Aclaraciones metodológicas

Mis trabajos en el área de educación de adolescentes privados de libertad fueron desarrollados con el múltiple propósito de, por un lado, intervenir en la realidad de los detenidos, es decir, grosso modo, incidir en su conducta y, de ser posible, en la construcción de su subjetividad; y, por otro, realizar un diagnóstico, para poder trazar perspectivas que pudieran ser evaluadas y corregidas regularmente, implementando técnicas propias de la investigación cualitativa, como la observación participante o herramientas de etnometodología. (Garfinkel, 1967) (Agustín Bueno Bueno, 2002).

El psicólogo Javier Urra sugiere a los “pederastas o violadores en serie el suicidio como salida ética”.

Ciertamente, tras leer esto me surgen muchas inquietudes y preguntas sin resolver. ¿De verdad lo ha dicho o solo era para salir en los medios? ¿Y si lo dice en serio, como puede ser psicólogo?

Realmente que una persona que se dedica a tratar de ayudar en la recuperación y transformación de las personas se dé por vencida, es algo terrible

La Justicia Restaurativa puede y debe aplicarse a cualquier clase de delito con independencia de su gravedad, debe ser un derecho de todos los afectados para de esta forma,  poder tener la oportunidad de superar el delito y el impacto que éste ha causado de una forma más sanadora y humana, fomentando el fortalecimiento de los lazos sociales, desquebrajados precisamente por el hecho delictivo.

Por eso, la Justicia Restaurativa se revela como un baluarte importante en delitos como terrorismo porque estos pueden hacer y de hecho hacen tambalear la convivencia y la paz de todo un pueblo, y  a través de esta justicia se pueden lograr precisamente respuestas más justas y sanadoras para todos.

Sin embargo, lo que puede valer para reequilibrar y favorecer la cohesión social  como la Justicia Restaurativa,  pierde su eficacia y sus beneficios, si se hace sin tener en cuenta a todas las partes afectadas.

“Vivieron felices y comieron perdices”, este final típico de los cuentos de hadas, príncipes y princesas es lo que nos gustaría para nuestra vida real. Y es que solemos pensar que a las personas buenas, no les va a pasar nada malo. Sin embargo, es ley de vida que también sufran los buenos y por eso, cuando conocemos que un delito se ha cometido, nuestro “mundo ideal”, se quiebra aunque no seamos las víctimas directas.

“El conductor que conducía el coche en el que murieron dos jóvenes, dio positivo en el control de alcoholemia. Uno de los fallecidos, era precisamente el hermano del conductor.”

Solemos tener tendencia a uniformizar y establecer mecanismos, casi matemáticos por los cuales el infractor es un ser “sin escrúpulos”, que ha delinquido con conciencia y voluntad y la víctima es un ser indefenso cuya vida (si es un delito con resultado de muerte) no ha sido valorada por el delincuente. Esto nos ayuda a hacer frente al delito de una forma racional y así poder hacer más fácil la respuesta a por qué el crimen y el necesario castigo al infractor.

Vivimos en un mundo lleno de estereotipos y esto nos lleva estigmatizar a las personas que nos rodean. Se puede palpar simplemente, escuchando a algunos medios de comunicación. Ya desde que nacemos luchamos contra estereotipos como la necesidad de estar delgados para no sufrir el estigma de “gordito”, de ser como el resto para no ser llamado “rarito”, o por ejemplo de hacer o decir lo que se supone que todo el mundo quiere escuchar para no ser tachado de “loco”. Pero pocas veces nos paramos a pensar cómo pueden sentirse los que se salen de la norma general y los hacemos no ser considerados teóricamente “perfectos”…por supuesto, que esto lleva a muchos, al aislamiento. Ni que decir tiene que estos estereotipos que estigmatizan, son la causa de muchas formas de violencia como el bullying, que si a un adulto afecta, a un joven con su personalidad en formación puede marcarlo de por vida. Por eso, la educación en valores restaurativos y la utilización de prácticas restaurativas para evitar la escalada de la violencia, prevenir conductas delictivas y el aislamiento de los jóvenes es algo muy beneficioso para facilitar una sociedad futura no que no estigmatice y sea más pacífica.

