenas decisiones.

Es fácil suponer que Bin Laden asumía la posibilidad de su muerte violenta o su captura por el bando contrario. También es fácil suponer que, admitida dicha posibilidad, hubiese diseñado planes de actuación ante dichas coyunturas, de tal modo que las acciones que vayan a ejecutar los fundamentalistas islámicos no sean fruto de la improvisación derivada del dolor, el odio y la frustración de ver a su líder muerto, sino producto de un análisis meticuloso y con rigor para lograr un efecto en el bando occidental mucho más contundente que el producido en su bando con su muerte.

En cualquier caso, las estructuras de inteligencia de ambos contrincantes llevan tiempo trabajando en todas estas posibilidades, en un escenario global cuyas circunstancias, tan absolutamente complejas, convierten este análisis en un mero ejercicio reflexivo sin más valor que el de intentar comprender el mundo en el que estoy inmerso. 

Modificado por última vez en Lunes, 24 Septiembre 2012 17:19