A las profesoras Emilia Girón y Merecedes Soto

La clemencia es un acto discrecional del Ejecutivo que no atiende a razones científicas ni preventivas del delito. De las numerosas críticas que recibe hemos visto, por ejemplo, cómo en ocasiones es utilizada para despenalizar por la puerta de atrás a personalidades vinculadas con el Estado, por pertenecer o haber pertenecido a sus órganos o por tener relación cercana con los posicionados en el poder. Que el indulto nos sirva para llevar a la libertad a alguien que se la pueda merecer, en aras de apostar por su rehabilitación, no significa que solo podamos contar con esa fórmula discrecional. Es el sistema penitenciario, el que basándose en el estudio científico e individualizado que le hace al recluso, decide progresarle de grado e incluso llevarlo a la libertad condicional si procede. Para ello se debieran articular mecanismos para potenciar el paso a una excarcelación antes de lo previsto, si se dan las condiciones extraordinarias por las que se pudiera dar un indulto. No hay que olvidar que nuestro ordenamiento prevé que la Junta de Tratamiento, en determinadas circunstancias, pueda clasificar directamente al reo en tercer grado, con lo que se encontraría en semilibertad de manera muy rápida.

El pasado diciembre fue aprobado por la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados,  el Estatuto de las víctimas.

Este estatuto será la primera norma con enfoque restaurativo, en el derecho español y la primera que contemplará de forma expresa la referencia a los Servicios de Justicia Restaurativa. Tiene un claro enfoque restaurativo por varios motivos, el principal es que devuelve el protagonismo a los realmente afectados por el delito: las víctimas. Hasta ahora para el Sistema Penal Tradicional, el delito es una violación de la norma creada por el estado y es precisamente el estado el que se erige en víctima. Las necesidades de las verdaderas víctimas, pasan a un segundo plano, y por lo general se ven reducidas a expectativas materiales,  que poco o nada tienen que ver con lo que realmente requieren.

Dedicado a una diosa de carne y hueso que vivió con pasión divina un amor oculto a los ojos de los mortales.

 

 

Si el lector al ver el título de este artículo piensa que la mitología clásica es un cuento de niños, que no sirve para otra cosa que no sea la de entretener, se equivoca, porque ha de saber que nuestra cultura siempre ha tenido un cierto nexo de unión con la mitología griega, a través de la cual los antiguos griegos explicaban la naturaleza del mundo y el origen de las cosas: de la vida, de la justicia, de la verdad etc., así como el significado de las instituciones políticas y religiosas, en definitiva de la propia civilización. Sin duda, podemos decir que la mitología griega sigue teniendo una presencia muy importante en el mundo contemporáneo, porque los griegos han sido el faro de referencia del pensamiento de nuestra civilización en todos los ámbitos, también en el relativo al delito y sus consecuencias.

Hoy doy a conocer una sentencia del Tribunal Supremo (TS) que debería ser conocida y recordada por miembros de la judicatura, jefes policiales, políticos y periodistas. La sentencia STS 6011/1994 emitida por la Sala de lo Penal del alto tribunal, magistrado ponente Excmo. Sr. don Justo Carrero Ramos, es para chuparse los dedos, como decimos en mi pueblo. La resolución me llega de la mano de José Moreno, amigo y compañero del Cuerpo Nacional de Policía (CNP), persona experimentada y comprometida. Gracias, Pepe. ¡Ah!, lo sé; esto es más de lo mismo, pero así debe ser hasta que todos los actores tengan las cosas claras.

“Vivieron felices y comieron perdices”, este final típico de los cuentos de hadas, príncipes y princesas es lo que nos gustaría para nuestra vida real. Y es que solemos pensar que a las personas buenas, no les va a pasar nada malo. Sin embargo, es ley de vida que también sufran los buenos y por eso, cuando conocemos que un delito se ha cometido, nuestro “mundo ideal”, se quiebra aunque no seamos las víctimas directas.

"Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar. Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia". Julia Conesa

Al finalizar la guerra los juicios sumarísimos, las detenciones, las torturas y las ejecuciones estaban a la orden del día y a pesar del comunicado oficial donde se decía que aquel que no tuviera delitos de sangre no sería condenado a la pena capital fueron muchos los españoles (sobre todo mujeres) para los que esta afirmación resultaría una cruel falacia.

Cada vez que lees un periódico, ves las noticias en la televisión o las escuchas en la radio siempre hay crónicas de algún político o algún famoso que tiene problemas con la justicia: evasión de capitales, fraude fiscal, apropiación indebida, falsedad documental, malversación, prevaricación, tráfico de influencias, cohecho, estafa procesal, blanqueo de capitales y un largo etcétera, incluso sobornos y chantajes de por medio.

Siempre ha existido un sentimiento en la sociedad, de que no hay justicia o al menos  que esta justicia, no es igual para todos y cada uno de nosotros. Sin embargo, este sentimiento últimamente se ha reforzado. A esto ha ayudado los últimos casos de corrupción y otros similares, en los que hemos visto que “robar” mucho y siendo famoso, importante y/o de alta alcurnia es menos delito que aquel que lo hace por mucho menos y quizá guiado por la desesperanza o por circunstancias personales. Sin ánimo de justificar los delitos  en general, esta desigualdad a la hora de tratar a los delincuentes, dependiendo de si son o no de los llamados “guante blanco”,es más que suficiente para “sonrojar” a aquellos que hablan de que la justicia, sí es igual para todos.

El indulto, también conocido como “derecho o medida de gracia” por los operadores del Derecho Penal, no es “una exención regía” surgida en la moderna aparición del Estado constitucional de Derecho durante el siglo XX, sino que su génesis se remonta al Absolutismo, época donde la forma de Estado predominante era conocida como Antiguo Régimen, cuyo máximo postulado descansa en el principio de concentración ilimitada de poder (único), haciendo del monarca gobernante, una figura no sujeta a responsabilidad legal ni a ningún control de órganos institucionales.

Me gusta el cine, lo reconozco, el clásico para mi es el mejor pero tampoco se puede despreciar las películas modernas. El cine siempre me proporciona alguna enseñanza y he decidido que tenía que unir dos de mis pasiones en un artículo como este: el cine y la justicia restaurativa ¿Imaginación? En absoluto. Todo empezó con Django Desencadenado, una película de acción con mucha sangre, típica de Tarantino, y lo cierto es que uno disfruta cuando ve sufrir a los malos, me vi reconfortada y riendo cuando el protagonista poco a poco va logrando su venganza y los “malos” reciben su castigo. Me gustó la película, no lo niego y cuando llegué a casa, me puse a reflexionar y me pregunté: ¿realmente creo en la justicia restaurativa? Porque esta película es claramente todo lo contrario: retributiva, fomenta la venganza y el ojo por ojo. La respuesta es fácil, claro que creo en la justicia restaurativa, esto es lo bueno de esta justicia que ante el daño y el sufrimiento, la reacción humana normal es el deseo de venganza pero esta justicia restaurativa más humana va más allá pues la venganza al final no satisface a las víctimas y no proporciona su curación total. Esta justicia no habla de ser blandos con los infractores, trata de confrontar al infractor con su acción delictiva y sobre todo revaloriza el papel de la víctima. Es ella la principal preocupación,  sin olvidar el castigo al culpable si fuera necesario. Lo que nos ocurre viendo películas como esta, no es otra cosa que la empatía, sí, efectivamente como seres humanos, la mayoría somos solidarios con el dolor de los demás, nos ponemos en su lugar y por eso la venganza forma parte de una manera de canalizar el daño y la ira de haber sufrido un delito o una acción injusta.

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