El cadáver se halla a un lado de la cama. Un armario, una mesa y una silla completan el mobiliario de tan adusta dependencia. Mientras los investigadores indagan sobre la tormentosa vida conyugal de la víctima, los especialistas de policía científica continúan con su labor, examinando la escena, tomando fotografías y realizando un reportaje videográfico. Un arma de fuego corta asoma tras el cuerpo de la víctima, y al otro lado de la habitación, sobre una puerta, se adivina la oquedad dejada por un proyectil, el cual, no ha sido encontrado... todavía. ¿Suicidio? ¿Asesinato? Encima de la mesa hay un ordenador portátil y un teléfono móvil. Todas las evidencias lofoscópicas, biológicas y balísticas se recogen aplicando las técnicas adecuadas, pero... ¿qué hacer con el ordenador?... ¿Qué hacer con el teléfono móvil?...

La muerte del terrorista Osama Bin Laden, ejecutada por soldados americanos, y ordenada desde los más altos mandos de la política norteamericana, es un tema de máxima actualidad al igual que de gran controversia: por un lado están los que consideran este hecho como la actuación más brillante en defensa exterior de Obama, y por otro los que creen oportuno reabrir de nuevo la polémica acerca de las “técnicas de investigación coercitivas” que se emplean para extraer a los acusados toda la información que será de especial relevancia bien para capturar presos, localizar enclaves estratégicos o conocer tácticas militares que de otro modo sería imposible averiguar o que al menos llevaría mucho más tiempo siguiendo las medidas convencionales.