Cuando el otro día vi en un periódico, este titular: “una justicia restaurativa para presos de ETA”, me di cuenta que estamos promoviendo una visión de la Justicia Restaurativa, (que una vez más y al igual que la justicia tradicional), centrada en el infractor, olvidándonos de nuevo de las víctimas. Por supuesto, que la Justicia Restaurativa ayuda a las personas en general (víctima, infractor y comunidad) a restablecer los lazos quebrados tras el delito, sin embargo, olvidarse de que la víctima es el objetivo central de la Justicia Restaurativa es tanto como olvidar que surgió para hacer frente a las necesidades de las víctimas, en contraposición con la justicia tradicional que da papel protagonista exclusivamente al infractor y al Estado.

“He matado a un hombre”,  es la confesión de un joven de 22 años. Es Mathew Cordle. La semana pasada grababa un video con su confesión. Tuvo un accidente mientras conducía borracho y mató a un hombre. Finalmente ha optado por asumir su responsabilidad, en el video muestra su arrepentimiento y pide disculpas a la familia de la víctima. Además ruega que nadie conduzca bebido.

A priori, podemos pensar; “pero esperó tres meses para confesar”, “quizá lo ha hecho porque se sentía acorralado”. Es lógico, en principio, no confiar en alguien que ha cometido un delito, máxime si es con un resultado tan terrible como la muerte de una persona. Es algo tan grave que no nos planteamos el hecho de que nos pueda pasar a nosotros. Sin embargo, el infractor ha asumido su responsabilidad, la gente en general y los familiares de la víctima en particular, han podido ver que no es un monstruo, que es un chico normal que un día cometió un error de consecuencias trágicas. En definitiva, los familiares han podido poner “rostro” e “historia” a la persona que ha desequilibrado su vida y esto es importante para las víctimas. En un principio, “demonizar” al delincuente, especialmente si no está identificado, ayuda tanto a las víctimas como a la sociedad. El pensar que “debe ser un demonio”, “un ser humano no haría esa crueldad”,  nos ayuda a entender el delito y no volvernos paranoicos, con respecto a la gente que nos rodea, porque si pensamos que solo los monstruos harían esto, podemos seguir confiando en nuestro entorno, y en que ellos no cometerían delitos, ni dañarían a otras personas.

Cuenta una leyenda japonesa, “el hilo rojo del destino”, que un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse a pesar del tiempo, del lugar y a pesar de las circunstancias. El hilo puede tensarse o enredarse pero nunca podrá romperse. Según esta leyenda, el hilo rojo invisible nos acerca a las personas en esta tierra y nos une a pesar de los inconvenientes.

Esta historia refleja a la perfección algo que es incuestionable, todos estamos conectados y lo que uno hace afecta a los demás y viceversa. La Justicia Restaurativa surge precisamente por y para las víctimas,  para ayudarlas a reconectar dentro de la comunidad, sin perjuicio que ayudándolas a ellas también lo hacemos con los infractores. Hoy hablo de reconectar, en lugar de reintegrar o reinsertar ¿Por qué?

Cada cierto tiempo sufro un deja vu porque cuando un crimen que ha creado alarma social, se juzga y sentencia, muchos no se cansan de proclamar infundadamente que en España, “sale barato delinquir”

Si anteriormente fue el juicio, ahora es la condena,  la que está acaparando todos los programas de televisión y es que parece que con el Caso Bretón nos estamos alejando de la realidad de que un padre mató a sus hijos, los quemó y fingió su secuestro. Digo esto, porque si uno ve la televisión,  el debate se centra en si cumplirá los cuarenta años a los que ha sido condenado, si a los veinte podrá salir en libertad, si con doce gozará de beneficios penitenciarios o si podría estar rehabilitado. Es un debate centrado en el delincuente de forma exclusiva, una vez más, parece que las víctimas y el daño sufrido han pasado a un segundo plano. Suele decirse que el Estado roba el conflicto y el delito a la víctima, sin embargo, frecuentemente veo como algunos medios, amparados en la libertad de información, se apropian del hecho delictivo y del dolor de las víctimas. El duelo por la pérdida terrible de los dos niños, no queda en la esfera privada de la madre y los familiares, sino que “deben” compartirlo con todo el mundo.

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