Uno de los principios más importantes del mundo del derecho es el principio de seguridad jurídica, que viene a traducirse en la certeza del derecho, tanto en el ámbito de su publicidad como en su aplicación, y representa la seguridad de que se conoce, o puede conocerse, lo previsto como prohibido, mandado y permitido por el poder público respecto de uno para con los demás y de los demás para con uno.

Derivan de este principio la irretroactividad de la ley, la tipificación legal de los delitos y las penas, las garantías constitucionales, la cosa juzgada, la caducidad de las acciones y la prescripción.

En el mundo del teatro, nadie ha descrito el convulso estado de ánimo de los personajes con la maestría de William Shakespeare (1564/1616).

    A diferencia de otros autores, los protagonistas del dramaturgo inglés son seres humanos que sienten y padecen como cualquier espectador; por eso tienen tanto éxito sus obras entre el público, porque ni los malos están llenos de defectos ni los buenos son un deshecho de virtudes. Son personajes complejos pero reales y tan creíbles que incluso han perdurado con el paso de los años convirtiéndose en auténticos arquetipos de la duda – Hamlet y su famoso ser o no ser– o del amor, Romeo y Julieta; los celos, Otelo, o la maldad de personajes como Yago y Lady MacBeth.