La semana pasada exponíamos los cambios en el clima como agravante de conflictos y actitudes violentas. La alteración en el régimen de precipitaciones es uno de los indicadores del cambio climático y está íntimamente relacionado con la disponibilidad de agua potable. Las lluvias torrenciales dificultan la retención en depósitos que en situaciones normales hubiesen recogido estas aguas y puede tener consecuencias negativas en la agricultura; en contrapartida, períodos prolongados de sequía amenazan las reservas y pueden dar lugar a la sobreexplotación de acuíferos. La disponibilidad de agua potable se ve agravada también por cuestiones ajenas al clima, tales que: el tamaño de las ciudades o la titularidad de la gestión del agua.

Llegado el momento en que el Secretario de Estado de Estados Unidos pide implicación en la lucha contra el cambio climático y habla de las responsabilidades de cada país sobre éste, quizá ya podamos afirmar que, efectivamente, el clima está cambiando.

Con todo, camino de la vigésimo primera edición de la Conferencia sobre Cambio Climático, a día de hoy pocos cambios se han producido en la política medioambiental. Aún se hace caso omiso del acuerdo de Kyoto y, con los acuerdos de la CoP20 en la mano, hay países como Tuvalu que saben que probablemente desaparecerán a consecuencia del aumento del nivel del mar.