Guillermo González

Guillermo González

Nacido en 1986, apasionado de la historia y la arqueología además de la criminología. La historia humana y más adelante sus conflictos fueron los que me acercaron al deseo de conocer y entender los problemas de esta índole. Por ello, me interesé por los títulos que actualmente poseo: Graduado en criminología y Política Criminal y Licenciado en Criminología, así como algunos cursos desde las platformas Online Coursera y Udacity. Soy miembro de la Associació Interuniversitaria de Criminologia, Co-fundador de Criminólogos.eu  y subdirector de CyJ España, parte de Grupo CyJ. Siempre he tenido en alta estima la figura del emprendedor y del creador de proyectos; es por ello que me entusiasma asociarme con aquellas personas que, en vez de buscar un futuro, se lo fabrican; este es el caso del Grupo Criminología y Justicia. Combino mi labor en CyJ y Criminólogos.eu con una serie de investigaciones relcionadas con el ámbito de la seguridad y, en el terreno personal, con la escritura. Y encima, me gusta mucho el hip hop.

Correo: guillermogonzalez@criminologos.eu

La ciudad de Chicago se plantea la utilidad que tuvo realmente un programa anti-violencia llevado a cabo en otoño de 2010 por la Iniciativa de Recuperación Vecinal, o Neighborhood Recovery Initiative (NRI), un programa cuyos resultados están siendo evaluados ante la duda de su efectividad.

El programa había nacido el año 2010. Consistía, a grandes rasgos, en mantener a jóvenes problemáticos y en riesgo de exclusión social ocupados en actividades diversas con objetivos distintos. El reportaje de CNN ilustró parte del programa en un reportaje: Algunas de las actividades mostradas o explicadas eran ejercicios conjuntos de yoga; otras, pagar a los jóvenes incluidos en el programa para repartir panfletos en contra de la violencia alrededor de varias vecindades de Chicago; otras, realizar visitas a museos o instituciones culturales. Unas actividades iban encaminadas a enseñar a los jóvenes en riesgo a lidiar con el estrés, otras a trabajar y realizar tareas culturales, pero el conjunto del programa era común: alejar a los jóvenes de los ambientes criminógenos y mantenerlos ocupados.

Es bien sabido que el criminólogo/a padece una maldición por partida doble a la hora de desarrollarse como profesional. Esa doble vertiente es, por una parte, la falta de información sobre sus habilidades, una falta de información cuya responsabilidad recae no sólo en los que ofertan los estudios de Criminología como estudios básicos y no complementarios, sino por sus mismos estudiantes y miembros. Normalmente, el pesimismo frente a un horizonte laboral desértico provoca un choque terrible en relación a (nuestras) expectativas y la realidad.

La Ilustración y sus hijos predilectos nos dejaron en herencia una base sobre la que asentar los principios que, hoy día, rigen el objetivo de la pena privativa de libertad. Haciendo un breve repaso a los pilares jurídicos y sociales en los que se sustenta el Reglamento Penitenciario1 y la LOGP2, sabemos que el objetivo de los tratamientos penitenciarios están orientados a la reinserción del autor de un delito. Los tratamientos alternativos o de carácter menos lesivo pueden ser de muchos tipos dentro de las instituciones penitenciarias o correccionales, pero existe una cuestión que no debe pasarse por alto. ¿Son útiles todos los programas alternativos?

El tratamiento individual y colectivo del reo es fruto de una combinación de funciones de la pena; se añade al principio retribucionista una prevención especial positiva, la cual no significa otra cosa que, además de proteger a la sociedad eliminando la amenaza y reafirmando la funcionalidad de la punición, se pretende “convertir, reeducar o reinsertar” al autor de ese daño a la sociedad. Ha habido sentencias originales por parte de jueces que, desviándose un poco de la norma, han encontrado su utilidad para reinsertar al infractor.

Hemos visto el uso de los TAC y demás diagnósticas de neuroimagen en el ámbito sanitario, y cada vez más estos métodos irrumpen en los tribunales para acercar la verdad a los magistrados. Tales herramientas suscitan, a veces, cierta preocupación.

Cuando se hace referencia a un asesino en serie, la gente suele hacerse la misma pregunta: ¿Por qué?

La respuesta más manida no se hace esperar: Algo anda mal en su cabeza. Pero, ¿qué pasa cuando se reestructura lo que andaba mal en ella y sigue siendo un asesino?

La pregunta carece de respuesta para los expertos que trabajan sobre los criminales psicopáticos, si bien la neurociencia ha encontrado los puntos y devaneos cerebrales que distinguen al individuo normal del psicópata.

El pasado Jueves y Viernes días 27 y 28 de Septiembre se celebró en la Facultad de Derecho de la Universitat de Barcelona el seminario de Neurociencia y sistema penal, en el que renombrados ponentes de campos vinculados al Derecho y a la ciencia médica intentaron dar respuesta a varias cuestiones de gran calado en el mundo jurídico.

Un poco de historia:

En las sociedades tribales, la respuesta frente a una agresión se regía por el derecho de venganza. Poco a poco, la sofisticación de las sociedades antiguas y la necesidad de regularlas para una mejor gobernanza inspiraron códigos como el de Hammurabi, basados en la Ley del Talión.

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